El nombre de Myravaen continuó resonando por los corredores.
No como una voz humana.
No como un eco.
Era algo más profundo.
Algo que parecía atravesar la piedra misma de Draekorys.
Myravaen permaneció inmóvil.
El guardia frente a ella había dejado de hablar.
Lady Seravelle tampoco decía nada.
Durante varios segundos, nadie se atrevió a moverse.
Entonces volvió a escucharse.
—Myravaen.
La voz era más clara.
Más cercana.
La marca bajo su clavícula respondió con un calor tan intenso que tuvo que llevarse una mano al pecho.
—¿Lo escucharon?
El guardia asintió lentamente.
—Sí.
Seravelle cerró la puerta de la biblioteca.
—Nadie sale.
—Madre…
—Nadie.
Su tono no dejaba espacio para discutir.
Pero Myravaen ya no era capaz de obedecer.
No después de todo lo que acababa de descubrir.
—Quiero ver la puerta.
Seravelle se giró inmediatamente.
—No.
—Está debajo de Draekorys.
—Precisamente.
—Tiene mi símbolo.
—Eso no significa que debas acercarte.
—¿Entonces qué significa?
Silencio.
Myravaen dio un paso hacia ella.
—Desde que desperté, todo está relacionado conmigo.
Señaló su pecho.
—La marca.
Después señaló el libro.
—Noctyrae.
Y finalmente miró hacia el suelo.
—La puerta.
Su voz comenzó a quebrarse.
—¿Cuántas cosas más sabes y piensas ocultarme?
Seravelle la observó.
—Más de las que debería.
Myravaen sintió una punzada.
—Entonces dime la verdad.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque algunas verdades destruyen a quien las conoce.
—Ya estoy destruida.
Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.
Seravelle se quedó inmóvil.
Myravaen bajó la mirada.
—Desde que murió papá todos me dicen que debo ser fuerte. Que debo comportarme como una heredera. Que debo aprender a sonreír cuando todos me observan.
Respiró profundamente.
—Pero nadie me preguntó qué quería yo.
Su madre no respondió.
—Y ahora resulta que existe un reino que supuestamente desapareció, una criatura que parece conocerme, una marca que apareció de la nada y una puerta debajo de nuestra casa que está llamándome por mi nombre.
Myravaen levantó la mirada.
—No puedes seguir diciéndome que no pasa nada.
Seravelle permaneció en silencio.
Después tomó el libro negro de la mesa.
—Está bien.
Myravaen la miró.
—¿Qué?
—Quieres ver la puerta.
Seravelle guardó el libro bajo un brazo.
—La verás.
El guardia abrió los ojos.
—Lady Seravelle…
—Prepara a seis hombres.
—¿Seis?
—No.
Seravelle corrigió.
—Doce.
Myravaen sintió un escalofrío.
—¿Tan peligrosa es?
Su madre la miró.
—No sé si la puerta es peligrosa.
Se acercó a ella.
—Lo que hay detrás podría serlo.
Draekorys tenía niveles que no aparecían en ningún mapa.
Myravaen lo sabía ahora.
Había crecido en aquella fortaleza.
Conocía sus torres.
Sus jardines.
Sus corredores.
Las habitaciones de invitados.
Las salas de armas.
Las antiguas capillas.
Pero nunca había visto las escaleras que descendían bajo la biblioteca.
Eran estrechas.
Muy antiguas.
Las paredes estaban cubiertas de símbolos.
Algunos parecían letras.
Otros parecían figuras.
Y otros…
parecían ojos.
Myravaen bajaba detrás de su madre mientras doce guardias avanzaban alrededor de ellas.
Lord Maelor también había decidido acompañarlas.
—¿Por qué él viene? —preguntó Myravaen.
Seravelle no respondió.
Fue Lord Maelor quien lo hizo.
—Porque estuve allí la última vez.
Myravaen se detuvo.
—¿La última vez?
El anciano continuó bajando.
—Hace treinta años.
—¿Qué ocurrió?
—Encontramos algo.
—¿La puerta?
—No.
Myravaen frunció el ceño.
—Entonces, ¿qué?
Lord Maelor la miró.
—Una persona.
El silencio volvió.
—¿Quién?
El anciano no respondió.
Seravelle habló antes de que pudiera insistir.
—Continúa caminando.
Myravaen apretó la mandíbula.
Otra vez.
Otra maldita vez.
Secretos.
Siempre secretos.
Siguieron descendiendo.
La temperatura disminuyó.
El aire se volvió húmedo.
Las antorchas que llevaban los guardias apenas lograban iluminar el camino.
Después de varios minutos llegaron a un enorme arco de piedra.
Había dos estatuas a cada lado.
Guerreros antiguos.
Sus rostros habían sido destruidos.
Pero sus armaduras seguían intactas.
Myravaen pasó junto a ellos.
Algo llamó su atención.
En el pecho de ambas estatuas había un símbolo.
Una corona rodeada por llamas.
El mismo símbolo de su sueño.
Se detuvo.
—Madre.
Seravelle continuó caminando.
—Ya lo vi.
—¿Qué significa?
—No lo sé.
—Mientes.
Seravelle se detuvo.
La miró.
—No todo lo que desconozco es una mentira.
Myravaen sostuvo su mirada.
Después continuaron.
Finalmente llegaron al último tramo.
La escalera terminaba frente a una enorme puerta de piedra.
No parecía una puerta normal.
No tenía bisagras.
No tenía cerradura.
No tenía manija.
Solo una superficie completamente negra cubierta por líneas doradas.
Myravaen dejó de respirar.
La marca ardió.
Las líneas de la puerta comenzaron a iluminarse.
Una.
Después otra.
Y otra.
Hasta formar exactamente el mismo símbolo que tenía debajo de su clavícula.
Los guardias retrocedieron.
—¿Qué está pasando? —preguntó uno.
Lord Maelor murmuró:
—La reconoce.
Myravaen dio un paso.