Norte

19

19.

Elba entró feliz y sonriente, dando los buenos días a Indira. Esta se los devolvió con su particular manera hindú, poniendo las manos plegadas en su frente.

—Viene muy guapa hoy la señorita Elba —le dijo Indira.

—Gracias, pero no te voy a subir el sueldo… Aún —le contestó Elba guiñándole un ojo.

Elba se dirigió al gran despacho que compartía con Amy. Entró sin llamar, como era costumbre por ambas mujeres. Saludó.

—Buenos días, Amy. ¿Cómo va todo hoy?

—Hola —se limitó a decir aquella mujer.

—Hola. Caramba Amy, qué fría y distante estás hoy. ¿Te ocurre algo?

—Fría, tienes razón. Tuve que ser más caliente, ¿verdad?

—¿Qué te ocurre Amy? ¿De qué me estás hablando?

—Faltó poco para que el sábado nos enrolláramos tú y yo, ¿verdad? Noté tu cuerpo, tu sexo clavado en mi piel; estaba convencida que empezarías a tocarme pero esperé en vano.

Elba se sentó a su lado, suspiró, y le habló con voz tierna.

—Amy, lo siento. Porque yo esperaba lo mismo, que empezaras tú —la miró con tristeza y suspiró de nuevo—. Sí, creo que faltó poco, que era el día adecuado, porque…

—…Porque ya no se podrá tener otra ocasión como aquella, porque ha aparecido de la nada el hombre que tanto odiabas. Te lo follaste anoche, ¿verdad?

Elba se levantó y se dirigió hacia la ventana. Mirando a través de ella, encendió un cigarrillo.

—Tu silencio ya lo dice todo. Cruzas el umbral del lesbianismo a ser heterosexual en un día, pasas del odio extremo durante año y medio a follártelo en un par de horas. Creo que no tienes las ideas muy claras, Elba.

Elba se dio la vuelta y se acercó a Amy.

—No follé con él, hicimos el amor. Es muy diferente, Amy, muy diferente. Y creo que tú también tienes que saber la diferencia que hay entre una y la otra.

Amy no contestó. Simplemente abrió un cajón de su mesa y sacó un fax.

—Esta mañana me ha llegado, desde Boston. Me ofrecen el puesto de directora, la que había se ha jubilado. El sueldo sería similar, pero voy a aceptar.

—Amy, siento si estás disgustada por unas expectativas que tenías hacia mi persona. Las cosas son como son. Reconozco que la vida no es justa a veces con personas que son buenas, como tú. La decisión de ir debe ser solo tuya, Amy, pero esta es tu tierra, allí no conoces a nadie…

—¿Y tú? ¿Conocías a alguien en Escocia?

—No, a nadie. Pero conocí a una gran persona. A ti.

Amy se levantó y salió del despacho.

Sin decir nada.

Elba se sentó en su sillón, negando con la cabeza.

Cogió el teléfono y marcó un número.




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