Noctyrae

CAPÍTULO 6

El despertar

Nadie respiró.

Durante unos segundos, el mundo entero pareció haberse detenido.

El polvo suspendido en el aire dejó de caer.

Las llamas de las antorchas dejaron de moverse.

Incluso el viento que había estado recorriendo los pasillos subterráneos de Draekorys desapareció.

Solo quedó aquel ojo.

Gigantesco.

Dorado.

Al otro lado de la abertura.

Myravaen no podía apartar la mirada.

Había visto esos ojos antes.

No en la realidad.

No en un libro.

No en una pintura.

En sus sueños.

En aquel cielo cubierto de fuego.

Entre las torres derrumbándose.

Debajo de unas alas tan enormes que parecían cubrir el cielo entero.

Los mismos ojos que la habían observado desde las llamas cuando todavía era una niña.

Los mismos.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

—No… —susurró Seravelle.

Por primera vez desde que Myravaen podía recordar, su madre sonaba realmente asustada.

No preocupada.

No seria.

Asustada.

Myravaen giró lentamente hacia ella.

—Tú sabías que esto estaba ahí.

Seravelle no respondió.

—Mamá.

Nada.

—¡Tú sabías!

La voz de Myravaen rebotó por las paredes de piedra.

El ojo detrás de la puerta se movió.

Solo un poco.

Pero fue suficiente.

Todos retrocedieron.

Los miembros del Consejo levantaron sus armas.

Los guardias formaron una línea.

Lord Maelor se quedó inmóvil.

Zeryth, en cambio, miró directamente a Myravaen.

No al ojo.

A ella.

—Myravaen —dijo.

Ella no lo escuchó.

Su atención seguía clavada en aquella criatura.

Entonces el ojo se cerró.

Una vez.

Lentamente.

Como si estuviera parpadeando.

Y cuando volvió a abrirse, la piedra de las paredes comenzó a vibrar.

Un sonido grave atravesó el túnel.

No era un rugido.

Todavía no.

Era algo más profundo.

Una respiración.

Una sola respiración.

Pero parecía suficiente para hacer temblar todo Draekorys.

—¡Todos atrás! —ordenó uno de los consejeros.

Los soldados obedecieron.

Myravaen no.

No podía moverse.

Sentía el mismo calor que había sentido la primera noche.

Debajo de su clavícula.

La marca.

El símbolo oscuro comenzó a extenderse lentamente sobre su piel.

Myravaen bajó la mirada.

Las líneas negras parecían raíces.

Pero ahora, entre ellas, aparecían pequeñas líneas doradas.

Como venas de luz.

—¿Qué está pasando? —preguntó.

Seravelle la miró.

Y en su rostro apareció algo que Myravaen nunca había visto.

Culpa.

—Está despertando.

Myravaen levantó la cabeza.

—¿Qué?

Lord Maelor respondió.

—No.

Su voz era casi un susurro.

—No está despertando.

Todos lo miraron.

El anciano observó el ojo detrás de la puerta.

—Ya despertó.

Silencio.

Zeryth apretó la mandíbula.

—Entonces llegamos tarde.

Myravaen lo miró.

—¿Llegamos tarde para qué?

Zeryth no respondió.

—Zeryth.

Él levantó los ojos hacia ella.

Por un instante, Myravaen creyó ver algo parecido al miedo.

—Para impedir que te encuentre.

La piedra volvió a temblar.

Esta vez con más fuerza.

Y entonces una voz atravesó el túnel.

No salió de la criatura.

No salió de las paredes.

Parecía venir de todas partes.

Una voz antigua.

Profunda.

Imposible de ignorar.

—Myravaen.

Ella sintió que el corazón se le detenía.

La criatura volvió a hablar.

—Heredera.

Myravaen dio un paso hacia la puerta.

Zeryth la agarró del brazo.

—No.

Ella intentó soltarse.

—Suéltame.

—No puedes acercarte.

—¡Me está llamando!

—Precisamente.

Myravaen lo miró con furia.

—¿Y tú cómo sabes eso?

Zeryth se quedó callado.

—¿Cómo sabes tantas cosas?

Nada.

—Sabías lo de la marca.

Silencio.

—Sabías lo de la puerta.

Nada.

—Sabías lo que había aquí.

Zeryth apartó la mirada.

Myravaen sintió cómo la rabia crecía dentro de ella.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de conocerte.

Aquellas palabras dolieron más de lo que deberían.

—Entonces dime la verdad.

Zeryth la miró.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque si te la digo ahora…

Miró hacia el ojo dorado.

—Quizás nunca puedas volver atrás.

El nombre de Vaelor

—¡Basta!

La voz de Seravelle hizo eco por la cámara.

Todos se volvieron hacia ella.

La mujer avanzó lentamente.

Su vestido oscuro rozó las piedras cubiertas de polvo.

—No tenemos tiempo para seguir ocultándole cosas.

Lord Maelor negó con la cabeza.

—Seravelle…

—Ya no podemos seguir protegiendo los secretos de Vaelor.

Myravaen sintió un nudo en el pecho.

—¿Qué tiene que ver mi padre con esto?

Seravelle cerró los ojos.

Durante unos segundos pareció estar luchando consigo misma.

Finalmente habló.

—Todo.

Myravaen dejó de respirar.

—Tu padre fue quien cerró esa puerta.

Lord Maelor bajó la mirada.

—Hace treinta años.

—¿Y qué había detrás?

Seravelle miró hacia la abertura.

—Noctyrae.

El nombre recorrió la cámara como un eco.

Myravaen sintió que la marca ardía.

—¿El reino?

Seravelle negó.

—No.

Myravaen entendió.

—El dragón.

Seravelle no respondió.

No necesitaba hacerlo.

El ojo detrás de la puerta volvió a moverse.

Esta vez desapareció durante unos segundos.

Todos se quedaron esperando.

Y entonces apareció nuevamente.

Más cerca.

Myravaen retrocedió.

El espacio detrás de la puerta era enorme.

Demasiado enorme.

Eso significaba que aquella criatura debía ser mucho más grande de lo que cualquiera de ellos había imaginado.



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Editado: 23.09.2026

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