Norte

22

22.

Aquella noche escribió mucho más relajado, sin aquella prisa del primer día. Había variado su rutina y en vez de café se estaba tomando un té con limón. Al segundo sorbo sonó su móvil.

—Calassanç, ¿qué haces?

—Hola Elba, no esperaba que llamases. Escribiendo. ¿Y tú?

—Pensarás que soy una pesada pero Calassanç, esto es inaguantable. La faena, me refiero. Amy esta de un borde conmigo… Hace las cosas mal adrede, dice tonterías, pasa de todo. Yo no sé qué hacer ya. Estoy muy nerviosa, créeme, por eso te llamo. Necesitaba hablar con alguien.

—Tranquila mujer, mañana ya estamos a jueves. Vendrás el viernes, ¿no? Entonces hablaremos de ese tema. El aire de la isla te sentará bien, te vas a relajar y tal vez veas que los problemas tienen soluciones, ¿de acuerdo?

—De acuerdo. Ya ves lo fácil que soy, de tranquilizarme me refiero. Unas palabras y ya me siento mucho mejor. Sí, vendré el viernes, en mi coche, desde Glasgow hasta la isla de Skye. Cruzaré por el puente. No he estado jamás allí, pero bueno, ya lo encontraré, seguro.

—Claro. Yo te esperaré en Portree. Ya quedaremos en un lugar en concreto, ¿correcto?

—Correcto. Hasta el viernes pues. Un beso.

—Otro para ti. Adiós Elba.

Volvió a su tarea, pero en su mente se le cruzaron las palabras del padre Campbell. Treinta mil monedas de oro y plata, de la que sus herederos solo encontraron dos mil. Unas veintiocho mil desaparecidas sin salir Alistair de aquella casa. Eso no se lo puede creer nadie. Que en el mundo existen tesoros escondidos, de eso no hay la menor duda. Hacía pocos años se encontró en Staffordshire el mayor tesoro encontrado jamás en este país, 1500 piezas de oro de la época de los anglosajones, del siglo VI o VII. ¿Su valor? Incalculable. Solo decir que los aficionados que lo encontraron recibieron de recompensa más de 3 millones de libras esterlinas.

Y con total seguridad que en el mundo quedan como estos, perdidos en cualquier sitio inimaginable, tal vez bajo nuestros pies mismos, pero hallazgos como este suceden uno cada 50 años.

Se levantó y se dirigió hacia la biblioteca de la casa. Fue el despacho de Alistair y su refugio personal cuando deseaba estar solo, y también donde guardaba su caja de caudales. Si algo debía reconocer Calassanç en aquella gente del país era una honradez inimaginable, fuera de aquellas fronteras en ciertos aspectos. Por ejemplo, en aquella casa, aparte de las tres generaciones de la familia que allí vivió, pasaron varias familias más, pero ninguna, absolutamente ninguna, tocó ni se llevó a su marcha ningún objeto ni mueble de allí. Todo lo que Calassanç estaba observando era original de la casa, y eso ciertamente debía reconocer y agradecer, lo que también le obligaba, en el supuesto de que algún día marchara de allí, a hacer lo mismo.

La biblioteca-despacho no era de grandes dimensiones, pero sí amplia y acogedora, con una única ventana con rejas gruesas que daba al hoy inexistente faro. En una de las cuatro paredes estaban las estanterías repletas de libros, todos ellos de aquella época, así como también dietarios personales de la familia, que por ignorados motivos no quisieron llevarse de allí. En frente de aquella librería estaba la mesa del despacho de Alistair, de madera de caoba, recia como su carácter, y en la última de las cuatro paredes había un fuego con su chimenea. Al lado izquierdo de esta, un gran cuadro de Alistair, ya de mayor, vestido tradicionalmente de escocés. El cuadro disponía de un resorte que, accionándolo, se podía separar unos grados de la pared, los suficientes para poder ver la caja de caudales de un metro y medio de altura. Disponía de tres cerraduras, hoy no operativas. Calassanç la abrió. Dentro de la caja había todo tipo de departamentos para guardar las cosas de valor, pero el secreto no estaba allí a la vista. A ras de suelo, a la izquierda, había otro resorte, y accionando este, el suelo del interior de la caja de caudales quedaba desbloqueado y se podía levantar. Así lo hizo Calassanç, y tras bajar unos escalones accedió al lugar más escondido de aquella mansión, la cámara del tesoro. Encendió la luz. En ese momento, por supuesto, estaba completamente vacía, pero allí era donde Alistair guardaba las más de treinta mil monedas de oro y plata, en su mayoría del primero de los metales. Eran Guineas de la época. Si en aquel tiempo ya era una fortuna hoy, más de 200 años después, aquellas monedas aumentaría de valor considerablemente. Los hijos de Alistair apenas encontraron un puñado. ¿Qué hizo su padre con ellas?

De lo que estaba convencido Calassanç era de que allí, en aquella casa, no estaban. En dos siglos de búsqueda alguien ya las habría encontrado, e incluso así pudo suceder y guardar silencio quien las encontrara.

Volvió a subir y regresó a su ordenador para continuar escribiendo.




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