Valeria frenó junto a la acera.
El coche de Adrián casi la alcanzó por detrás.
El teléfono seguía encendido sobre el asiento del copiloto.
No vayas al archivo, Valeria.
Esta vez no podré sacarte de allí.
Leyó las dos frases otra vez.
Después una tercera.
No apareció nada más.
Adrián estacionó delante de ella y bajó.
Valeria cerró el coche por dentro.
Él se acercó a la ventanilla.
—¿Qué pasa?
Ella levantó el móvil para que pudiera verlo.
Adrián leyó.
La expresión se le endureció.
—¿Quién tiene su número?
—Media humanidad.
—¿Ese número es personal?
—Sí.
—¿Lo usa para trabajo?
—También.
—¿Redes sociales?
—No está publicado.
—¿Clientes?
—Algunos.
Valeria bajó un poco la ventanilla.
—La pregunta correcta no es quién tiene mi número.
—¿Cuál es?
—Quién cree que ya me sacó de algún sitio antes.
Adrián volvió a leer el mensaje.
—Puede ser una forma de hablar.
—O no.
—¿Ha recibido mensajes así alguna vez?
—Nunca.
—¿Amenazas?
—No.
—¿Números desconocidos?
—Como todo el mundo.
Adrián extendió la mano.
—Déjeme el teléfono.
—No.
—Necesito ver los datos del mensaje.
—Puede mirarlos sin llevárselo.
Valeria abrió la información del remitente.
Número oculto tras una pasarela digital.
Sin fotografía.
Sin nombre.
Sin datos útiles.
Adrián hizo una captura con su propio móvil.
—No responda.
Valeria ya estaba escribiendo.
—He dicho que no responda.
—Lo he oído.
Tecleó:
¿Quién eres?
Adrián la miró.
—Eso ha sido innecesario.
—A mí me parece bastante necesario.
Esperaron.
Nada.
Treinta segundos.
Un minuto.
Valeria mantuvo la vista fija en la pantalla.
Adrián miró la calle.
—Nos movemos.
—Voy al archivo.
—No.
—El mensaje confirma que allí hay algo.
—El mensaje confirma que alguien quiere influir en lo que hace.
—Exactamente.
—Y usted está obedeciendo.
Valeria alzó la cabeza.
—No. Si quisiera obedecer, me iría a casa.
—Está yendo justo al lugar del que le han dicho que se mantenga alejada.
—Porque no sé si intentan protegerme o asustarme.
—¿Y piensa averiguarlo entrando de madrugada?
—Sí.
Adrián abrió la boca.
No llegó a hablar.
El teléfono vibró.
Nuevo mensaje.
Valeria lo abrió.
No era texto.
Una fotografía.
La pantalla tardó un instante en cargarla.
Cuando apareció, ninguno de los dos dijo nada.
Valeria estaba en la imagen.
De pie frente a la entrada del archivo.
Llevaba un abrigo beige.
El pelo recogido.
Miraba hacia un hombre situado junto a la puerta.
La fotografía parecía tomada desde la acera de enfrente.
No era reciente.
Valeria amplió la imagen.
—No tengo ese abrigo.
Adrián no apartaba la vista.
—¿Está segura?
—Sí.
—Puede haberlo tenido antes.
—Nunca.
—¿Y ese hombre?
Valeria acercó la imagen.
El rostro aparecía de perfil.
Cincuenta y tantos.
Canoso.
Gafas.
Lo reconoció.
—Ramiro.
—¿Beltrán?
Valeria lo miró.
—¿Cómo sabe su apellido?
—Lo ha mencionado antes.
Ella recordó.
Era cierto.
—¿Cuándo se hizo esta foto?
No había fecha visible.
Valeria guardó la imagen.
Luego abrió los metadatos.
Vacíos.
—Se los han borrado.
Adrián señaló la esquina inferior.
—Espere.
Había una sombra.
Un reflejo en el cristal del archivo.
Valeria amplió.
Se distinguía parte de un cartel colocado en el interior.
EXPOSICIÓN TEMPORAL — CARTOGRAFÍA PRIVADA, 2019-2020
Sintió un cambio sutil en el cuerpo.
—Esa exposición terminó en febrero de 2020.
Adrián la miró.
—Entonces la foto tiene al menos seis años.
—Sí.
—¿Trabajaba allí?
—Sí.
—¿Con Beltrán?
—Sí.
—¿Y está segura de que no recuerda esto?
—Estoy segura.
Adrián tomó su teléfono.
—¿Puede haber alguna razón normal?
—¿Para que haya una foto mía con un abrigo que nunca he tenido?
—Para que no recuerde una conversación.
—No estoy diciendo que recuerde cada conversación de mi vida.
—Entonces podría ser usted.
Valeria giró la cabeza hacia él.
—¿De verdad volvemos a esto?
—Tenemos que volver a todo.
—No, usted tiene que hacerlo. Yo sé quién soy.
—Eso no responde a la fotografía.
—La fotografía puede estar manipulada.
—Puede.
—¿Pero?
—Pero empieza a ser demasiada manipulación.
Valeria apretó los dedos alrededor del teléfono.
—Una foto no demuestra nada.
—Dos.
—La otra también puede ser falsa.
—Los documentos.
—Falsos.
—Las firmas.
—Copiadas.
—El mensaje.
—No demuestra nada.
Adrián asintió despacio.
—Bien.
—¿Bien qué?
—Está buscando una explicación coherente.
—Porque existe.
—Espero que sí.
Ese “espero” la irritó más que cualquier acusación abierta.
—¿Sabe cuál es su problema?
—Tengo varios.
—Está esperando que me contradiga.
—Sí.
—No va a pasar.
—Eso ya lo veremos.
Valeria abrió la puerta del coche.
—Voy al archivo.
Adrián no discutió.
Eso fue peor.
—¿Ahora sí?
—Ahora quiero ver qué hay allí.
—Qué conveniente.
—No.
Cerró la puerta.
—Preocupante.
El archivo ocupaba la planta baja y el sótano de un antiguo edificio administrativo reformado cerca del centro.
De día parecía sobrio.
De noche, con las persianas metálicas bajadas y las ventanas superiores oscuras, parecía cerrado desde hacía años.