Nos casamos en la Vegas y no me acuerdo

Capítulo 5: La primera noche como “Vega”

Las puertas de la mansión se cerraron detrás de ellos con un sonido seco.

El silencio que siguió fue casi incómodo.

Valeria aún sentía el eco de los flashes en los ojos, como si las cámaras hubieran quedado pegadas a su piel.

Adrián soltó su mano lentamente.

—Lo hiciste bien —dijo él.

—No sé si eso fue “bien” o “sobreviví” —respondió ella, exhalando.

Leonardo Vega ya no estaba en la entrada. Solo quedaban los empleados observándolos con discreción, como si cada movimiento fuera parte de un protocolo.

Un mayordomo se acercó.

—Sus habitaciones están preparadas.

Valeria levantó la mirada de inmediato.

—¿Habitaciones?

Adrián también se giró.

—¿Separadas, verdad?

El mayordomo dudó una fracción de segundo.

—El señor Vega no dio instrucciones claras sobre eso.

Silencio.

Valeria lo miró lentamente.

—Dime que tienes una habitación para mí.

Adrián se rascó la nuca.

—Creo… que eso depende de mi padre.

Ella cerró los ojos.

—Perfecto. Estoy atrapada en una familia de controladores.

El mayordomo tosió suavemente.

—Puedo guiarlos.

Caminando por los pasillos interminables, la mansión parecía aún más grande de cerca. Pinturas antiguas, lámparas doradas, puertas que parecían esconder secretos.

Valeria no dejaba de mirar todo con desconfianza.

—Esto parece un museo caro —susurró.

—Lo es —respondió Adrián— solo que aquí nadie puede tocar nada.

—Excepto los problemas.

Adrián soltó una pequeña risa.

Por primera vez, la tensión entre ellos no era tan pesada.

Al llegar al segundo piso, el mayordomo se detuvo.

—Señor Vega… esta es su habitación.

Luego señaló la puerta de enfrente.

—Y esta es la de la señora Vega.

Valeria parpadeó.

—¿Enfrente?

—Sí, señora.

Adrián la miró con sorpresa.

—Mi padre realmente planeó esto.

Valeria cruzó los brazos.

—Genial. Ni siquiera estamos casados de verdad y ya estamos vigilados.

El mayordomo se retiró.

El pasillo quedó en silencio.

Adrián abrió su puerta, luego miró a Valeria.

—Oye…

—¿Qué?

—Sobre todo esto… lo siento.

Valeria lo observó un momento.

No parecía arrogante ahora. Solo cansado.

—No es tu culpa —dijo ella al fin— bueno… tal vez un poco, pero no toda.

—Acepto el “un poco”.

Ambos se quedaron en silencio otra vez.

Pero no era un silencio incómodo esta vez.

Era extraño.

Casi… tranquilo.

Valeria abrió la puerta de su habitación.

—Buenas noches, esposo accidental.

Adrián se apoyó en el marco de su puerta.

—Buenas noches, esposa accidental.

Las puertas se cerraron.

Pero no pasó mucho tiempo antes de que Valeria escuchara un golpe suave.

Toc, toc.

Abrió.

Adrián estaba ahí.

—No puedo dormir —admitió.

Valeria suspiró.

—Yo tampoco.

—¿Te molesta si… hablamos un poco?

Ella lo miró unos segundos.

Luego abrió la puerta un poco más.

—Cinco minutos.

Adrián sonrió.

Entró.

Se sentaron en el borde de la cama, sin saber exactamente qué hacer con el silencio.

—No recuerdo nada de esa noche —dijo Valeria.

—Yo tampoco —respondió él— pero… no parece que haya sido mala.

Valeria levantó una ceja.

—Eso no ayuda.

Adrián rió suavemente.

Y entonces, por primera vez, ambos bajaron la guardia.

En algún lugar de la ciudad, una pantalla mostraba la noticia una y otra vez.

“LA NUEVA SEÑORA VEGA”

Y mientras las luces de la mansión seguían encendidas…

Alguien observaba desde lejos.

Renata Beltrán marcaba un número.

—Quiero que investiguen todo sobre ella.

Pausa.

—Todo.

La guerra apenas comenzaba.




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