Nodus Tollens

1: Fuego cruzado.

 Tomé la estación de tren más cercana con un boleto en la mano, con rumbo a Nara. Ichiru me acompañó y me abrazó muy fuerte antes de subirme al tren, por poco y no me soltaba; habíamos sido muy unidos, pero esta vida adulta hizo que tomáramos carreras distintas y separarnos. Extrañaré la deliciosa comida que mamá nos prepara el fin de semana y las sacudidas de cabello de papá; también extrañaré atormentar al novio de Ichiru, pero esa es otra historia.

Por la velocidad del tren, puedo suponer en que llegaré a Nara en unas cuatro horas.

Saco del bolsillo de mi abrigo aquella carta que recibí ayer, en la que me indicaba en que tendré a alguien que me escoltará, «tengo suerte, no a todos mis compañeros los escoltarían». La universidad envió mis datos al paciente, así que no habría problema en reconocer mi apariencia.

Una persona se me sentó al lado antes de que el tren arrancase. La persona a mi lado saludó con cortesía, y por su uniforme, era más que obvio en que pertenecía a la guardia nacional.

—¿Es su primera vez viajando a Nara?

Me sorprendo un poco ante su repentina pregunta, usualmente un viaje en tren suele ser algo silencioso para muchas personas.

—Parece ser un adivino, caballero.

El hombre a mi lado no pudo evitar reírse, no me pareció molesto, ya que tenía un aire de... no sé, ¿confianza? Digamos que son como esos pasajeros que por alguna extraña razón pueden entablar una conversación normal a pesar de no conocerte.

—Digamos que sé detectar a un pasajero que es nuevo en esto. Mi nombre es Takuma Ichijou, un placer. —Estira su mano y yo la estrecho con amabilidad.

—Zero Kiryuu —. Después del apretón de manos, empezamos una conversación sin mucha importancia, sobre todo de nuestras profesiones.

Me contó en que iba a presentar sus servicios en Nara y que su familia se encontraba en ese lugar, yo no rebelé mucho, solo dije en que haría una pequeña visita, ya que en el juramento de la OCSNH es: que no rebelemos de nuestros pacientes a otros ciudadanos que no compartan la misma profesión.

Siento un nudo en el estómago cuando nos acercamos cada vez más a la ciudad, me imagino que habrá que caminar hasta mi destino y las zonas rurales no eran conocidos por tener mucho transporte. Admito que estoy un poco nervioso por encontrarme cara a cara con un daiyokai, la primera vez que vi yokais antropomórficos fueron en noticias en donde anunciaban sus crímenes —sobre todo de asesinatos—, por algo terminaban siendo temidos y odiados. Un daiyokai es algo superior y mucho más complicado de tratar, que hayan tenido resultados positivos con uno después de una década es algo sorprendente.

—Bueno, ya va siendo hora de que nos bajemos —anunció mi acompañante, también el parlante del tren, el cual se escuchaba la voz de una mujer diciendo casi lo mismo que Takuma.

—Estoy seguro en que eres adivino.

Cuando el transporte se detuvo, tuvimos que bajarnos y despedirnos.

Yo busqué mi maleta y pude ver a mi alrededor, habían muchas personas, así que tuve que observar a mi alrededor a ver quién podría ser mi escolta. Al frente de mí encontré a una figura zorruna de cinco colas que me ve fijamente, se trata de un kitsune de pelaje azul. Noté en que nadie parecía saber que el kitsune estaba presente y me tranquilicé un poco «debe ser un tipo Zenko usando la técnica de fuego cruzado para no ser visto por otros», pero ¿por qué yo puedo verle?

—¿Eres mi escolta? —pregunté en voz baja, el zenko asintió, me dio la espalda e hizo un ademán con su cabeza para que le siguiera.

Los kitsune-zenko, al ser criaturas espirituales y mensajeros, es normal que usen la técnica de fuego cruzado para no llamar la atención de muchos humanos.

Caminé detrás del kitsune por lugares que me alejaban de la ciudad, pasó tanto tiempo que parece que se está empezando a ocultar el sol. Arrastrar una maleta por más de una hora no es recomendable, y mucho más cuando se está entrando en una zona rural donde los caminos son ideales para carruajes campestres.

El kitsune pareció entender de mi cansancio y se detuvo por un momento. Me sorprendí al verle transformarse en una mujer de cabello corto y de kimono blanco que le llegaba a las rodillas. Dio una reverencia y se presentó:

—Mi nombre es Nanako Hoka, soy la ama de llaves del amo Sesshomaru —. Me parece un poco extraño escuchar ese término considerando el luga—. Ya que se siente cansado, puedo llamar a Tamahishi para que lleguemos lo más pronto posible.

—¿Tamahishi?

—Por supuesto, él vive por aquí y puede que nos dé un aventón. Espere aquí un momento, no tardaré.

Yo asentí un poco desconcertado, ese lugar sería solitario si no fuera porque vi a una persona pasar en bicicleta por ese sendero. Mis manos se están congelando un poco, así que saqué mis guantes. Ya estaba empezando la época de invierno, así que es normal sentir todo ese frío que pronto se maximizaría.

Al parecer, por culpa de la prueba no podré estar con mi familia para navidad esta vez, pensar en eso hace que me deprima un poco, aunque sé que no seré la única persona en experimentar eso. Me quedo por un momento en mi mente, hasta que por fin regresa Nanako, quien iba acompañada por un hombre regordete que halaba un caballo y una carreta en un estado bastante pulcro.

Nanako parecía tener un caminar muy ligero, ya que casi no escucho sus pasos.

—Tamahishi nos llevará, señor Kiryuu —informó.

Cargó la maleta y la puso por encima de la carreta. Subí y Nanako se puso a mi lado.

—Ya estamos listos, Tamahishi.

—Muy bien. Dile al jovencito que se sujete bien.

No dudo en seguir su consejo, es la primera vez que me subo a una carreta de carga y no quiero saber lo que se siente caer de una. Nanako no se sujeta de nada, ni siquiera se mueve un poco con el ritmo del transporte, tal vez su condición de kitsune tenga algo que ver con eso. El señor de la carreta menciona en que se le hace muy raro ver otro mentor para el susodicho Sesshomaru.




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