Tres semanas después, los aros continuaban inmóviles alrededor del Obelisco. Ignacio los observó desde la vereda opuesta mientras esperaba que el semáforo cambiara y volvió a experimentar aquella sensación extraña que lo acompañaba cada vez que pasaba por el centro. Durante años, los tres anillos habían girado sin descanso alrededor del monumento hasta integrarse de tal manera al paisaje que casi nadie reparaba en ellos. Formaban parte de Buenos Aires como las pantallas que cubrían las fachadas, los vehículos automatizados o las nuevas estructuras que habían transformado la ciudad durante las últimas décadas. Incluso él, después de cinco años trabajando para Somnia, había dejado de preguntarse por qué estaban allí mucho antes de descubrir la respuesta.
Ahora, completamente detenidos, parecían simples estructuras metálicas suspendidas alrededor del Obelisco y resultaba difícil imaginar que, durante veinte años, habían formado parte de un sistema encargado de mantener encerradas millones de pesadillas bajo los pies de personas que caminaban todos los días por aquellas mismas calles sin saberlo.
Las autoridades habían establecido un perímetro de seguridad de cien metros alrededor del complejo de Somnia y los accesos permanecían custodiados las veinticuatro horas. Varios vehículos militares ocupaban parte de la avenida y los equipos de investigación continuaban entrando y saliendo del edificio, aunque la empresa llevaba más de una semana sin realizar declaraciones públicas y la mayoría de sus directivos había desaparecido de los medios.
La explicación oficial había cambiado tantas veces desde el incidente que Ignacio había perdido el interés en seguirla. Primero se habló de un ataque informático, después de un fallo durante la actualización global y, finalmente, cuando las grabaciones de las manifestaciones comenzaron a circular por todo el mundo y resultó imposible continuar negando lo evidente, las autoridades admitieron que Nocturnia había sido responsable de lo ocurrido. Aun así, nadie había explicado públicamente cómo funcionaba realmente el sistema ni qué existía en los niveles construidos debajo del Obelisco. Ignacio dudaba que alguna vez lo hicieran.
Cuando el semáforo cambió, cruzó la avenida junto con el resto de los peatones y pasó frente a una de las pantallas públicas que repetían desde hacía varios días el mismo comunicado.
"NOCTURNIA PERMANECERÁ FUERA DE SERVICIO HASTA NUEVO AVISO"
Debajo aparecían números de asistencia psicológica, hospitales especializados y centros de atención habilitados para antiguos usuarios que habían comenzado a experimentar nuevamente pesadillas después de años, e incluso décadas, sin recordarlas. Los primeros informes hablaban de millones de personas afectadas de distintas maneras: algunas habían recuperado exactamente los mismos sueños que tenían antes de utilizar Nocturnia, mientras que otras aseguraban que sus pesadillas habían cambiado o que ahora contenían detalles que no recordaban haber visto nunca. Había usuarios que exigían la reactivación inmediata del servicio porque llevaban semanas sin poder dormir correctamente y otros que pedían su destrucción definitiva.
Ignacio había dejado de leer aquellas discusiones y también había dejado de trabajar. Oficialmente, todavía figuraba como empleado de Somnia, aunque nadie sabía si la empresa continuaría existiendo cuando terminara la investigación internacional y, por el momento, él tampoco había pensado demasiado en qué haría después. Durante los primeros días había recibido llamadas de abogados, investigadores y representantes del gobierno, había prestado declaración más veces de las que podía recordar y había respondido durante horas preguntas sobre aquella noche, pero desde entonces sus días habían quedado extrañamente vacíos.
Entró en una cafetería y se acercó al mostrador mientras guardaba el teléfono.
—Dos cafés —pidió.
La mujer que atendía tomó dos vasos y se dispuso a preparar el pedido, pero Ignacio tardó apenas unos segundos en darse cuenta de lo que acababa de decir.
—Perdón, uno solo.
La empleada retiró el segundo vaso sin darle importancia y continuó trabajando. Para ella no había sido más que una equivocación insignificante, una de esas cosas que cualquier persona podía hacer distraída, pero Ignacio permaneció mirando durante unos segundos el espacio vacío que había quedado sobre el mostrador; todavía le ocurría. No eran grandes momentos ni recuerdos capaces de paralizarlo durante horas, sino pequeñas equivocaciones que aparecían cuando menos las esperaba. Algunas mañanas preparaba dos tazas antes de darse cuenta; otras encontraba alguna noticia relacionada con tecnología y abría automáticamente la conversación de Valentina para enviársela, o escuchaba una frase que sabía que ella habría criticado y durante un instante pensaba en preguntarle qué opinaba. Una tarde incluso había comenzado a escribirle un mensaje antes de recordar, a mitad de la primera oración, que nadie iba a responderlo. Había descubierto que extrañar a alguien no siempre llegaba acompañado de grandes recuerdos; a veces era simplemente pedir un café de más.
Recogió el suyo y continuó caminando hasta una plaza cercana, donde Sofía lo esperaba sentada en uno de los bancos con una caja de cartón apoyada sobre las piernas. En cuanto lo vio acercarse, consultó la hora en su teléfono y levantó una ceja.
—Llegaste tarde.
Ignacio se sentó junto a ella.
—Tres minutos.
—Valen diría que cuenta.
—Valentina llegaba tarde siempre.
—Sí, pero eso nunca le impidió criticar a los demás.
Ignacio sonrió mientras dejaba el café a un lado.
—Eso sí te lo concedo.
Hablar de ella ya no provocaba aquel silencio inmediato que se instalaba entre ambos durante los primeros días. Su nombre continuaba doliendo y había momentos en los que cualquiera de los dos necesitaba detener una conversación porque algún recuerdo resultaba demasiado cercano, pero habían comenzado a descubrir que podían hablar de Valentina sin reducirla constantemente a la forma en que había muerto. Podían recordar sus defectos, reírse de alguna costumbre insoportable y discutir sobre quién la conocía mejor sin sentir que hacerlo era una traición al duelo.