Nos vemos en 30 lunas

Capítulo 2

Gayl Kayser

El sol brillaba alto en el cielo, derramando su luz dorada sobre el paisaje que nos rodeaba. Las copas de los árboles resplandecían, y el canto de los pájaros acompañaba el murmullo del viento que acariciaba el pasto. El aire fresco del campo creaba la atmósfera perfecta para escapar de la rutina. Estábamos en el lago, mi grupo de amigos y yo, rodeados de naturaleza, de risas, de despreocupación… y del tipo de calma que solo se encuentra lejos del bullicio. A mi lado, Denayt caminaba con esa sonrisa que tenía el poder de volver cualquier día más brillante, más ligero, más real.

—Este lugar es increíble. —Sus ojos se detenían en el agua cristalina, como si intentara atrapar su calma—. ¿Cómo es que nunca me habías traído?

—He estado atrapado entre clases y tareas —respondí, encogiéndome de hombros, algo apenado—. Pero hoy decidí que era momento de desconectarnos un poco.

Nos acercamos a la orilla, donde algunos de nuestros amigos ya se lanzaban al agua sin pensarlo. Las carcajadas y los chapoteos llenaban el ambiente, disipando poco a poco la tensión que llevaba encima. La vida, por unos instantes, se sentía simple.

—¿Y tú? ¿Vas a quedarte en la orilla o te atreverás? —me retó, con una ceja arqueada y una sonrisa burlona que conocía bien.

—¿Parezco alguien que se queda al margen?

Me lancé sin pensarlo dos veces. El agua me envolvió con su frescura. Al llegar junto a ella, extendí el brazo y la empujé suavemente hacia el lago. Su grito fue breve, seguido por una risa contagiosa cuando emergió con el cabello cubriéndole el rostro, salpicando con torpeza.

—Eso no te lo perdono, Gayl Kayser.

—Tenía que hacerlo —me alejé unos metros, riendo, sabiendo que la provocación tendría consecuencias.

Y así fue. Nos sumergimos en una guerra de salpicaduras, empujones y carreras improvisadas. El lago se convirtió en nuestro escenario secreto, donde flotábamos sin preocupaciones, lejos de todo lo que parecía urgente. Nos desafiábamos con bromas, fingidas amenazas y carcajadas compartidas, como si el mundo entero se hubiera reducido al agua que nos rodeaba.

En un momento de tregua, Denayt se adelantó y me empujó con una fuerza inesperada. Caí de nuevo al agua, sorprendido, y cuando salí a la superficie, nuestros ojos se encontraron. Algo en su expresión había cambiado, algo más profundo, casi imperceptible, pero imposible de ignorar.

Nos quedamos quietos, suspendidos entre el silencio del agua y la vibración de algo nuevo. Nuestros cuerpos se acercaron como por inercia, y, sin pensarlo, nuestras bocas se rozaron. Fue un beso breve, casi temeroso, pero cargado de una intensidad contenida durante meses.

—¿Eso fue…?

Sus palabras fueron un susurro suave, casi robado por el viento. Se separó apenas unos centímetros, sin romper el momento.

Asentí, sin poder evitar una sonrisa temblorosa. —Sí… lo fue.

No dijimos más. Ya no hacía falta. El instante hablaba por nosotros. Nos dejamos llevar por la corriente leve del lago, flotando, meciendo emociones. Acaricié su hombro con suavidad, dejando que mis dedos recorrieran su piel tibia, apenas tocándola. Me incliné hacia su cuello, depositando un beso ligero justo debajo de la línea de la mandíbula. Ella no se apartó. Su respiración se volvió más lenta, más profunda. Cerró los ojos como si intentara guardar cada sensación dentro de sí.

La conexión entre nosotros se volvió tangible, más real que nunca. No existían palabras, solo gestos, miradas, pausas. Era como si estuviésemos aprendiendo un nuevo idioma en el que todo se decía sin pronunciarse. Nos quedamos así, sin tiempo, sin miedo, flotando en un mundo solo nuestro. El resto seguía en sus juegos, ajenos al momento que acababa de reescribir lo que éramos.

Unos minutos después, nuestros amigos comenzaron a salir del agua. El crepitar del fuego cercano indicaba que la noche avanzaba. Alguien proponía nuevas actividades.

—¿Alguien quiere probar algo distinto? —preguntó uno de ellos, señalando la pequeña fogata y los malvaviscos.

—¡Yo! —La voz de Denayt fue clara, entusiasta—. Siempre quise probarlos así, como en las películas.

Nos reunimos alrededor del fuego, mientras las llamas danzaban suavemente bajo el cielo que comenzaba a oscurecer. Los malvaviscos chisporroteaban sobre los palillos. El humo, las risas, y la tibieza del fuego creaban un ambiente íntimo y acogedor. Yo observaba a Denayt entre los demás. Aunque seguía riendo, sus miradas hacia mí eran distintas. Lo sabíamos. Ambos lo sabíamos. Algo entre nosotros había cambiado.

Me incliné hacia ella, hablándole en voz baja. —Quiero invitarte a la casa de campo de mis padres después de esto.

—¿También estarán tus padres?

—Sí, pero ya los conoces. Será algo tranquilo, solo una cena.

—Suena bien. Me gustaría.

Más tarde, cuando recogimos todo y subimos al coche, Denayt se acomodó en el asiento del copiloto. Mientras conducía por el sendero de tierra que se abría entre los árboles, ella miraba por la ventana, absorta en el paisaje.

—Es precioso aquí —murmuró.

—Mis padres aman este lugar. Se encargan de todo, cada rincón. Te van a encantar… de nuevo.

Al llegar, nos recibió el olor a madera, a tierra húmeda, a hogar. Mis padres, como siempre, con su calidez característica, salieron a recibirnos. Ella ya les caía bien, pero aún así, se aseguraban de hacerla sentir parte de todo.

—¡Denayt! Qué alegría verte de nuevo —exclamó mi madre, rodeándola en un abrazo sincero—. Siempre eres bienvenida.

Mi padre, más sobrio, le ofreció un apretón de manos con una sonrisa serena. —Ya empezábamos a preguntarnos cuándo volverías.

—Gracias por invitarme —respondió ella, con esa sonrisa que siempre lograba desarmar tensiones.

La casa de campo, con sus muebles de madera y cortinas de lino, tenía un aire de tranquilidad difícil de encontrar en otro lugar. Durante la cena, compartimos sopa caliente, carne asada y una copa de vino tinto. Las risas fluían con naturalidad, como si las palabras hubiesen estado esperando esta reunión.




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