Nombre prestado

CAPÍTULO 4. Las firmas

La oscuridad fue absoluta.

No hubo luces de emergencia.

No hubo piloto verde en la cámara.

Ni siquiera el resplandor habitual del pasillo.

Valeria oyó primero a Tomás respirar.

Después, un golpe seco.

—¡Tomás!

Algo cayó al suelo.

Adrián se movió a su lado.

—Quieta.

—No me diga que me quede quieta.

—Entonces no haga ruido.

Valeria apretó las tijeras en una mano y el teléfono en la otra. La pantalla tardó demasiado en encenderse.

Cuando lo hizo, iluminó una parte mínima de la sala.

La mesa.

Una silla caída.

La carpeta gris.

Tomás ya no estaba frente a ellos.

—¿Dónde está? —susurró.

Adrián encendió la linterna de su móvil.

La puerta seguía abierta.

—Tomás.

Nadie respondió.

Adrián avanzó hacia el pasillo.

Valeria lo siguió.

—Le he dicho…

—No empiece.

Él giró la cabeza.

—¿Siempre hace lo contrario de lo que le conviene?

—No. Solo de lo que usted me ordena.

No respondió.

A tres metros encontraron la mochila de Tomás.

Abierta.

Vacía.

El disco duro había desaparecido.

Valeria se agachó.

—Se lo ha llevado.

—O se lo han quitado.

—No hemos oído a nadie.

—Hemos oído un golpe.

Adrián enfocó el suelo.

Había una línea rojiza junto al zócalo.

Valeria se inclinó.

—¿Sangre?

Él pasó un dedo enguantado sobre la marca.

—Poca.

—¿Entonces está herido?

—Probablemente.

—Tenemos que buscarlo.

Adrián iluminó el fondo del pasillo.

—Primero averigüemos por dónde ha salido.

—Hay dos salidas.

—¿La otra?

—Escalera del sótano, luego puerta al patio interior.

—¿Se puede abrir desde dentro?

—Sí.

—Vamos.

Bajaron.

Valeria conocía cada peldaño de aquella escalera y, aun así, aquella noche parecía distinta.

No por la oscuridad.

Porque alguien había estado esperando.

Alguien había colocado la fotografía de su infancia.

Alguien había cortado la electricidad justo después de que Tomás pronunciara aquella frase.

Quieren que recuerde una vida que nunca tuvo.

Al llegar abajo, Adrián levantó una mano.

Esta vez Valeria se detuvo.

La puerta del patio estaba abierta.

Una corriente fría entraba por la rendija.

—¿La había dejado así? —preguntó él.

—No.

Adrián salió primero.

El patio estaba vacío.

Una pared alta.

Dos contenedores.

Un pequeño acceso lateral a otra finca.

Nada más.

Valeria enfocó el suelo.

—Aquí.

Había una gota oscura.

Luego otra.

Llegaban hasta la puerta lateral.

Adrián probó el picaporte.

Cerrado.

—¿Da a dónde?

—A un edificio de oficinas.

—¿Llave?

—Nosotros no tenemos.

Valeria miró alrededor.

—Entonces ¿cómo ha salido?

Adrián no respondió.

Se agachó junto a la segunda gota.

—La sangre termina aquí.

—Eso es imposible.

—No.

—¿Qué quiere decir?

Adrián señaló la pared.

Una tubería metálica subía hasta el primer piso.

—Alguien podría haber escalado.

Valeria negó.

—Tomás no.

—No sabemos qué puede hacer Tomás.

Ella lo miró.

—Usted tampoco confía en nadie, ¿verdad?

—Confío en la conducta.

—Eso no es confiar.

—Exacto.

Valeria volvió al interior.

—Voy a llamar a la policía.

—Hágalo.

—Esta vez no va a decirme que no mencione nada.

—Esta vez quiero que mencione todo.

Ella se volvió.

—Qué cambio.

—Hay sangre.

—Ya había una amenaza.

—Ahora tenemos una agresión posible y una desaparición.

—¿Posible?

—No sabemos si se ha ido por su cuenta.

—La mochila estaba tirada.

—Sí.

—El disco ha desaparecido.

—Sí.

—Ha sangrado.

—Sí.

—¿Y todavía duda?

Adrián la miró.

—Siempre.

La policía tardó veintidós minutos.

Samuel Rivas no vino.

Llegaron dos agentes uniformados y una inspectora de paisano llamada Laura Montalbán.

Valeria contó lo ocurrido.

Todo.

Irene Salvat.

La fotografía.

Tomás.

La frase.

El apagón.

La sangre.

Adrián permaneció a un lado.

Montalbán tomó notas sin interrumpir.

—¿El señor Cebrián tenía motivos para huir? —preguntó al final.

—No lo sé.

—¿Problemas económicos?

—No que yo sepa.

—¿Conflictos laborales?

—No.

—¿Acceso a información sensible?

Valeria asintió.

—Mucha.

—¿Qué clase?

—Fondos privados. Digitalizaciones. Contratos antiguos. Documentación notarial. Material reservado.

—¿Identificaciones personales?

—A veces.

Montalbán miró la mesa de restauración.

—¿Y quién dejó esa carpeta?

—No lo sabemos.

—¿Las cámaras funcionan?

Valeria señaló la esquina.

—Ahora no.

Un técnico revisó el sistema.

—Se cayó todo a la vez —dijo—. No parece fallo eléctrico normal.

Montalbán levantó la vista.

—¿Manipulación?

—Puede ser.

—¿Desde dentro?

—O desde remoto.

Valeria pensó en Ramiro.

La inspectora lo notó.

—¿Ha pensado en alguien?

—Mi antiguo jefe tenía acceso administrativo.

—Nombre.

—Ramiro Beltrán.

Adrián giró ligeramente la cabeza.

Valeria lo vio.

—¿Qué?

—Nada.

—No ha sido nada.

Montalbán los observó a ambos.

—¿El señor Ferrer trabaja con ustedes?

—No —respondieron al mismo tiempo.

La inspectora arqueó una ceja.

Valeria añadió:

—Lo conocí esta noche.

—¿Y ya estaba con usted cuando vino aquí?

—Sí.

—¿Por qué?

Valeria miró a Adrián.

Él no intervino.

—Porque está buscando a Irene Salvat.

La expresión de Montalbán no cambió.




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