La música terminó entre aplausos.
Adrián y Alessandra se separaron lentamente, sin notar que seguían tomados de la mano.
—Fue un buen baile —dijo él.
—No estuvo tan mal... gracias.
En ese momento, un hombre alto y elegante se acercó con una gran sonrisa.
—¡Alessandra!
Ella abrió los ojos con sorpresa.
—¡Diego!
Sin pensarlo, lo abrazó.
Adrián observó la escena en silencio.
—Hace años que no te veía —dijo Diego.
—Desde la universidad.
Diego era un reconocido ingeniero y antiguo compañero de Alessandra. Siempre había estado enamorado de ella, aunque nunca se atrevió a confesarlo.
—¿Así que tú eres el famoso esposo? —preguntó Diego mirando a Adrián.
—Adrián Montenegro.
Los dos estrecharon la mano, pero ninguno sonrió.
—Cuida mucho de Alessandra. Es una mujer increíble.
Adrián respondió con una sonrisa apenas visible.
—No te preocupes. Lo hago todos los días.
Durante el resto de la noche, Diego no dejó de conversar con Alessandra.
Recordaban anécdotas de la universidad y reían sin parar.
Desde el otro extremo del salón, Adrián los observaba.
Daniel se acercó con una copa.
—¿Qué haces?
—Nada.
—Llevas diez minutos mirando hacia el mismo lugar.
—Solo vigilo.
Daniel soltó una carcajada.
—Eso tiene otro nombre.
—¿Cuál?
—Celos.
Adrián casi se atragantó con su bebida.
—¿Celos? Ni siquiera es un matrimonio de verdad.
—Entonces deja de mirar como si quisieras sacar a ese hombre del salón.
Adrián guardó silencio.
Por primera vez, no supo qué responder.
Cuando la gala terminó, Alessandra y Adrián regresaron juntos a la mansión.
El viaje en automóvil fue completamente silencioso.
Al bajar, Alessandra lo miró.
—¿Te pasa algo?
—No.
—Llevas callado desde que apareció Diego.
Adrián respiró hondo.
—Solo creo que se tomó demasiadas confianzas contigo.
Ella cruzó los brazos.
—Es mi amigo desde hace años.
—Pues parece que quiere ser algo más que tu amigo.
Alessandra sonrió divertida.
—¿Estás... celoso?
Adrián respondió de inmediato.
—Claro que no.
Ella comenzó a reír.
—Qué alivio... por un momento pensé que el gran Adrián Montenegro estaba enamorándose de su esposa falsa.
Él se quedó inmóvil.
No respondió.
Porque, por primera vez desde que firmó el contrato, esa posibilidad ya no le parecía tan imposible.
Mientras tanto, desde un automóvil estacionado frente a la mansión, Victoria observaba la escena con una expresión fría.
—Si Adrián está empezando a enamorarse... tendré que acelerar mi plan.
Con una sonrisa llena de malicia, tomó su teléfono y marcó un número.
—Es hora de destruir ese matrimonio... antes de que deje de ser una mentira.
Editado: 08.07.2026