Nombre prestado

CAPÍTULO 2. El hombre que no se equivoca

Valeria tardó varios segundos en reaccionar.

—¿Muerta?

Adrián no apartó la mirada de la fotografía.

—Eso creemos.

—¿Creemos quiénes?

—No importa ahora.

—A mí sí.

Él levantó la vista.

—Desapareció hace seis meses. Hubo sangre en el lugar donde la vieron por última vez. Suficiente para que nadie pensara que había salido caminando.

—¿Encontraron el cuerpo?

—No.

Valeria soltó una risa seca.

—Entonces no está muerta.

—No es tan sencillo.

—No, claro. Nada esta noche parece sencillo.

Guardó la fotografía en el bolso.

Adrián frunció el ceño.

—Debería dármela.

—No.

—Es una prueba.

—Precisamente.

—No sabe qué tiene entre manos.

—Y usted sí, pero no me lo cuenta.

Él la observó un instante.

—Suba a mi coche.

Valeria retrocedió.

—Ni de broma.

—Los hombres que estaban aquí pueden volver.

—Y usted puede ser peor.

Adrián aceptó el golpe sin gesto alguno.

—También.

Aquella respuesta la desconcertó más que una defensa.

—Voy a la comisaría.

—La acompaño.

—No.

—Entonces iré detrás.

—Eso se llama seguir a alguien.

—Llámelo como quiera.

Valeria apretó el móvil.

—¿Siempre habla así?

—¿Así cómo?

—Como si todo estuviera decidido antes de que los demás abran la boca.

—Casi nunca funciona.

—Pues no se nota.

Adrián miró hacia la rampa.

—Tiene dos opciones. Puede discutir conmigo cinco minutos más o puede salir de aquí antes de que decidan regresar.

Valeria odiaba que tuviera razón.

Se dirigió a su coche.

Él no intentó detenerla.

Cuando abrió la puerta, comprobó el asiento trasero antes de sentarse.

Adrián la vio hacerlo.

—Bien.

Valeria bajó la ventanilla.

—¿Qué?

—Nada.

—Ha dicho “bien”.

—Ha mirado detrás.

—¿Y?

—Mucha gente no lo hace hasta que ya es tarde.

Valeria lo miró con fastidio.

—Su forma de tranquilizar es pésima.

—No intento tranquilizarla.

Arrancó.

Él hizo lo mismo.

Durante todo el trayecto hasta la comisaría, Valeria comprobó el retrovisor demasiadas veces.

El coche negro se mantuvo a una distancia constante.

No demasiado cerca.

No demasiado lejos.

Como si Adrián llevara años siguiendo personas sin que pareciera que las seguía.

Eso no ayudaba.

Cuando llegaron, Valeria aparcó frente al edificio y esperó dentro del coche.

Adrián estacionó unos metros más atrás.

No bajó.

Ella tampoco.

Miró la entrada de la comisaría.

Gente entrando.

Un agente fumando cerca de una ventana lateral.

Una pareja discutiendo junto a una motocicleta.

Todo normal.

Eso debería haberla tranquilizado.

No lo hizo.

Cogió la fotografía.

La volvió a mirar.

La terraza.

Gabriel Urrutia.

Marina Soler.

Ella misma.

El colgante.

La frase escrita detrás.

No vuelvas a llamarme Valeria.

Sacó el teléfono y abrió las fotografías antiguas.

Buscó junio de 2023.

Tardó menos de un minuto.

El día catorce estaba allí.

Su madre en una cama de hospital.

Una bandeja con café.

Una foto borrosa de la ventana.

Otra donde se veía su propia mano sujetando una botella de agua.

A las 16:42 había tomado una fotografía del monitor de la habitación para enviársela a su hermano.

Valeria amplió la imagen.

No aparecía ella.

Buscó otra.

A las 18:11 tenía un selfie con su madre.

Dos rostros cansados.

Zaragoza.

Mismo día.

No podía estar en dos ciudades.

Miró de nuevo la fotografía del aparcamiento.

La mujer se parecía a ella de un modo demasiado exacto.

No era maquillaje.

No era una hermana perdida.

No era una coincidencia.

Había algo técnico detrás.

Manipulación.

Montaje.

Inteligencia artificial.

Cualquier cosa.

Pero no ella.

Bajó del coche.

Adrián abrió su puerta al mismo tiempo.

Valeria levantó una mano.

—Quédese ahí.

Él obedeció.

Entró sola.

La declaración duró más de una hora.

El agente que la atendió se llamaba Samuel Rivas.

Tendría poco más de cincuenta años, voz cansada y la paciencia burocrática de quien había escuchado demasiadas historias extrañas para sorprenderse por una más.

—¿Intentaron meterla por la fuerza en algún vehículo?

—No llegaron a tocarme.

—¿La amenazaron?

Valeria pensó.

—No de forma directa.

—¿Le enseñaron algún arma?

—No.

Rivas escribió algo.

—¿Conocía a esos hombres?

—No.

—¿Podría identificarlos?

—Sí.

—¿Y dice que la llamaron Irene Salvat?

Valeria dudó.

Recordó la recomendación de Adrián.

No mencione todavía el nombre Irene Salvat.

Eso bastó para que decidiera hacerlo.

—Sí.

La mano de Rivas dejó de escribir.

Solo un instante.

Pero Valeria lo vio.

—¿Le suena?

El agente siguió escribiendo.

—No especialmente.

—Ha parado.

Rivas levantó la vista.

—¿Perdón?

—Cuando he dicho el nombre.

—Estoy tomando una declaración, señora Montejo. A veces paro.

—¿Existe esa persona?

—No puedo darle información sobre terceros.

—¿Entonces sí existe?

—No he dicho eso.

Valeria sintió la misma irritación que con Adrián.

Todos sabían algo.

Nadie quería decirlo.

Sacó la fotografía del bolso.

—Esto me lo dieron ellos.

Rivas la cogió.

La observó.

Luego miró a Valeria.

Otra vez la fotografía.

—¿Es usted?

—No.

—Se parece mucho.

—Soy yo físicamente. Pero no estaba allí.

—¿Dónde estaba?

—En Zaragoza.

—¿Puede demostrarlo?

—Sí.

—Bien.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.