REINTEGRACIÓN: 43,18 %
Ignacio llevaba varios minutos mirando la cifra avanzar sin apartar los ojos de la pantalla. Había descubierto que podía soportar mejor los números que cualquier otra cosa dentro del núcleo. Los porcentajes no le pedían explicaciones, no le recordaban una mano escapándose entre sus dedos y, sobre todo, no lo obligaban a mirar hacia la plataforma vacía.
Cuarenta y tres coma diecinueve, cuarenta y tres coma veintiuno, cuarenta y tres coma veinticuatro.
Mientras siguieran aumentando, tenía algo que hacer.
—La distribución está cayendo otra vez —advirtió Salvatierra.
Ignacio abrió el panel correspondiente.
—¿Sector?
—Siete.
Corrigió el flujo, esperó la confirmación del sistema y continuó con el siguiente proceso sin siquiera levantar la cabeza.
—Listo.
Salvatierra permaneció observándolo unos segundos.
—Ignacio...
—¿Qué?
Elena pareció reconsiderar lo que estaba a punto de decir.
—Nada.
Ignacio no quería escucharla ni tampoco quería que Quiroga intentara decir algo. Mientras ninguno pronunciara el nombre de Valentina, podía continuar trabajando con problemas que todavía tenían solución.
El teléfono permanecía junto al teclado; la pantalla se había apagado hacía rato, pero sabía perfectamente qué encontraría si la encendía. Sofía seguía esperando una respuesta y él continuaba sin saber cómo dársela. La reintegración alcanzó el cincuenta por ciento y el núcleo comenzó a cambiar. Las manifestaciones que habían conseguido entrar fueron desapareciendo poco a poco conforme sus patrones encontraban nuevamente a sus propietarios. Un hombre sentado contra una pared perdió definición hasta desvanecerse; una mujer que llevaba varios minutos caminando sin dirección desapareció unos segundos después y uno de los muñecos cayó de costado, aunque dejó de existir antes de tocar el suelo. Una pequeña criatura cubierta de pelo oscuro pasó junto a Ignacio y se detuvo frente a él. Tenía cuatro ojos demasiado grandes para su cabeza y lo observó durante unos segundos con una curiosidad casi infantil antes de desaparecer.
Ignacio volvió hacia la pantalla.
REINTEGRACIÓN: 52,06 %
Quizás aquella cosa nunca había atacado a nadie, quizás muchas de las manifestaciones que habían temido durante toda la noche ni siquiera sabían qué hacer fuera del lugar para el que habían sido creadas.
—La red está recibiendo millones de confirmaciones —informó Salvatierra.
—¿De los dispositivos?
—Sí.
Quiroga consiguió acceder a algunos canales externos. Los primeros reportes llegaban desde hospitales, centros de emergencia y organismos de distintos países. Millones de antiguos usuarios de Nocturnia comenzaban a recuperar patrones y recuerdos que llevaban años ausentes. Por el momento no aparecían las consecuencias neurológicas que habían temido, aunque nadie se atrevió a interpretar aquello como una garantía.
Ignacio apenas prestó atención.
REINTEGRACIÓN: 61,73 %
El núcleo volvió a temblar y Quiroga advirtió que el tercer anillo estaba perdiendo velocidad. Ignacio redujo la transferencia, compensó parte de la carga con el primero y consiguió recuperar la estabilidad. Eran problemas que conocía; durante cinco años había pasado noches enteras resolviendo fallos parecidos junto a Valentina, nunca a aquella escala, pero el procedimiento seguía siendo el mismo: encontrar el problema, corregirlo, comprobar el resultado y continuar.
—Necesito que revises la matriz secundaria —dijo mientras abría otro panel—. Valen...
Sus manos se detuvieron sobre el teclado y el silencio que siguió hizo que la ausencia se volviera insoportablemente concreta; Ignacio giró ligeramente la cabeza. Durante cinco años nunca había necesitado comprobar que Valentina estuviera allí antes de llamarla; simplemente lo hacía y ella respondía. Algunas veces con una solución, otras con una queja o diciéndole que dejara de tocar cosas que después tendría que arreglar ella, pero esta vez no hubo respuesta.
—Ignacio —dijo Elena con suavidad.
—Estoy bien.
Ni siquiera intentó hacer que sonara convincente.
—El sistema puede mantenerse unos minutos sin nosotros.
—No.
—Podrías...
—Dije que no.
Regresó al teclado y obligó a sus manos a continuar.
—Terminemos con esto.
Salvatierra no insistió. Cuando la reintegración superó el setenta por ciento, el teléfono vibró otra vez. Ignacio intentó ignorarlo, pero lo hizo nuevamente y terminó mirando la pantalla.
Ignacio, ¿me podés responder?
El siguiente mensaje consiguió que se le cerrara el estómago.
¿Está Valentina con vos?
Bloqueó el teléfono.
—Deberías contestarle —dijo Quiroga.
—No puedo.
—Lo sé.
Ignacio levantó la mirada hacia él.
—No, no sabés.
Quiroga no intentó discutir.
—Está esperando que vuelva —continuó Ignacio después de unos segundos—. Valen le dijo que iba a volver.
Salvatierra se acercó.
—Ella no podía saber lo que iba a pasar.
Ignacio soltó aire y negó.
—No hagas eso.
—¿Qué cosa?
—Intentar convertirlo en algo que tenga sentido.
Elena guardó silencio.
—No se sacrificó —continuó él—. No eligió morir para salvar a nadie, quería salir de ahí, estaba corriendo hacia mí.
Su voz comenzó a quebrarse, pero esta vez no intentó ocultarlo.
—Tenía miedo, me dijo que tenía miedo y yo le dije que la iba a sacar.
Recordó sus dedos aferrados a la muñeca de Valentina y tuvo que apartar la mirada.
—La tenía, Elena.
Salvatierra no respondió.
—La tenía en la mano.
Por primera vez desde que había regresado a la terminal, Ignacio sintió que las lágrimas le impedían ver correctamente la pantalla. Se las secó con rabia y volvió a trabajar. Eso era lo que más le costaba aceptar. Valentina había querido vivir, había hablado de volver con Sofía, del café que iban a tomar al día siguiente y de cosas tan pequeñas que solo tenían sentido cuando uno estaba convencido de que todavía le quedaba tiempo. Durante unos segundos incluso habían creído que conseguiría cruzar aquella pasarela. No había nada heroico en una estructura cediendo demasiado pronto; solo había sido injusto.