Las puertas se abrieron.
Y el mundo volvió a sonreír.
Myravaen entró al gran salón de Draekorys mientras cientos de pequeñas conversaciones se mezclaban bajo los enormes techos dorados.
Música.
Risas.
Copas chocando.
Perfumes demasiado dulces.
Joyas brillando bajo las lámparas de cristal.
Todo era exactamente como debía ser.
Perfecto.
Elegante.
Impecable.
Mentiroso.
Myravaen descendió lentamente los últimos escalones mientras las conversaciones comenzaban a disminuir alrededor de ella.
Podía sentir las miradas.
Siempre podía.
Algunas curiosas.
Otras calculadoras.
Otras simplemente crueles.
La hija de Vaelor Draekorys.
La heredera silenciosa.
La chica que apenas había hablado desde el funeral.
Ella siguió avanzando.
Fingiendo no escuchar.
Lo había aprendido hacía años.
En Draekorys sobrevivías ignorando ciertas cosas.
—Lady Myravaen.
Una mujer inclinó ligeramente la cabeza cuando ella pasó junto a una de las mesas principales.
Lady Evandrel.
Demasiadas joyas.
Demasiado perfume.
Demasiadas sonrisas falsas.
Myravaen se detuvo.
—Lady Evandrel.
—Tu madre organizó un festival hermoso este año.
Myravaen miró brevemente alrededor.
—Supongo.
La mujer soltó una pequeña risa.
—Siempre tan reservada.
No respondió.
Lady Evandrel la observó unos segundos antes de acercarse ligeramente.
—Te pareces mucho a tu padre.
Algo se tensó dentro de Myravaen.
—Eso dicen.
—Especialmente en los ojos.
Myravaen sostuvo su mirada.
—Entonces supongo que tuve suerte.
La sonrisa de Lady Evandrel desapareció durante apenas un segundo.
Después volvió.
—Por supuesto.
La conversación murió allí.
Perfecto.
Mientras más cortas fueran las conversaciones, mejor.
Myravaen continuó caminando.
Los músicos tocaban una melodía lenta cerca del centro del salón mientras algunas parejas bailaban sobre el mármol negro.
Desde lejos, todo parecía hermoso.
Pero Myravaen sabía mirar más allá.
Las miradas entre familias rivales.
Las manos demasiado tensas alrededor de las copas.
Los consejeros hablando en voz baja.
Los guardias distribuidos estratégicamente alrededor del salón.
Las sonrisas que nunca llegaban a los ojos.
Algo estaba cambiando en Erythria.
Todos podían sentirlo.
Aunque nadie quisiera decirlo.
Un relámpago iluminó las enormes ventanas.
La tormenta golpeó el castillo.
Varios nobles levantaron la mirada.
Solo durante un instante.
Después volvieron a sus conversaciones.
Como si no hubiera ocurrido nada.
Myravaen notó el silencio.
Fue breve.
Casi imperceptible.
Pero estuvo ahí.
El salón entero parecía contener la respiración.
Ella bajó la mirada hacia la copa que sostenía.
La marca debajo de su clavícula ardió.
Myravaen apretó ligeramente los dedos.
No ahora.
Por favor.
No ahora.
Respiró lentamente.
Una vez.
Dos.
Tres.
El dolor disminuyó.
Apenas.
Entonces escuchó una conversación cerca de uno de los pilares.
—Dicen que ocurrió otra vez.
Myravaen no giró la cabeza.
—¿Dónde?
—En el norte.
—Baja la voz.
—No hay nadie escuchando.
—Estamos en Draekorys. Siempre hay alguien escuchando.
Myravaen mantuvo la mirada al frente.
—¿Qué ocurrió? —preguntó otra voz.
El hombre dudó.
—Un pueblo entero desapareció.
Silencio.
—¿Desapareció?
—No encontraron cuerpos.
—Entonces huyeron.
—No.
La voz bajó todavía más.
—Encontraron las casas abiertas. Las mesas servidas. Fuegos todavía encendidos.
Myravaen sintió un escalofrío.
—¿Y las personas?
—Ninguna.
—¿Animales?
—Tampoco.
Una mujer soltó una pequeña risa nerviosa.
—Las tormentas están volviendo supersticiosa a la gente.
—No fue una tormenta.
El hombre respondió demasiado rápido.
Myravaen giró apenas el rostro.
Pero antes de poder escuchar más…
Una bandeja pasó frente a ella.
La conversación quedó oculta entre el ruido del salón.
Myravaen volvió a mirar hacia las ventanas.
La lluvia golpeaba el cristal.
La marca volvió a arder.
Esta vez más fuerte.
Su respiración se detuvo.
Por un instante, creyó escuchar algo.
No una voz.
No exactamente.
Un murmullo.
Una palabra perdida entre el sonido de la lluvia.
Myravaen.
Parpadeó.
Nada.
Solo música.
Solo nobles.
Solo el festival.
Se llevó discretamente una mano hacia la clavícula.
La marca seguía allí.
Real.
Entonces alguien habló detrás de ella.
—¿También lo escuchaste?
Myravaen se quedó completamente quieta.
Giró lentamente.
Pero no había nadie.
Solo una mesa vacía.
Y una copa moviéndose ligeramente sobre la superficie.
Como si alguien acabara de soltarla.
Myravaen dejó la copa sobre la mesa.
Necesitaba aire.
Demasiadas personas.
Demasiados secretos.
Demasiadas cosas que no entendía.
Se dirigió hacia uno de los balcones laterales, intentando evitar las miradas de los nobles.
Una de las puertas de cristal estaba entreabierta.
El aire frío entró inmediatamente.
Myravaen salió.
El ruido del festival quedó atrás.
Por fin.
Silencio.
Solo la lluvia.
El viento.
Y el océano golpeando los acantilados debajo de Draekorys.
Myravaen apoyó las manos sobre la baranda de piedra.
Respiró profundamente.
El aire frío le ayudó a despejar la cabeza.
Hasta que volvió a sentirlo.
El ardor.