Noctyrae

CAPÍTULO 7

El nombre

—Draekorys.

La palabra permaneció suspendida en el aire.

Myravaen no entendía por qué un simple nombre podía hacer que todo su cuerpo se paralizara.

Draekorys.

Su apellido.

Su casa.

Su sangre.

Su hogar.

La misma palabra que había escuchado desde que era una niña.

Pero pronunciada por aquella voz…

Sonaba diferente.

Como una amenaza.

Como una promesa.

Como si no estuviera llamando a una familia.

Como si estuviera llamando a algo que pertenecía a esa familia desde mucho antes de que existiera el castillo.

La piedra volvió a temblar.

—¡Tenemos que salir! —gritó uno de los guardias.

Nadie discutió.

La cámara estaba comenzando a venirse abajo.

Fragmentos del techo caían alrededor de ellos.

Seravelle intentó avanzar hacia Myravaen, pero una enorme piedra cayó entre ambas.

—¡Myravaen!

—¡Mamá!

—¡Corre!

Zeryth tomó a Myravaen por la cintura y la apartó justo cuando otra parte del techo se desplomó.

—¡Por aquí!

—¡No sé por dónde es!

—¡Sígueme!

—¡Zeryth!

Él tiró de su mano.

Corrieron.

Las antorchas se apagaban una detrás de otra.

El pasillo que habían utilizado para llegar a la cámara parecía haber cambiado.

Las paredes se movían.

No literalmente.

Pero las sombras hacían que parecieran diferentes.

Más largas.

Más estrechas.

Más antiguas.

Myravaen respiraba con dificultad.

—¿Dónde está mi madre?

—Está detrás de nosotros.

—¡No la veo!

Zeryth se detuvo.

Myravaen casi chocó contra él.

—¿Qué haces?

Él levantó una mano.

Silencio.

Escucharon.

Nada.

Después…

Un golpe.

Luego otro.

Y una voz.

—¡Myravaen!

Seravelle.

—¡Mamá!

Myravaen intentó regresar.

Zeryth la sujetó.

—No.

—¡Está ahí!

—Tenemos que encontrar otra salida.

—¡No voy a dejarla!

—Y ella tampoco quiere que tú mueras aquí.

Myravaen se soltó.

—No me importa.

—A mí sí.

La frase salió demasiado rápido.

Los dos se quedaron mirándose.

Zeryth pareció arrepentirse de haberla dicho.

Myravaen abrió la boca.

Pero antes de poder responder…

Un rugido sacudió el castillo.

Esta vez sí.

No era una respiración.

No era una voz.

Era un rugido.

Tan profundo que las paredes parecieron doblarse.

Myravaen se llevó las manos a los oídos.

—¡Dioses…!

Zeryth se apoyó contra la pared.

El sonido continuó durante varios segundos.

Y cuando terminó…

Todo quedó en silencio.

Un silencio absoluto.

Myravaen levantó lentamente la mirada.

—Noctyrae.

Zeryth negó.

—No.

—¿Cómo que no?

—Ese no fue Noctyrae.

Myravaen sintió que el corazón le caía al estómago.

—Entonces…

Zeryth miró hacia la oscuridad del pasillo.

—Fue lo que estaba detrás de él.

La casa que recuerda

En el nivel superior de Draekorys, el caos había comenzado.

Los nobles que habían asistido al Festival de Ceniza corrían por los corredores.

Los sirvientes intentaban mantener las puertas cerradas.

Los caballos en los establos golpeaban las paredes con los cascos.

Las ventanas vibraban.

Y desde las montañas llegaba un sonido que nadie podía identificar.

Los miembros del Consejo discutían a gritos.

—¡Debemos abandonar Draekorys!

—¡No podemos salir!

—¡El camino norte está bloqueado!

—¡Entonces usen el camino este!

—¡Está destruido!

Lady Evandrel permanecía junto a una de las ventanas.

Por primera vez en toda la noche, no tenía una sonrisa falsa en el rostro.

Miraba hacia las montañas.

—Esto no estaba en los registros.

Un noble se acercó.

—¿Qué?

Evandrel negó.

—Nada.

—¿Qué viste?

—Nada.

Pero había mentido.

Porque había visto algo.

Una silueta gigantesca detrás de las montañas.

Solo durante un segundo.

Un par de ojos dorados.

Y después…

Nada.

—¿Lady Evandrel?

Ella se volvió.

—¿Sí?

—El Consejo está buscando a Lady Seravelle.

Evandrel tragó saliva.

—Entonces que sigan buscando.

—¿Por qué?

Ella miró hacia las escaleras.

—Porque si encuentran a Seravelle…

Hizo una pausa.

—También encontrarán a la heredera.

Bajo la montaña

Myravaen y Zeryth continuaron avanzando.

Cada paso parecía más difícil.

El aire se había vuelto caliente.

Demasiado caliente.

Myravaen sentía que le costaba respirar.

—¿Siempre estuvo así? —preguntó.

—No.

—¿Entonces qué cambió?

Zeryth la miró.

—Tú.

Myravaen se detuvo.

—¿Qué quieres decir?

—Desde que llegaste a la puerta, todo comenzó a despertar.

—Eso ya lo sé.

—No.

Zeryth negó.

—No lo entiendes.

Se acercó a ella.

—La puerta no se abrió porque alguien la rompiera.

—Entonces ¿por qué?

—Porque te reconoció.

Myravaen miró su marca.

—¿Por mi sangre?

—Por algo más.

—¿Qué?

Zeryth dudó.

—No estoy seguro.

—No me mientas.

—No estoy mintiendo.

—Entonces dime lo que sabes.

Zeryth suspiró.

—Los antiguos registros de mi familia hablan de una heredera.

Myravaen frunció el ceño.

—¿Una heredera Draekorys?

—Sí.

—¿Mi antepasada?

—No exactamente.

—¿Entonces quién?

—No lo sabemos.

—Eso no tiene sentido.

—Los registros fueron destruidos.

—¿Por quién?

Zeryth guardó silencio.

Myravaen lo miró.

—Por mi padre.

Zeryth asintió.

—Sí.

Myravaen cerró los ojos.

Cada respuesta abría diez preguntas más.

—¿Por qué Vaelor destruiría los registros sobre su propia familia?



#2677 en Fantasía
#482 en Ciencia ficción

En el texto hay: está en proceso

Editado: 23.09.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.