Nos vemos en 30 lunas

Prólogo

De vuelta en el hospital, el aire se sentía denso y mi mente era un torbellino de pensamientos. Denayt estaba a punto de entrar a quirófano, y la idea de perderla me consumía por dentro. Caminé hacia la máquina expendedora, buscando café como un intento desesperado de mantenerme ocupado.

Mientras llenaba los vasos, giré y choqué con alguien. Era una mujer mayor, de cabellos rubios y ojos azules, como un cielo de invierno. Su presencia era extraña, como si no encajara del todo en este mundo.

—Lo siento mucho —murmuró con voz cálida, casi melódica.

—No, fue mi culpa —respondí rápidamente, inclinándome para limpiar el café derramado.

Mientras limpiaba, la frustración me envolvía. Entre el suelo mojado y los pensamientos en Denayt, sentí que estaba a punto de colapsar.

—¿Estás bien? —preguntó la anciana, mirándome como si pudiera ver cada rincón de mi alma.

Sin pensarlo, las palabras brotaron de mí como un torrente. Le hablé de Denayt, de su estado crítico, de mi impotencia para ayudarla. Ella escuchó en silencio, como si cada palabra ya le fuera familiar.

Cuando terminé, asintió lentamente, como si supiera algo que yo desconocía.

—Hay algo que podrías hacer —susurró.

—¿Qué? —pregunté, con una mezcla de esperanza y escepticismo.

—Viajar al pasado —explicó con serenidad inquietante—. Al siglo XIX encontrarás al amor de tu vida. Solo él podrá salvarla.

La incredulidad me golpeó como un balde de agua fría.

—¿El amor de mi vida? —repetí, confundido y molesto—. El amor de mi vida está aquí, en ese quirófano. Es Denayt.

—Lo sé —respondió sin perder la calma—. Pero para salvarla, debes conectarte con tu otra vida.

Entonces, me tendió un pequeño frasco con un líquido translúcido.

—Si decides intentarlo, bebe esto. Pero recuerda, no siempre tendrás oportunidades como esta. Solo tienes treinta lunas para cumplir con lo necesario.

Antes de que pudiera decir algo más, la anciana sonrió y se marchó. Me quedé allí, inmóvil, con el frasco en la mano, mientras sus palabras resonaban en mi cabeza: “treinta lunas”.

Regresé al pasillo, donde las enfermeras corrían hacia la habitación de Denayt. Algo estaba mal. Corrí tras ellas, pero antes de llegar, la doctora Emmelyn salió apresuradamente.

—Debemos empezar la operación ahora —indicó con seriedad.

Intenté seguirlas, pero alguien me detuvo. Mi madre insistió en que descansara, pero yo solo podía caminar de un lado a otro.

Finalmente, saqué el frasco de mi bolsillo. ¿Era esto real? ¿Podría salvar a Denayt con algo tan absurdo?

Sin pensarlo más, abrí el frasco y bebí su contenido. Un zumbido llenó mis oídos. El mundo giró, y caí al suelo, murmurando:

Kirsche

Antes de perder el conocimiento, vi unos zapatos acercándose. Luego, la oscuridad me envolvió.




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