Nocturnia: Cuando las pesadillas despiertan

19: Ruptura

El ascensor descendía con una lentitud desesperante. Ignacio sabía que probablemente fuera solo una impresión, pero cada número permanecía demasiado tiempo sobre el indicador mientras, varios niveles por encima, los golpes y las alarmas se multiplicaban. Al principio habían escuchado puertas abriéndose de manera aislada; ahora los sonidos parecían extenderse por toda la estructura y, en algún punto lejano, algo produjo un bramido tan profundo que la vibración llegó hasta la cabina.

Valentina levantó la cabeza.

—Decime que eso fue una máquina.

Ignacio miró a Salvatierra, pero ella permaneció en silencio.

—Genial, ya aprendí que cuando nadie responde es porque la respuesta es peor.

Quiroga se acercó al panel. Cada vez más niveles cambiaban del verde al rojo mientras Ignacio comprobaba el porcentaje desde su teléfono.

CONTENCIÓN GENERAL: 26,71 %

Unos segundos después había descendido al 26,43 %, y continuaba cayendo.

—Está acelerando.

—Los anillos no pueden compensar tantas cámaras abiertas al mismo tiempo —explicó Salvatierra—. Tenemos que llegar al núcleo antes de que la contención llegue a cero.

El ascensor se detuvo antes de que Ignacio pudiera responder.

C-14

Las luces se apagaron y, cuando la iluminación de emergencia ocupó su lugar, una voz automática anunció un fallo estructural y ordenó evacuar el sistema de transporte.

—¿Evacuar hacia dónde? —preguntó Valentina.

Las puertas se abrieron para responderle; del otro lado había un bosque. Los árboles crecían entre las paredes metálicas y sus raíces atravesaban el suelo, cubriendo cables y conductos mientras pequeñas partículas blancas flotaban entre las ramas. El techo había desaparecido detrás de una vegetación tan densa que resultaba imposible determinar dónde terminaba realmente aquella manifestación.

Ignacio permaneció unos segundos dentro del ascensor.

—Esto no puede estar acá.

—No está —respondió Quiroga—. El nivel sigue debajo y la pesadilla está superpuesta sobre la estructura.

Tuvieron que atravesarla para alcanzar las escaleras de emergencia. El suelo se hundía ligeramente bajo sus botas y olía a tierra húmeda, aunque Ignacio sabía que debajo seguía habiendo hormigón y acero. Durante el trayecto encontraron varias cámaras abiertas y algunas de sus manifestaciones vagaban entre los árboles sin prestarles demasiada atención. Un ciervo sin rostro pasó tranquilamente junto a ellos; una mujer vestida de blanco permanecía sentada contando piedras y varias figuras infantiles corrían entre los troncos sin acercarse.

La mayoría parecía ignorarlos, hasta que escucharon unos cascabeles.

Valentina disminuyó el paso.

—Eso sí me preocupa.

Una risa breve llegó desde algún lugar sobre sus cabezas. Ignacio levantó la linterna y encontró a un payaso sentado sobre una rama, vestido con un traje antiguo de rombos y pequeños cascabeles alrededor del cuello. El maquillaje blanco estaba agrietado y una sonrisa roja atravesaba su rostro mientras los observaba en completo silencio.

—Sigamos —murmuró Valentina.

Nadie necesitó discutirlo. Cuando Ignacio volvió a mirar hacia la rama, ya estaba vacía. Encontraron finalmente las escaleras y, al atravesar la puerta, Somnia recuperó su aspecto habitual. Por primera vez, las paredes de hormigón, las luces rojas y las tuberías expuestas le parecieron tranquilizadoras y continuaron descendiendo hasta el décimo nivel, donde encontraron agua filtrándose por debajo de la puerta.

Ignacio se detuvo.

—No.

Valentina miró su ropa, todavía marcada por el encuentro anterior.

—Estoy de acuerdo.

Salvatierra comprobó el plano.

—Es el único camino.

Al abrir, el agua invadió la escalera hasta cubrirles los tobillos. El corredor completo estaba inundado y las luces del techo se reflejaban sobre la superficie mientras avanzaban con el agua cada vez más alta.

Ignacio recordó inmediatamente las aletas de la ciudad.

—Manténganse juntos.

A mitad del corredor algo rozó la pierna de Ignacio. Se detuvo por reflejo y Quiroga dirigió la linterna hacia el agua, revelando cientos de pequeños peces que nadaban entre ellos, entrando y saliendo del haz de luz.

—Son peces —dijo Valentina.

Ignacio estuvo a punto de continuar cuando vio algo que no pertenecía allí.

Debajo de la superficie, a pocos metros de ellos, distinguió una mano.

No flotaba. Estaba apoyada contra el suelo.

—Esperen.

Quiroga bajó nuevamente la linterna y todos permanecieron inmóviles. El agua estaba demasiado oscura para distinguir el fondo con claridad, pero cuando el haz atravesó la superficie encontraron otra mano varios metros más adelante y, después, una tercera.

Valentina apretó el brazo de Ignacio.

—Esas no estaban ahí.

Continuaron avanzando mucho más despacio y pronto comprendieron que no eran cuerpos flotando. Había personas debajo del agua, decenas.

Permanecían acostadas sobre el suelo del corredor, completamente inmóviles, con los ojos abiertos y la ropa pegada al cuerpo. Algunas estaban boca arriba; otras permanecían de costado o apoyadas contra las paredes, como si llevaran años allí abajo. Ninguna mostraba señales de ahogamiento y, pese a estar completamente sumergidas, algunas movían lentamente el pecho.

—Están respirando —murmuró Valentina.

—No las mires —respondió Salvatierra—. Seguí caminando.

Ignacio no necesitó preguntar por qué.

Apenas dieron unos pasos; una de las figuras giró la cabeza bajo el agua y siguió a Valentina con la mirada; después lo hizo otra y otra. El movimiento comenzó a extenderse por todo el corredor. Sin levantarse, aquellas personas fueron girando lentamente el rostro hacia ellos mientras avanzaban, hasta que decenas de ojos permanecieron clavados en los cuatro.

Valentina se acercó más a Ignacio.

—Prefiero los peces.




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