Norte

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8.

La estación en la cual se bajó Calassanç caía al pie del imponente castillo de la ciudad, por debajo de la calle más conocida y comercial de Edimburgo, la Royal Mile, desde la cual se divisaban, debido a su altura, docenas de agujas de sus respectivas iglesias de la ciudad, apuntando piadosamente al cielo. Sin lugar a dudas aquella ciudad fue de las más religiosas de la Europa de su tiempo. Hoy, edificios consagrados a la fe anglicana, luterana, calvinista, metodista, católica y demás, se repartían la fe de aquellos hombres y mujeres, pero en clara recesión respecto a 30 o 40 años atrás. La prueba más evidente de ello era que algún obispado había vendido iglesias para su uso comercial, en concreto restaurantes. Así pues en Edimburgo, como en la mayor parte de la Europa occidental, o sobraban iglesias o faltaban almas que tuviesen fe.

Fue andando hasta Piccardy Place, lugar donde estaba situado el pub Sherlock Holmes. Aquel nombre en aquel local era de una lógica aplastante, casi insultante, pues en aquel edificio nació en el siglo XIX el creador del detective más famoso de la literatura policíaca, nada más y nada menos que Sir Arthur Conan Doyle, del cual Calassanç, desde su adolescencia, era un acérrimo fan.

Entró y pidió una Caledonian, cerveza local, y se dirigió hacia el lavabo. Allí se encerró y sacó una bolsita pequeña de su bolsillo, la mordió con los dientes y vació una parte de su contenido, levemente granulado, encima de la tapa del váter. Con una tarjeta de crédito fue aplastándola, dividiéndola o juntándola de nuevo repetidas veces hasta que quedó lo suficientemente fina para su cometido. Cogió un billete de cinco libras, de los del Bank of Scotland, que convivían con otros dos bancos más escoceses y con el del Bank of England. Lo enrolló en forma de tubo y después de taparse el orificio nasal izquierdo lo esnifó por el derecho, cerró los ojos y notó el típico gusto amargo que le corría por sus garganta. Una gota de sangre se deslizó por su nariz, una tan solo, que fue limpiada con un trozo de papel. Tiró de la cadena solo por hacer ruido y salió de allí en busca de la cerveza que aliviara aquel gusto amargo que percibía dentro de sí.

Ahora de sentía algo mejor, mucho mejor.

Para su sorpresa vio que Mary ya estaba allí sentada en una de las pocas mesas libres que quedaban disponibles. Cogió la cerveza y se sentó enfrente de aquella joven pelirroja, dándose previamente unos besos de bienvenida.

—¿Por qué no me habías dicho que eras un escritor famoso, Calassanç? Preguntó la chica.

Calassanç no esperaba aquella pregunta y sonrió.

—Bueno, tampoco lo soy tanto. Cierto que he publicado también aquí, pero ya veremos si cuaja mi obra en el mercado anglosajón.

—Dedícamelo, por favor —le pidió Mary acercándole el libro—. Quiero tener el recuerdo de un escritor famoso.

Calassanç accedió a la petición de Mary por infinidad de motivos, menos por el que él realmente creyera que fuese alguien digno de firmar autógrafos.

—“De alguien que jamás ganará el Nobel de Literatura para la chica que en un futuro será Nobel de Física, con sincero afecto, Calassanç”.

Mary pidió un agua. Aquella joven ni bebía alcohol ni fumaba y, por supuesto, tampoco tomaba drogas. Hacía lo que hacía por simple necesidad y sin abusar de ello. Observaba a los ojos con afecto a Calassanç mientras este le estaba dedicando el libro. Cuando el escritor terminó y se lo devolvió, Mary lo leyó enseguida.

—Oh gracias que bonito, aunque no creo que yo gane el Nobel jamás. Muy agradecida. Lo guardaré toda mi vida.

—Por cierto, ¿cómo te enteraste de que yo escribía? ­—quiso saber Calassanç.

—Por Steve. No te enfades, le pregunté a qué te dedicabas. Si me hubiese dicho otra cosa lo hubiese ignorado pero, ¡escritor! Es una chulada escribir. Entonces busqué por internet tu nombre, no es que haya muchos nombres de pila como el tuyo, y allí salió, tu cara y tu libro, “una cuenta pendiente”. Lo he comprado esta mañana y he leído 25 páginas. Está bien escrito y la idea es bastante original. Una cosa, el nombre del protagonista del libro es igual que el tuyo. ¿Por qué? No es algo muy habitual, ¿no?

Calassanç volvió a sonreír,

—Sencillamente porque soy yo mismo. El libro es mitad ficción y mitad realidad, tú coge como ficción o realidad la parte que prefieras.

—Entonces, la protagonista femenina de la historia, ¿Elba...?

—Realidad —se limitó a decir Calassanç.

Mary miró un rato a Calassanç sin atreverse a hacerle una pregunta, pero finalmente se la hizo.

—Entonces, ¿tú y Elba erais….?

Calassanç echó su cuerpo para atrás y reflexionó.

—No creo que llegáramos a eso.

—Grandes amigos, pues.

Calassanç ahora inclinó su cuerpo hacia delante, y con afecto le dijo:

—Realmente, no lo sé.

—Entiendo, perdona por preguntar, intentaba ser solo amable, me he equivocado, lo siento.

—No tienes nada de que disculparte.

Pasaron a hablar de otros temas menos trascendentes que derivaban hacia el porqué se encontraban ellos dos allí y ahora, cuando de pronto…

—Calassanç, tienes los ojos colorados, ¿qué te has tomado? Lo imagino.

—Nada, no he tomado nada.

Mary le cogió con ambos brazos y lo atrajo hacia sí, le besó de un modo que parecía pasional, pero era tan solo la búsqueda de una prueba.

—Tienes sabor amargo Calassanç. ¿Por qué tomas cocaína? Es la segunda vez que lo noto. ¿Qué problema te induce a ello? Tienes fama, dinero, vives en una formidable mansión, pagas por tener compañía femenina… —le dijo en la cara, pero con un hilo de voz apenas perceptible.

Calassanç no le contestó, solo miró hacia la calle.

—Anda, vámonos —le pidió Mary cogiéndole de la mano.

Ya anochecía en Edimburgo. Eran las 18:00 de la tarde, hora en la que abría las puertas la Catedral de St. Mary, y a la que en cada ocasión que debía realizar un “trabajo” Mary iba a encender una vela a su patrona pidiéndole disculpas. Calassanç la esperaba fuera fumando un cigarrillo. A los pocos minutos salió aquella jovencita pelirroja y agarrando por el brazo a Calassanç cruzaron la calle para entrar en el hotel Holiday Inn.




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