Adrián seguía sosteniendo la carta.
—Esto no tiene sentido.
—¿Cómo sabe esa frase? —preguntó Camila.
—Ni siquiera yo la recordaba hasta hace poco —susurró Valeria.
Diego observó por la ventana.
—No me gusta nada esto.
Adrián dobló cuidadosamente la carta.
—Tenemos que mostrársela a mi padre.
Todos estuvieron de acuerdo.
Regresaron a la mansión Vega antes del anochecer.
Leonardo los esperaba en su despacho.
Al ver la carta, su expresión cambió inmediatamente.
—¿Dónde consiguieron esto?
—Alguien la dejó en nuestra mesa.
Leonardo leyó el mensaje varias veces.
Luego cerró los ojos.
—Es él.
—¿Mauricio? —preguntó Adrián.
—Sí.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Por qué está haciendo esto?
Leonardo tardó varios segundos en responder.
—Porque siempre le gustaron los juegos.
—¿Juegos?
—Manipular personas. Crear problemas. Mover piezas sin que nadie se diera cuenta.
Camila cruzó los brazos.
—Suena horrible.
—Lo era.
Entonces un empleado entró apresuradamente.
—Señor Vega.
—¿Qué ocurre?
—Hay una llamada para la señorita Valeria.
Todos se quedaron inmóviles.
—¿Para mí?
—Sí.
—¿Quién es?
—No quiso decirlo.
Valeria intercambió una mirada con Adrián.
—No contestes —dijo Diego.
—Podría ser peligroso.
Pero algo dentro de ella le decía que debía hacerlo.
Tomó el teléfono.
—¿Hola?
Al principio solo escuchó estática.
Luego una voz masculina.
Tranquila.
Profunda.
Desconocida.
—Hola, Valeria.
La joven sintió que se le helaba la sangre.
—¿Quién habla?
La voz soltó una pequeña risa.
—Llevamos mucho tiempo sin vernos.
—¿Quién eres?
—Alguien que hizo una promesa hace años.
Valeria abrió los ojos.
—¿Qué?
—¿Recuerdas el árbol?
La llamada terminó.
De golpe.
Sin despedida.
Sin explicación.
Valeria permaneció inmóvil.
El teléfono casi se le resbaló de las manos.
—¿Qué dijo? —preguntó Adrián.
Ella tardó varios segundos en responder.
—Mencionó el árbol.
El despacho quedó en silencio.
Leonardo se puso de pie inmediatamente.
—Esto ya fue demasiado lejos.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Adrián.
Leonardo caminó hasta una caja fuerte oculta detrás de una pintura.
La abrió.
Y sacó un viejo cuaderno.
—Si Mauricio quiere jugar, entonces conocerán toda la verdad.
Valeria observó el cuaderno.
Parecía antiguo.
Muy antiguo.
—¿Qué es eso?
—El diario de tu padre.
La respiración de Valeria se detuvo.
—¿Mi padre?
Leonardo asintió.
—Lo guardé durante años.
Adrián se acercó.
—¿Y qué contiene?
Leonardo abrió lentamente la primera página.
Había fotografías.
Notas.
Fechas.
Y nombres.
Muchos nombres.
Pero uno aparecía más veces que cualquier otro.
Mauricio Serrano.
Valeria sintió que el corazón le latía con fuerza.
Porque tenía la sensación de que, dentro de aquellas páginas, estaba escondida la respuesta a todo.
A la promesa.
Al accidente.
Y quizá incluso a la razón por la que ella y Adrián terminaron casados en Las Vegas.
Mientras tanto, en algún lugar de la ciudad, un hombre observaba una fotografía antigua.
En ella aparecían dos niños jugando bajo un árbol.
El hombre sonrió con nostalgia.
Y murmuró:
—Todavía no recuerdan lo más importante.
Guardó la fotografía en un cajón.
Y apagó la luz.
La verdad estaba cada vez más cerca.