Nos casamos en la Vegas y no me acuerdo

Capítulo 23: El rostro imposible

El silencio dentro de la casa era insoportable.

Valeria no podía moverse.

La figura frente a ella seguía saliendo de la oscuridad, paso a paso.

Cada segundo hacía más real lo imposible.

—No… —susurró ella— eso no puede ser…

La luz tenue reveló el rostro por completo.

Valeria sintió que el mundo se rompía.

Porque lo conocía.

Era alguien que había visto en fotos antiguas del diario.

Alguien que había estado en la vida de sus padres.

Alguien ligado al pasado.

Y que oficialmente no debía estar allí.

—Hola, Valeria —dijo la voz.

Esa misma voz.

La del recuerdo del árbol.

La del teléfono.

La de la cabaña.

Valeria retrocedió.

—¿Quién eres… realmente?

La figura sonrió apenas.

—Ya deberías saberlo.

Un paso más.

La luz del pasillo lo iluminó por completo.

Adrián, afuera, golpeaba la barrera metálica.

—¡VALERIA! ¡RESPONDE!

Pero ella no lo escuchaba.

Todo su mundo estaba dentro de esa habitación.

—No soy un fantasma —dijo el hombre—. Ni una coincidencia.

Valeria tragó saliva.

—Entonces… ¿qué eres?

El hombre la miró con una calma inquietante.

—Soy la parte del pasado que nunca debieron encontrar.

En ese instante, el collar en el bolso de Valeria comenzó a vibrar.

No fuerte.

Pero constante.

Como si reaccionara a su presencia.

El hombre lo notó.

—Ah… ahí está.

Valeria se tocó el bolso instintivamente.

—No te acerques.

El hombre negó suavemente.

—No vine a hacerte daño.

Valeria soltó una risa nerviosa.

—Eso no tranquiliza a nadie.

Silencio.

Luego él añadió:

—Tu abuelo confió en mí una vez.

Valeria se quedó quieta.

—¿Tú… lo conocías?

—Más de lo que imaginas.

De pronto, un sonido metálico resonó desde afuera.

¡CLANG!

Adrián seguía intentando entrar.

Y Mauricio, del otro lado, gritaba:

—¡SAL DE AHÍ! ¡NO ES SEGURO!

El hombre dentro de la casa miró hacia la puerta cerrada.

—Veo que tienes compañía peligrosa.

Valeria frunció el ceño.

—¿Quién eres?

Esta vez, el hombre suspiró.

Y respondió.

—Mi nombre es Samuel Ortega.

El nombre cayó como un golpe.

Valeria lo reconoció de inmediato.

—Tú estabas en las fotos…

Samuel asintió.

—Y también en los documentos.

Valeria sintió un escalofrío.

—Pero tú… desapareciste.

Samuel la observó en silencio.

—No desaparecí.

Hizo una pausa.

—Me escondieron.

Afuera, Adrián gritó con desesperación:

—¡VALERIA, SAL DE AHÍ!

Pero la puerta seguía cerrada.

Y la casa, como si estuviera viva, había comenzado a responder.

Las luces parpadearon.

Las paredes crujieron.

Y Samuel dio un paso hacia Valeria.

—Llegó el momento de decirte la verdad completa.

Valeria apretó el collar en su mano.

—¿Qué verdad?

Samuel la miró fijamente.

—La razón real por la que tu abuelo ocultó todo.

—Y la razón por la que Mauricio nunca dejó de buscarte.

Silencio.

Luego añadió:

—Porque tú no eres solo una pieza del pasado.

Eres la clave final.

Y en ese instante, todas las puertas de la casa se cerraron al mismo tiempo.

CLANG.

Valeria quedó atrapada.

Y afuera, Adrián golpeó con más fuerza.

—¡NO LA TOQUES!

Pero ya era tarde.

Porque la verdad ya había comenzado a abrirse.

Continuará…




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