El rugido no terminó.
Continuó atravesando las montañas como una tormenta que se negaba a desaparecer.
Draekorys temblaba.
Las enormes ventanas del gran salón vibraban dentro de sus marcos de hierro y las llamas de las antorchas se inclinaban violentamente cada vez que otro estruendo atravesaba la fortaleza.
Durante unos segundos nadie supo qué hacer.
Los nobles permanecieron inmóviles.
Algunos tenían las copas todavía entre los dedos.
Otros habían retrocedido hasta las paredes.
Los músicos habían dejado de tocar.
Incluso los guardias parecían haber olvidado sus órdenes.
Myravaen permanecía en medio del salón.
Su respiración era rápida.
La marca ardía debajo de su vestido.
Y frente a ella…
Zeryth Ardevane seguía mirándola.
Como si estuviera esperando algo.
—¿Qué fue eso? —preguntó una voz entre la multitud.
Nadie respondió.
—¡Cierren las puertas!
—¡Las puertas exteriores ya están cerradas!
—¡Entonces aseguren las interiores!
Los guardias comenzaron a moverse.
El caos explotó de repente.
Personas corriendo.
Sirvientes gritando órdenes.
Nobles buscando a sus familiares.
Algunas mujeres intentaban mantener la compostura mientras sus hijos se escondían detrás de ellas.
Myravaen apenas escuchaba.
Seguía mirando a Zeryth.
Había algo en su expresión que no podía entender.
No parecía sorprendido.
Asustado, sí.
Pero no sorprendido.
Como si aquello fuera algo que había esperado.
—Tú sabías que esto ocurriría.
Zeryth no respondió.
—Te estoy hablando.
Él finalmente apartó la mirada hacia las enormes ventanas.
—No aquí.
Myravaen frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Significa que no deberías hacer preguntas delante de tantas personas.
—¿Y dónde se supone que debo hacerlas?
Zeryth volvió a mirarla.
—En un lugar donde las paredes no escuchen.
Myravaen sintió un escalofrío.
—Las paredes no escuchan.
—Las de Draekorys sí.
Antes de que pudiera responder, una voz cortó el caos.
—¡TODOS ATRÁS!
Lady Seravelle.
La voz de su madre atravesó el salón con una autoridad que hizo que incluso los nobles dejaran de hablar.
Seravelle avanzó hasta el centro del salón.
Su vestido negro se movía ligeramente mientras caminaba.
No parecía asustada.
Pero Myravaen la conocía.
Demasiado bien.
Había visto cómo su madre escondía el miedo durante años.
Y ahora…
lo estaba haciendo otra vez.
—Nadie abandona la fortaleza —ordenó Seravelle—. Los guardias cerrarán todas las entradas y nadie saldrá sin autorización.
—Lady Draekorys —dijo un noble—, con todo respeto, ¿qué está ocurriendo?
Seravelle lo miró.
—No lo sé.
Un murmullo recorrió el salón.
Myravaen casi soltó una risa.
Su madre nunca decía que no sabía algo.
Nunca.
Y si acababa de admitirlo delante de todas las casas nobles…
entonces realmente había algo mal.
—¿Fue un ataque? —preguntó otro.
—No.
—¿Cómo puede estar segura?
Seravelle levantó lentamente la mirada.
—Porque si fuera un ataque, ya estaríamos muertos.
El silencio fue inmediato.
Myravaen sintió que el estómago se le cerraba.
Zeryth tampoco apartó la mirada de Seravelle.
Por un instante, ambos parecieron entender algo que ella no.
Y eso la enfureció.
—Madre.
Seravelle la miró.
—Ven conmigo.
—No.
Varias personas se giraron.
Seravelle frunció el ceño.
—¿Qué dijiste?
Myravaen dio un paso hacia ella.
—Quiero saber qué está pasando.
—Ahora no.
—Siempre dices eso.
—Myravaen.
—Mi padre sabía algo.
El salón quedó completamente en silencio.
Seravelle se quedó inmóvil.
Myravaen continuó.
—Lord Maelor dijo que papá sabía que esto ocurriría.
Los ojos de Seravelle se dirigieron inmediatamente hacia el anciano.
Lord Maelor bajó la mirada.
Eso fue suficiente.
Myravaen sintió que algo se rompía dentro de ella.
—Es verdad.
Seravelle no respondió.
—¿Qué sabía?
Silencio.
—¿Qué sabía mi padre?
—Myravaen…
—¡¿Qué sabía?!
La última palabra resonó por todo el salón.
Su madre cerró los ojos durante un instante.
Cuando volvió a abrirlos…
ya no parecía la mujer fría que todos conocían.
Parecía cansada.
Mucho más vieja.
—Sígueme.
Myravaen no se movió.
—¿Y él?
Señaló a Zeryth.
Seravelle lo observó.
—Él no viene.
Zeryth dio un paso.
—Disculpe, Lady Draekorys, pero creo que—
—Tú sabes demasiado.
Zeryth se detuvo.
Seravelle sostuvo su mirada.
—Y todavía no sé cuánto.
La tensión entre ambos fue inmediata.
Myravaen los observó.
—¿Se conocen?
Ninguno respondió.
—Madre.
Seravelle finalmente apartó la mirada.
—Ven.
Myravaen siguió a su madre.
Pero antes de abandonar el salón, miró una última vez hacia Zeryth.
Él seguía observándola.
Y justo antes de que las puertas se cerraran…
murmuró algo.
Myravaen no escuchó las palabras.
Pero pudo leer sus labios.
No confíes en ella.
Las puertas se cerraron.
Myravaen caminó detrás de su madre por los corredores de Draekorys.
Ninguna de las dos habló.
El ruido del festival había quedado atrás.
Ahora solo se escuchaban sus pasos sobre la piedra.
Tac.
Tac.
Tac.
Las antorchas iluminaban débilmente los corredores.
Myravaen observaba a su madre.
—¿Adónde vamos?
—A la biblioteca antigua.
—¿Por qué?
—Porque allí no hay sirvientes.
—¿Y?
—Ni consejeros.
Myravaen se detuvo.
—¿Hay algo que no quieres que nadie escuche?