Muy incómodo.
Valeria estaba sentada junto a la ventana del avión mientras Adrián ocupaba el asiento de al lado.
Ninguno sabía qué decir.
Después de todo, se habían despertado casados sin recordar cómo había ocurrido.
—Todavía me parece una locura —murmuró Valeria.
—A mí también.
—Ni siquiera sé cuál es tu color favorito.
—Azul.
—Ah.
—¿Y el tuyo?
—Morado.
—Bien.
—Bien.
Volvió el silencio.
Camila y Diego, sentados detrás de ellos, observaban la escena con diversión.
—Parecen dos extraños en una primera cita.
—Porque técnicamente lo son —susurró Diego.
Horas después, el avión aterrizó.
Un automóvil negro los esperaba.
—¿Es necesario tanto drama? —preguntó Valeria.
—Mi padre cree que sí.
El trayecto hasta la residencia Vega fue corto.
Pero cuando las enormes puertas de hierro se abrieron, Valeria comprendió por qué Adrián había estado tan nervioso.
La mansión era gigantesca.
Parecía salida de una película.
—¿Tu familia vive aquí?
—Sí.
—¿Todos?
—No. Solo mi padre y yo.
—¿Solo ustedes dos?
—Lo sé. Es ridículamente grande.
Valeria tragó saliva.
Al entrar, varios empleados los saludaron.
Entonces apareció él.
Leonardo Vega.
Alto.
Elegante.
Imponente.
Su mirada era tan seria que parecía capaz de congelar una habitación entera.
Valeria entendió inmediatamente por qué Adrián estaba preocupado.
Leonardo observó a su hijo.
Luego observó a Valeria.
Y volvió a observar a su hijo.
—Así que ustedes son los responsables del escándalo nacional.
—Hola, papá.
—No me saludes como si nada hubiera pasado.
Adrián suspiró.
—Lo imaginaba.
Leonardo caminó lentamente alrededor de ambos.
Valeria sentía que estaba siendo examinada.
Finalmente el hombre se detuvo frente a ella.
—Valeria Torres.
—Sí, señor.
—¿A qué te dedicas?
—Estoy estudiando diseño de moda.
—Entiendo.
La tensión era insoportable.
Pero para sorpresa de todos, Leonardo no gritó.
No se enfureció.
Simplemente cruzó los brazos.
—Tengo una propuesta.
Adrián abrió los ojos.
—Eso nunca es bueno.
—Guarda silencio.
Leonardo volvió a mirar a Valeria.
—El daño ya está hecho. Todo el país sabe que están casados.
—Sí...
—Así que actuarán como un matrimonio real.
—¿Qué?
—¿Qué? —repitió Adrián.
—Durante un tiempo.
—Papá, eso es absurdo.
—Lo absurdo fue casarte en Las Vegas.
Valeria tuvo que admitir que tenía un punto.
Leonardo continuó:
—Los medios están observando cada movimiento de esta familia. Si aparecen rumores de separación ahora mismo, el escándalo será aún peor.
—Entonces quieres que finjamos.
—Exactamente.
Adrián y Valeria intercambiaron una mirada.
Nada de aquello estaba saliendo como habían planeado.
Aunque, siendo honestos, nunca habían tenido un plan.
En ese momento una empleada apareció.
—Señor Vega.
—¿Qué sucede?
—Hay periodistas afuera.
Todos se quedaron inmóviles.
—¿Cómo que periodistas? —preguntó Adrián.
—Muchos periodistas.
Leonardo suspiró.
—Más rápido de lo que esperaba.
Valeria se acercó a una ventana.
Y casi se atragantó.
Había cámaras.
Micrófonos.
Reporteros.
Vehículos de prensa.
Todos intentando conseguir una fotografía de la misteriosa esposa de Adrián Vega.
—Esto es una pesadilla.
—Bienvenida a mi vida —respondió Adrián.
Sin darse cuenta, ambos comenzaron a reír.
Por primera vez desde Las Vegas.
Y por primera vez también, Leonardo notó algo inesperado.
Tal vez aquellos dos desconocidos...
No parecían tan incómodos juntos como antes.
Mientras tanto, afuera de la mansión, una mujer observaba las noticias desde el interior de un automóvil.
Sus uñas golpeaban el volante con impaciencia.
En la pantalla aparecía la imagen de Adrián junto a Valeria.
La mujer apretó los dientes.
—No pienso perderlo tan fácilmente.
Sus ojos brillaron con determinación.
Era Renata Beltrán.
Y acababa de declarar la guerra.