Nocturnia: Cuando las pesadillas despiertan

21: Valentina

La grieta terminó de atravesar la pasarela y durante unos segundos no ocurrió nada. Valentina continuaba aferrada a la baranda mientras la plataforma permanecía ligeramente inclinada sobre el pozo y, debajo de ella, la matriz lanzaba destellos cada vez más intensos a medida que millones de patrones regresaban a la red.

Ignacio dejó la terminal apenas vio cómo otro de los soportes se desprendía.

—¡Ignacio, no! —gritó Salvatierra.

No le importó, corrió hasta el comienzo de la pasarela y se detuvo únicamente cuando el metal volvió a crujir bajo sus pies.

—¡Valen!

—¡Quedate ahí!

—Voy a buscarte.

—No vas a llegar.

—Son diez metros.

Valentina miró la grieta que los separaba.

—Son diez metros sobre un pozo de trescientos.

Ignacio quiso responder, pero no pudo. Era una distancia absurda; podía verla perfectamente desde allí, escucharla sin necesidad de levantar demasiado la voz e incluso reconocer aquel pequeño gesto que hacía con la boca cada vez que estaba intentando resolver un problema. Habían trabajado juntos durante cinco años, muchas veces sentados uno al lado del otro durante jornadas interminables, y ahora aquellos pocos metros parecían una distancia imposible de atravesar.

Se obligó a pensar como ingeniero.

—Podemos estabilizar la plataforma.

Valentina miró los soportes.

—Ignacio...

—Dame un minuto.

Regresó a la consola casi corriendo.

—Elena, ¿cómo estabilizamos esa sección?

Salvatierra no contestó inmediatamente y él sintió cómo comenzaba a crecer algo desagradable en su pecho.

—¿Cómo la estabilizamos?

—No podemos, está perdiendo los soportes principales.

Ignacio empezó a revisar los controles por su cuenta.

—Desviamos energía.

—Si desviamos energía, detenemos la reintegración.

—Me importa un carajo la reintegración.

—A mí no —respondió Valentina desde la plataforma.

Ignacio levantó la mirada hacia ella.

—No te pregunté.

—Bueno, yo te lo estoy diciendo.

—Voy a sacarte de ahí.

Valentina no contestó y aquel silencio hizo que Ignacio recordara lo ocurrido apenas unos minutos antes, cuando la criatura le había mostrado algo que ella se había negado a explicar y sintió frío.

—Vos sabías.

Ella bajó la mirada.

—Valen.

—No sabía, me advirtió que algo iba a pasar.

—Es lo mismo.

—No, no lo es.

Ignacio regresó hasta la pasarela.

—Entonces salí de ahí.

—Si suelto el estabilizador...

—¡Que se vaya todo al carajo!

—Hay millones de personas dependiendo de esto.

—A igual que vos.

Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas. Valentina lo miró desde el otro extremo y por un instante ninguno dijo nada. Ignacio sintió que había algo más que quería decirle, algo que probablemente llevaba demasiado tiempo postergando porque siempre había habido otra mañana, otro turno, otro café frente a una computadora y otro problema de Somnia que resolver, pero ahora ya no estaba seguro de que existiera un después.

Otro soporte cedió y la plataforma descendió varios centímetros. Ignacio avanzó por reflejo, pero Valentina levantó una mano.

—No, si esto cae con vos encima, Quiroga no va a poder terminar solo.

—Me da igual.

—A mí no.

—Dejá de decidir por mí.

—Y vos por mí.

Ignacio apretó la mandíbula. Quería gritarle, discutir hasta convencerla, hacer exactamente lo mismo que habían hecho durante cinco años cada vez que ninguno quería ceder. En cambio, lo único que consiguió decir fue:

—Por favor.

Valentina dejó de sonreír, era la primera vez que Ignacio se lo pedía así.

—Volvé a la terminal.

—No.

—Ignacio...

—No pienso dejarte ahí.

—No me estás dejando.

—¿Entonces qué estoy haciendo?

Valentina sostuvo su mirada y él vio miedo en ella. No la serenidad heroica que estaba intentando mostrarle, sino miedo verdadero. Tenía las manos tensas alrededor del estabilizador y respiraba demasiado rápido. Ella tampoco quería morir, tampoco estaba preparada para aquello y eso lo hizo todavía peor.

—Tengo miedo —admitió Valentina.

Ignacio sintió que se le cerraba la garganta.

—Entonces vení conmigo.

La plataforma volvió a estremecerse y ella tuvo que aferrarse a la baranda.

REINTEGRACIÓN: 24,17 %

—Cuando salgamos de acá —dijo Ignacio, obligándose a mantener la voz firme—, vamos a tomar un café.

Valentina lo miró desde la plataforma. A pesar del miedo, una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—¿Eso es lo primero que querés hacer después de sobrevivir al fin del mundo?

—Sí.

—Qué vida emocionante tenés.

—No cualquier café, el tuyo.

Valentina dejó escapar una risa breve.

—¿Y cuál es el mío?

Ignacio la miró como si la pregunta fuera absurda.

—¿En serio?

—Quiero comprobarlo.

—Valen, hace cinco años que trabajo con vos.

—Entonces no debería costarte.

Ignacio negó con la cabeza antes de decir exactamente cómo lo pedía, incluso aquella modificación que Valentina siempre hacía y que más de una vez había provocado que tuviera que repetirle el pedido al empleado de la cafetería.

Ella permaneció mirándolo.

—Te acordás.

—Claro que me acuerdo.

—Pensé que nunca me escuchabas.

Ignacio sintió que algo se le cerraba en la garganta.

—Te escucho más de lo que pensás.

La sonrisa de Valentina desapareció poco a poco. Durante unos segundos, las alarmas y los destellos de la matriz parecieron quedar relegados a algún lugar distante. Solo estaban ellos, separados por unos pocos metros de metal roto y por demasiadas cosas que nunca habían considerado necesario decir.

Valentina bajó la mirada.

—Siempre pedís el mismo también.

—Porque sé elegir.

—Porque sos aburrido.

—Y aun así siempre terminás tomando del mío.




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