Regresar al Obelisco fue más difícil de lo que cualquiera de ellos había imaginado. Las principales avenidas que conducían hacia el centro estaban bloqueadas por vehículos abandonados, puestos de emergencia y barricadas levantadas por las fuerzas de seguridad. En algunas zonas todavía quedaban grupos de personas esperando ser evacuadas, mientras que en otras no había absolutamente nadie. Buenos Aires parecía haberse fragmentado en pequeñas islas, algunas todavía reconocibles y otras completamente tomadas por las manifestaciones.
Ignacio caminaba junto a Valentina. Salvatierra y Quiroga avanzaban unos metros por delante, discutiendo en voz baja sobre la forma más segura de ingresar a Somnia. Desde donde estaban, el Obelisco aparecía y desaparecía entre los edificios.
Los tres aros habían recuperado el movimiento, aunque ya no giraban con la precisión que Ignacio recordaba. Uno descendía mientras los otros dos ascendían lentamente y, unos minutos después, intercambiaban el movimiento. Cada estructura seguía su propio recorrido, independiente de las demás.
Por momentos, alguna perdía velocidad y después volvía a recuperarla.
—No parece muy estable —comentó Valentina.
—No lo está —respondió Salvatierra sin girarse.
Ignacio revisó el teléfono.
CONTENCIÓN GENERAL: 35,91 %
Habían perdido casi dos puntos desde que abandonaron la clínica.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó.
Salvatierra continuó caminando.
—No lo sé.
—Necesito algo mejor que eso.
—Podrían ser seis horas o podrían ser treinta minutos.
Valentina miró a Ignacio.
—Excelente servicio técnico.
Elena no pareció ofenderse.
—Nocturnia nunca fue diseñada para llegar a este estado.
—Por lo que estoy escuchando, desde que la conocimos, Nocturnia no fue diseñada para muchas de las cosas que terminó haciendo —respondió Valentina.
Quiroga soltó una risa y Salvatierra lo miró.
—Vos ayudaste a construirla.
—Por eso me río.
Continuaron avanzando. A pocas cuadras del complejo encontraron una de las manifestaciones más extrañas de aquella noche. No era una criatura y tampoco una distorsión espacial; nevaba, pero solo en una esquina. Los copos caían sobre una pequeña porción de la avenida y desaparecían antes de tocar el suelo. Más allá de aquel espacio, el cielo permanecía completamente despejado.
En medio de la nevada había un hombre; permanecía sentado sobre un banco inexistente, con las manos apoyadas sobre las piernas.
Valentina redujo el paso.
—¿Lo ven?
—Sí —respondió Ignacio.
El hombre levantó la cabeza cuando pasaron cerca; era joven, quizás treinta años y sonrió.
—Llegaron temprano.
Nadie respondió.
—Todavía no empezó.
Ignacio miró a Salvatierra.
—¿Seguimos?
Ella asintió y el hombre volvió a mirar hacia el cielo.
—Siempre empieza cuando ella llega.
Valentina se detuvo.
—¿Quién?
El desconocido señaló el espacio vacío junto a él.
—Mi hija.
Una pequeña figura comenzó a aparecer entre los copos; era una niña. El hombre sonrió y ella corrió hacia él. Cuando se abrazaron, ambos desaparecieron y la nieve también.
La esquina volvió a quedar vacía; Valentina permaneció mirando unos segundos.
—Cada vez entiendo menos qué es una pesadilla.
Salvatierra respondió sin dejar de caminar.
—Porque nunca almacenamos solamente miedo.
Ignacio la miró.
—¿Entonces qué almacenaron?
Elena tardó en contestar.
—Todo lo que el cerebro necesitaba para construirlo.
Aquella respuesta acompañó a Ignacio durante el resto del camino.
El perímetro de Somnia estaba completamente cerrado. Las barreras circulares que rodeaban el Obelisco se habían elevado desde el suelo y varios vehículos militares permanecían estacionados alrededor de la plaza.
Uno de los oficiales los detuvo antes de que pudieran acercarse.
—La zona está evacuada.
Salvatierra mostró una credencial.
—Necesitamos entrar.
El hombre la revisó.
—Esta identificación está cancelada.
—Ya sé.
—Entonces no entra.
Ignacio mostró su tarjeta.
—Trabajo adentro.
—Trabajaba.
El oficial señaló el complejo.
—Hace cuarenta minutos perdimos contacto con todos los niveles inferiores.
Valentina se acercó.
—Precisamente por eso tenemos que entrar.
El hombre la miró.
—Señorita, algo salió de ese edificio y mató a nueve personas antes de desaparecer. No voy a abrir esa barrera.
Quiroga dio un paso al frente.
—Si no la abre, van a salir muchas más.
El oficial permaneció en silencio y Salvatierra señaló los aros.
—¿Ve esas estructuras?
—Sí.
—Están manteniendo la contención.
—¿Contención de qué?
Elena observó el Obelisco.
—De todo lo que están viendo en la ciudad.
El hombre la miró como si esperara que dijera que era una broma, pero no lo hizo. Un estruendo profundo llegó desde debajo de la plaza y los vehículos vibraron. Una alarma comenzó a sonar y el oficial miró hacia el complejo.
Después, hacia Salvatierra.
—Cinco minutos.
—Necesitamos más.
—Tienen cinco minutos antes de que informe que entraron.
Abrió la barrera. Somnia parecía un edificio abandonado desde hacía años.
El hall por el que Ignacio y Valentina habían escapado apenas unas horas antes estaba cubierto de polvo, papeles y restos de vidrio. Las pantallas permanecían apagadas y una parte del techo se había desprendido.
Valentina observó su antigua estación de recepción.
—Siento que pasó una semana.
—Yo también.
Ignacio se dirigió hacia los ascensores.
Salvatierra lo detuvo.
—No vamos al nivel doce.
—¿Entonces?
—Abajo.
Utilizó su credencial en un lector oculto detrás de uno de los paneles y una sección de la pared se abrió. Ignacio quedó inmóvil; había trabajado allí durante cinco años, había pasado frente a esa pared cientos de veces y nunca había sabido que había una puerta.