—Lo sentimos, señorita Ferrer. Si no paga la deuda antes de un mes, perderá la empresa de su padre.
Aquellas palabras no dejaban de resonar en su cabeza.
—No dejaré que todo su esfuerzo desaparezca... —susurró con los ojos llenos de determinación.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, Adrián Montenegro, el CEO más joven del Grupo Montenegro, escuchaba al abogado de su familia.
—Señor Montenegro, el testamento de su abuelo es muy claro.
Adrián frunció el ceño.
—No pienso casarme.
—Si no lo hace antes de cumplir treinta años, perderá toda la herencia y el control de la empresa.
Adrián golpeó la mesa.
—¡Esto es ridículo!
El abogado mantuvo la calma.
—Solo debe permanecer casado durante un año.
Dos días después.
El prestigioso abogado Gabriel Ríos organizó una reunión privada entre ambos.
Alessandra llegó primero.
—¿De verdad esta es la única solución?
—Sí. Usted recibirá el dinero suficiente para salvar su empresa.
La puerta se abrió.
Entró Adrián.
Al verla, ambos se quedaron inmóviles.
Era la misma mujer con la que había discutido unos días antes por un accidente en el estacionamiento.
—¡¿Tú?! —dijeron al mismo tiempo.
—Ni loco me caso con ella —respondió Adrián.
—Créame, el sentimiento es mutuo.
Gabriel sonrió.
—Precisamente por eso funcionará.
Los dos lo miraron confundidos.
—Un matrimonio falso. Nadie puede descubrir el contrato. Vivirán juntos durante un año y, cuando termine el plazo, cada uno seguirá con su vida.
Hubo un largo silencio.
Alessandra pensó en la empresa de su padre.
Adrián pensó en el legado de su abuelo.
Finalmente...
—Acepto —dijo Alessandra.
Un segundo después...
—Yo también.
Sin darse cuenta, acababan de firmar el acuerdo que cambiaría sus vidas para siempre.
Editado: 02.07.2026