El rugido de Noctyrae
—Recuerda quién eres.
La voz resonó entre las llamas.
La niña apenas podía respirar.
El cielo de Noctyrae ardía sobre ella mientras sombras gigantescas atravesaban las nubes cubiertas de fuego. Las torres del reino se derrumbaban una tras otra y la tierra temblaba bajo sus pies.
Gritos.
Sangre.
Ceniza cayendo como nieve.
Los ancestros permanecían alrededor de ella formando un círculo de sombras negras y coronas antiguas. Sus rostros parecían hechos de humo y fuego, pero sus ojos… sus ojos brillaban igual que brasas vivas.
La niña tembló.
Tenía las manos cubiertas de ceniza.
Y miedo.
Mucho miedo.
—Tengo miedo —susurró.
Uno de los ancestros se movió lentamente entre las llamas.
Una reina.
Oscura. Imponente. Con una corona negra atravesada por fuego dorado. Su vestido parecía estar hecho de sombras vivas y la ceniza giraba alrededor de ella como si el viento le obedeciera.
Detrás de la reina, algo gigantesco se movía entre las nubes.
No podía verse completamente.
Solo alas enormes ocultándose entre humo y fuego.
Y entonces llegó el rugido.
La tierra tembló violentamente.
Las ventanas del palacio explotaron.
Las personas comenzaron a correr desesperadas mientras el cielo parecía abrirse sobre Noctyrae.
La niña sintió lágrimas bajar por sus mejillas.
—¿Qué está pasando…?
La reina levantó lentamente una mano hacia el cielo incendiado.
—El final.
Otro rugido atravesó el reino.
Más fuerte esta vez.
Más cerca.
Los ancestros comenzaron a murmurar palabras antiguas mientras el viento se volvía cada vez más violento. La ceniza giraba alrededor de ellos formando una tormenta negra.
La niña intentó retroceder.
Pero la reina tomó su rostro entre las manos.
Sus dedos estaban tibios.
Extrañamente reales.
Sus ojos brillaron como oro fundido.
—Escúchame, heredera de Noctyrae.
El mundo comenzó a romperse.
Las llamas crecieron.
Las sombras sobre el cielo descendieron lentamente.
Y entonces la reina sonrió apenas antes de pronunciar las palabras que hicieron temblar el reino entero.
—Ya es hora de que vuelvas.
El rugido atravesó el cielo.
La ciudad explotó entre fuego.
Y la niña cayó.
Cayó entre cenizas, oscuridad y llamas interminables mientras escuchaba miles de voces susurrando su nombre al mismo tiempo.
Myravaen.
Myravaen.
Myravaen.
Myravaen despertó gritando.
Se incorporó bruscamente sobre la cama mientras intentaba recuperar el aire. Su respiración era inestable y el corazón le golpeaba el pecho con tanta fuerza que dolía.
Oscuridad.
Solo oscuridad.
Las cortinas negras de su habitación se movían lentamente con el viento de madrugada y la lluvia golpeaba las enormes ventanas de la fortaleza Draekorys.
Otra vez ese sueño.
No.
Cada vez parecía menos un sueño.
Myravaen llevó una mano temblorosa hacia su cuello intentando tranquilizarse. Todavía podía sentir el calor de las llamas sobre la piel.
Incluso el rugido seguía dentro de su cabeza.
Cerró los ojos apenas un instante.
Y entonces lo escuchó.
Un sonido lejano.
Profundo.
Como un trueno atravesando las montañas.
Sus ojos se abrieron lentamente.
No podía ser.
Porque las criaturas de los sueños no existían.
¿Verdad?
Un golpe fuerte en la puerta hizo que se sobresaltara.
—Lady Myravaen —dijo una voz apresurada desde afuera—. Debe prepararse. Los invitados han comenzado a llegar.
El Festival de Ceniza.
Perfecto.
Myravaen permaneció inmóvil unos segundos más antes de moverse. Su respiración todavía era inestable y podía sentir el eco del sueño atrapado dentro de su pecho como si realmente hubiera estado allí.
Las llamas.
La reina.
El rugido.
Y aquella frase.
Ya es hora de que vuelvas.
Cerró los ojos con fuerza intentando sacarlo de su cabeza.
No funcionó.
Nunca funcionaba.
Lentamente apartó las mantas oscuras de la cama y apoyó los pies sobre el suelo helado de piedra. Un escalofrío recorrió su cuerpo inmediatamente.
La habitación seguía casi completamente oscura.
Solo algunas brasas débiles brillaban dentro de la enorme chimenea de mármol negro mientras la tormenta golpeaba las ventanas de la fortaleza Draekorys.
Otro trueno atravesó el cielo.
O quizás no era un trueno.
Myravaen levantó lentamente la mirada hacia las ventanas.
La lluvia caía violentamente sobre los acantilados que rodeaban la fortaleza y el mar oscuro chocaba contra las rocas cientos de metros más abajo.
Desde pequeña había odiado las noches de tormenta.
Su padre solía decir que las montañas recordaban cosas antiguas durante las tormentas.
Historias para niños.
Al menos eso pensaba antes.
Ahora ya no estaba tan segura.
Las puertas de la habitación se abrieron lentamente y varias sirvientas entraron en silencio llevando velas encendidas, vestidos y bandejas de plata.
Nadie hablaba demasiado en Draekorys desde la muerte de Lord Vaelor Draekorys.
El castillo entero había cambiado después de aquello.
Antes había música durante las cenas.
Antes los pasillos no parecían tumbas.
Antes su madre todavía sonreía de vez en cuando.
Ahora todo se sentía frío.
Vacío.
Como si algo hubiera muerto junto con él aparte del hombre que gobernaba la casa Draekorys.
—Su madre pidió el vestido negro, mi lady —murmuró una de las sirvientas mientras colocaba cuidadosamente la tela sobre la cama.
Claro.
Negro.
Todo en aquella familia era negro.
Las paredes.
Las armaduras.
Los estandartes.
La ropa.
Incluso los secretos.
Myravaen caminó lentamente hacia el enorme espejo dorado al otro lado de la habitación mientras las sirvientas comenzaban a preparar agua caliente y joyas plateadas sobre una mesa.