Norte

17

17.

Eran las seis y media de la mañana en Glasgow, frío moderado y llovizna persistente. Calassanç estaba profundamente dormido en aquella cama que compartieron durante la noche. Elba había bajado a la cocina a preparar una cafetera sabiendo perfectamente la predilección que sentía Calassanç por esa bebida. Pero no lo despertaría, a menos que fuesen las diez. Más tarde llamaría a Amy diciéndole que hoy iría hacia al mediodía. Ella lo entendería, claro.

Estuvo observando a Calassanç dormido durante los cinco minutos que duró aquel nuevo cigarrillo. En la posición en la que se encontraba podía ver el par de tatuajes, un corazón de espinas con una rosa y una llama eterna en el brazo izquierdo, un puñal clavado en la espalda, cerca del omóplato. Tatuajes de desamor y sufrimiento, perpetuados para no olvidar.

¿Qué harían ahora? Al menos, ¿qué haría ella? La concepción del futuro que tenía había sido modificada desde que Calassanç se presentó en su oficina pidiendo diálogo y ella aceptó. Desde que ella reclamó aquella pequeña fracción de tiempo y él se la concedió, había finalizado aquella diáspora en sus almas reencontrándose en unas coordenadas precisas, aquí, en Glasgow, en el norte de Europa.

Norte.

Es la palabra que buscan los que se han perdido. La brújula siempre lo señala, y cuando sabes dónde se encuentra es fácil determinar la dirección que buscas. Al menos ahora sabían dónde estaba el suyo, su Norte, el personal. Y, así pues, la elección de seguir el camino que creerían adecuado era solo suyo.

Calassanç abrió los ojos, se giró y vio a Elba que lo observaba.

—¿Qué hora es?— preguntó Calassanç

—En este país es la hora en que la gente de bien hace rato que se ha levantado, duchado y almorzado, que van al trabajo o a la escuela. Menos gente bohemia o perezosa, como tú, que están aún en la cama. Son las 7:00. Ahora te subo un café; luego te duchas y bajamos a almorzar. Es mi casa y las normas las pongo yo, ¿entendido? —dijo Elba, guiñándole el ojo y dándole una palmadita en su trasero.

Cuando Elba subió con el café, Calassanç se había puesto ya los boxers negros y miraba por la ventana. Al ver a Elba volvió a sentarse en la cama, junto a ella.

Abrió la boca para decir alguna cosa, pero desistió y tomó un sorbo de café.

—¿Cómo me encontraste aquí en Glasgow? Me refiero, mi dirección.

Calassanç se lo explicó, pero omitiendo algunos detalles como que aquel par de conocidos suyos también podían proporcionar alguna chica universitaria o algún tipo de droga.

—Conozco a un chico, familiar de quien me vendió la casa, que a su vez es amigo de un ex policía con un pasado algo turbio. Este tiene alguna placa del cuerpo, robada, creo. Se presentó en el hotel como auténtico policía, a las tres de la noche, y preguntó por la dirección de los que se alojaban en la 174, una tal Elba, buscada por la Interpol para un seguimiento. El conserje colaboró de inmediato, como buen ciudadano. Diste la de la oficina, no la de tu casa.

—Igual que una película de espionaje —se maravilló Elba.

—Pues sí, igual.

Elba se levantó y se dirigió hacia la ventana, y desde allí de espaldas a Calassanç, le habló:

—Calassanç, lo de anoche fue maravilloso, ¿no crees? Yo pensaba, estaba segura, que cumpliendo con el simbolismo que hemos bautizado como “19 minutos” todo quedaría saldado. Ahora estoy confusa, dudo. Por una parte he podido apagar el odio que sentía hacia ti, pero, por otra parte, me da la impresión de que he encendido una hoguera en un lugar donde tenía prohibido hacer fuego, y no lo deseo. Debes ayudarme a controlarlo, que no se extienda, que quede en una simple brasa incandescente, que quede en amistad —Elba se giró—. No te quedes callado, por favor, dime algo…

Cuando Elba se dio la vuelta creyendo que Calassanç estaría en la cama sentado, se lo encontró a un palmo de su cuerpo.

—Que vengas este fin de semana a mi casa. Tendremos un par de días para charlar y reflexionar sobre nosotros, de qué nos pasó, qué nos sucede. Te prometo que no habrá sexo —dijo finalmente Calassanç para rebajar la seriedad de aquella conversación.

Elba también agradeció que se desviara aquella conversación, ya tendría tiempo para que regresara a su mente.

—Pues mejor si no lo hay porque este fin de semana regresan mis pequeños óvulos de vacaciones. Anda, vamos a almorzar.

Almorzaron en medio de una conversación trivial, tocaron diversos temas y variadas preguntas, pero ninguna de ellas trascendentes, del día a día de sus vidas, su trabajo… Eran ya pasadas las diez de la mañana cuando finalmente Elba le dijo que debía de ir al trabajo.

—Soy la directora comercial, o sea, si me da la gana puedo ausentarme sin dar explicaciones, pero me gusta mi trabajo. Es curioso. El tuyo y el mío son como líneas paralelas que convergen en un punto en concreto: tú escribes y yo publico. Pero lo mío son libros de ediciones limitadas, muy temáticos, como dice el nombre de la empresa, “Rare Books”, libros raros. Pero bueno, el negocio marcha bien, hay gente para todo. El otro día vino un señor desde Sri Lanka para que hiciera una edición de tan solo 50 ejemplares del ciclo de la vida de un escarabajo que vive en una zona en especial de aquella isla, 25 en inglés y otros 25 en cingalés, uno de los idiomas que hablan allí. Esto funciona así.

—¿Y debes viajar mucho?

—A menudo. Vamos a las ferias realmente importantes, Londres, París, Moscú, en Europa, pero también Nueva York, Tokyo, Sidney, por poner unos ejemplos tan solo, 10 o 12 al año. Y tú, ¿cómo te va lo de escribir?

—Fatal —nuevo suspiro—. Suerte que se van vendiendo para ir tirando. El otro día me llamó mi agente para decirme que alguien está interesado en comprar el guión para hacer una película, pero está muy verde aún. Me iría de maravilla. En principio rondaría el medio millón de euros.

—Qué bien, ¿no?




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