Las puertas del ascensor se abrieron poco después de las cuatro de la mañana y, durante unos segundos, Ignacio permaneció inmóvil frente al hall de Somnia. El lugar seguía destrozado: había vidrios sobre el suelo, restos de equipos arrancados de sus soportes y luces de emergencia iluminando parcialmente los corredores, pero las alarmas se habían apagado. Ya no se escuchaban golpes detrás de las paredes ni puertas abriéndose en los niveles inferiores; después de tantas horas de ruido, el silencio resultaba incómodo.
Ignacio salió primero. Salvatierra apareció detrás de él y observó el estado del hall antes de consultar una de las terminales todavía activas.
—Los equipos de emergencia van a entrar en unos minutos.
Ignacio asintió sin demasiada atención.
—Bien.
—Deberían revisarte.
—Estoy bien.
Quiroga salió del ascensor y lo miró apenas unos segundos.
—No lo estás.
Ignacio sostuvo su mirada.
—Entonces pueden revisarme después.
Ninguno insistió. Los tres atravesaron el edificio y salieron por el acceso principal.
La madrugada comenzaba a aclarar sobre Buenos Aires. Ignacio se detuvo frente a la avenida y tuvo una sensación extraña al descubrir que la ciudad seguía allí. Había vehículos abandonados, vidrieras destruidas y restos de barricadas improvisadas, mientras algunos edificios permanecían completamente a oscuras y pequeñas columnas de humo se elevaban en distintos puntos. Sin embargo, ya no había calles convertidas en océanos, criaturas trepando edificios ni lugares imposibles apareciendo donde no deberían existir.
Era Buenos Aires otra vez, dañada, exhausta y desordenada, pero reconocible. Los tres aros permanecían inmóviles alrededor del Obelisco. Ignacio nunca los había visto así; durante años habían girado día y noche hasta convertirse en algo tan habitual que la mayoría de las personas apenas reparaba en ellos. Ahora, detenidos, parecían estructuras metálicas demasiado grandes suspendidas alrededor del monumento, sin ninguna función aparente.
Un grupo de médicos se acercó en cuanto los vio salir. Ignacio permitió que comprobaran rápidamente que no tenía lesiones graves, respondió algunas preguntas y rechazó una camilla cuando intentaron convencerlo de descansar; después sacó el teléfono. Diecisiete llamadas perdidas; nueve eran de Sofía, pero no volvió a llamarla. Ya sabía dónde estaba y, después de todo lo ocurrido, no podía decirle lo que tenía que decir por teléfono.
Salvatierra y Quiroga se quedaron en Somnia para hablar con las autoridades mientras Ignacio emprendía el camino hacia Recoleta, que le llevó casi una hora. Las calles comenzaban a llenarse de ambulancias, equipos de rescate y personas que salían lentamente de los lugares donde se habían refugiado. Las comunicaciones volvían de manera gradual y algunas pantallas públicas habían recuperado señal.
Una de ellas mostraba un comunicado oficial:
**EVENTO NOCTURNIA FINALIZADO**
**PERMANEZCA EN ZONAS SEGURAS**
Ignacio apartó la mirada.
*Evento Nocturnia.*
Dos palabras habían bastado para reducir toda aquella noche a algo que podía aparecer en una pantalla pública. Millones de pesadillas liberadas, personas desaparecidas, edificios destruidos, muertos, heridos y Valentina cayendo dentro de la matriz, todo convertido en un evento.
Durante el resto del trayecto intentó pensar qué le diría a Sofía cuando la tuviera delante. Ninguna frase parecía suficiente; podía explicarle el fallo estructural, la plataforma y la reintegración, podía contarle que Valentina había sido fundamental para que el proceso continuara y que millones de personas probablemente seguían vivas gracias a lo que habían hecho en el núcleo, pero nada de aquello respondía la única pregunta que Sofía tendría derecho a hacer.
¿Por qué ella?
Ignacio tampoco lo sabía... La clínica continuaba funcionando como refugio improvisado, habían trasladado allí a varias personas rescatadas durante la noche y el hall estaba lleno de médicos, policías y sobrevivientes esperando noticias.
Ignacio encontró a Sofía cerca de recepción; estaba sentada sola y llevaba puesta la campera de Valentina. La reconoció inmediatamente: era negra, un poco grande para Sofía y tenía una pequeña mancha gris en una de las mangas que Valentina llevaba meses prometiendo limpiar.
Sofía levantó la cabeza y, cuando lo vio, se puso de pie; después miró detrás de él. El gesto fue tan rápido y natural que Ignacio sintió que se le cerraba el pecho. Durante apenas un segundo buscó a su hermana entre las personas que entraban y salían de la clínica, convencida de que quizá venía unos pasos más atrás.
Volvió a mirar a Ignacio y entendió.
—No.
Ignacio se detuvo. Sofía negó lentamente con la cabeza.
—No.
—Sofi...
—¿Dónde está?
Él intentó responder, pero ninguna de las frases que había preparado durante el camino consiguió salir.
—¿Dónde está Valentina?
—En Somnia.
Sofía esperó algo más.
—Hubo un fallo en el núcleo.
—¿Está herida?
La pregunta lo atravesó; Ignacio bajó inmediatamente la mirada.
—Sofía...
—Pregunté si está herida.
Ella necesitaba que dijera que sí. Ignacio podía escucharlo en la forma en que había hecho la pregunta. Una lesión podía significar un hospital, una cirugía, meses de recuperación, cualquier cosa que todavía permitiera imaginar un regreso, pero él no respondió y Sofía cerró los ojos.
Durante unos segundos simplemente permaneció de pie delante de él, sujetando la campera de su hermana con ambas manos.
—No encontraron el cuerpo —dijo finalmente.
Ignacio levantó la mirada.
—No.
Sofía respiró profundamente.
—Entonces no sabés.
—La plataforma cayó dentro de la matriz.
—Pero no la encontraron.
Ignacio reconoció inmediatamente lo que estaba haciendo porque él había hecho exactamente lo mismo dentro del núcleo. Buscar una posibilidad entre los detalles, una plataforma intermedia, alguna estructura donde pudiera haber caído o cualquier explicación que permitiera evitar una palabra que ninguno estaba preparado para pronunciar.