Gayl Kayser
El campus de la universidad en Luxemburgo era un lugar lleno de contrastes. La arquitectura antigua se entrelazaba con estructuras modernas, como si el tiempo se resistiera a avanzar del todo. Sus pasillos invitaban a perderse, tanto físicamente como en los propios pensamientos.
A mi alrededor, los estudiantes reían, charlaban sobre proyectos, fiestas o trivialidades. Y, sin embargo, yo me sentía ajeno a todo. Como si caminara entre sombras que no me tocaban. Una isla, rodeada de ruido y movimiento.
La graduación se acercaba, y con ella, una inquietud creciente. Había pasado cuatro años allí: estudiando, creciendo, haciendo amigos… y compartiendo mi vida con Denayt. A pesar de todo lo vivido, la duda persistía: ¿Qué vendría después? ¿Estábamos construyendo algo real, o solo sosteniendo un sueño que estaba por desvanecerse?
Denayt era mi centro. La única capaz de calmar mis tormentas con una simple mirada. Sus ojos, celestes como un cielo despejado, parecían contener una claridad que yo aún no alcanzaba. Su cabello cobrizo atrapaba la luz como si fuera fuego en movimiento, y siempre lucía perfecto, sin esfuerzo aparente. Su fe, aunque silenciosa, se filtraba en todo lo que hacía. No predicaba; simplemente vivía con convicción. Y eso, para mí, valía más que mil sermones.
Nos conocimos en el primer semestre, en la carrera de Biología Marina. Éramos opuestos: ella, meticulosa y enfocada; yo, distraído, algo impulsivo. Pero fue precisamente esa diferencia lo que nos unió. Nos complementábamos. Lo que a uno le faltaba, el otro lo tenía. Nuestra relación creció con el tiempo, pasando de una amistad firme a algo más profundo, más íntimo.
Aquella tarde, el sol descendía lentamente sobre el campus, tiñendo el cielo de tonos dorados y anaranjados. Caminamos hasta uno de los jardines que solíamos visitar. Estaba casi desierto: solo algunas parejas en el césped y unos cuantos estudiantes cruzando entre los árboles.
El aire conservaba el calor del día, pero con un frescor que anunciaba el cambio de estación. Denayt se acomodó entre mis piernas, con la cabeza recostada en mi muslo. Cerró los ojos y dejó que sus manos descansaran tranquilas sobre su abdomen. El sol jugaba con su rostro, creando un patrón suave de luz y sombra que la hacía aún más hermosa.
La conversación sobre el futuro se había vuelto frecuente. Estábamos comprometidos, sí, pero no teníamos una fecha. Ambos sabíamos que queríamos casarnos, aunque cada paso hacia ese futuro parecía envuelto en neblina. Ella, con sus 25 años, se sentía lista. Yo, a pesar de tener la misma edad, aún dudaba de mi camino.
Mirándola ahí, tan serena, sentí cómo la ansiedad volvía a instalarse. La vida universitaria estaba por terminar, y con ella, toda nuestra rutina. El vértigo de lo desconocido me apretaba el pecho.
—¿En qué piensas? —preguntó de pronto, sin abrir los ojos, con ese tono que más que sonar, acariciaba.
No respondí de inmediato. Negué levemente, aunque sabía que no bastaría para engañarla.
—Solo… la graduación —logré decir, con una voz que traicionó mi inseguridad.
Ella giró ligeramente el rostro hacia mí, apoyándolo en mi pierna. Sus ojos me buscaron, sin reproches. Era como si me leyera sin esfuerzo.
—Es un gran cambio. Es normal sentirse así —susurró, sin apresurarme, como quien deja espacio para respirar.
Me quedé en silencio, observando el cielo. Las nubes se estiraban como pinceladas, irreales. Sentía que el mundo se volvía más incierto a cada minuto.
—No sé si estoy preparado para lo que viene. Todo parece tan incierto… y me asusta que nada vuelva a ser igual. —Las palabras escaparon solas, cargadas de una ansiedad que no podía seguir ocultando.
Ella mantuvo la mirada, serena, como si supiera que necesitaba sacarlo todo.
—No tienes que tenerlo todo resuelto —declaró, pronunciando mi nombre completo con una firmeza dulce que me ancló al presente—. Nadie lo tiene. Lo importante es cómo elegimos caminar con esas dudas.
Su mano encontró la mía, entrelazando nuestros dedos con una calidez que me sostuvo.
—¿Y si no estamos listos? ¿Y si fallamos? —Me atreví a decir lo que más me atormentaba.
—Mi abuela decía que el miedo no se elimina. Se enfrenta —recordó, con una sonrisa leve—. No se trata de no tener miedo, sino de avanzar con él.
Sus palabras cayeron como bálsamo. Con ella, incluso el vértigo parecía menos profundo.
Nos quedamos así, sin decir más. El viento jugaba con su cabello, y la paz del momento lo envolvía todo. Se acomodó otra vez en mis piernas, cerrando los ojos, como si el mundo pudiera detenerse un instante más.
—¿Sabes qué? —murmuré, con la vista puesta en el cielo teñido de rojo—. Luxemburgo tiene los atardeceres más bellos que he visto. Pero hoy… hoy se lleva el premio.
Ella sonrió, sin moverse.
—¿Más que los de mi pueblo? —replicó con picardía, sin abrir los ojos.
—Hoy sí —reí suavemente, acariciando su cabello—. Este atardecer es perfecto.
El sonido de las campanas interrumpió el silencio. Ella abrió los ojos y se incorporó con lentitud. Me ofreció la mano con una sonrisa luminosa.
—Vamos, Kayser. Se nos hace tarde.
La tomé, dejando que su fuerza pasara a la mía. Caminamos juntos hacia los edificios, con el sol despidiéndose a nuestras espaldas.
Antes de llegar, susurró con una dulzura que solo ella podía lograr:
—Mientras estemos juntos, todo será lo que Dios quiera… pero jamás lo enfrentaremos solos.
Su fe iluminaba su mirada. Y en ese momento, creí en cada palabra.
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Editado: 24.02.2026