Gayl Kayser
El aire frío de la mañana se mezclaba con el sonido lejano de los balidos. La niebla se retiraba lentamente, como si el día quisiera asomarse con timidez. Entre las colinas, los primeros rayos de sol comenzaban a teñir de oro los pastos. Sostenía con fuerza la pata trasera de una oveja mientras mi padre llenaba la jeringa con la precisión de quien ha hecho esto mil veces. Sus manos, curtidas por los años, no temblaban; se movían con la naturalidad de quien ha hecho del campo su vida.
Lo observé en silencio, admirando la tranquilidad con la que se desenvolvía. Todo en él parecía firme, arraigado a la tierra que pisábamos. Me sentí pequeño a su lado. No por su estatura, sino por su certeza.
—¿Lista? —la palabra salió de su boca con calma, sin apartar la vista del trabajo.
Asentí, conteniendo el aliento. La tarea no era difícil, pero siempre me tensaba un poco. La oveja baló brevemente cuando la aguja entró en su piel, pero no se resistió más allá de un pequeño estremecimiento. La solté con suavidad, y vi cómo se alejaba tranquilamente.
—Eso es, buena chica —murmuré, siguiéndolo hasta la siguiente.
El campo se extendía imponente ante nosotros. Las aves ya comenzaban su canto matutino, y aunque el sol ganaba fuerza, la brisa aún conservaba el frescor del amanecer. Mientras caminábamos, sentí que mis pensamientos se volvían más densos. Las dudas que llevaba dentro parecían pesar más que el aire húmedo del campo.
Mi padre ya sujetaba a otra oveja cuando rompió el silencio:
—¿Y cómo van las cosas con Denayt?
La pregunta, aunque lanzada con naturalidad, me golpeó por dentro. Su nombre bastaba para que todo dentro de mí se revolviera. Agaché la cabeza y fingí estar limpiando el barro de mis botas. No quería parecer evasivo, pero no encontraba palabras fáciles.
—Bien, creo… Está ocupada con sus cosas —intenté sonar tranquilo, aunque incluso yo noté lo artificial de mi respuesta.
Una risa baja le escapó, cargada de ironía.
—“Bien”, dice —repitió, lanzándome una mirada fugaz—. Te vas a casar con ella, Gayl. No podés quedarte con respuestas a medias.
Apreté la mandíbula. Él tenía esa forma de clavar verdades que te dejaban sin aire. Pero no era el lugar ni el momento para desarmarme. Entre ovejas, barro y jeringas, el corazón no encontraba espacio.
Me encogí de hombros, incapaz de sostener la conversación con firmeza.
—Es complicada…
Sus manos se detuvieron, pero no su paciencia. No me presionó, aunque el silencio me exigía seguir.
—Todas lo son —musitó, con un tono que hablaba desde la experiencia—. Pero si vale la pena, no debería asustarte.
Volví a observarlo, buscando en su postura alguna señal de duda, pero todo en él era certeza. Tal vez por eso se me hacía tan difícil hablar con él. Su fortaleza, su seguridad, contrastaban con el nudo que yo llevaba dentro.
—No es miedo… —dije, más para mí que para él—. Es más bien… no sé si soy suficiente para ella.
Esta vez se quedó quieto, la mirada fija en el horizonte. Sus palabras no llegaron de inmediato. Cuando por fin lo hicieron, lo hicieron con peso.
—Eso no te corresponde decidir a ti, hijo. Si ella ha elegido estar contigo, ya tienes tu respuesta. Lo demás es demostrar que puede confiar en ti.
Me quedé quieto. La verdad en su voz era tan simple y contundente que dolía. No estaba hablando de gestos grandiosos, ni de promesas huecas. Solo de estar, de permanecer.
Mis pensamientos volvieron a Denayt. A su sonrisa cargada de fuerza, a esos silencios suyos que ocultaban más de lo que decía. Siempre tan segura, tan difícil de descifrar. Había algo en ella que me hacía sentir al borde, como si bastara un mal paso para perderla. Y aún así, nunca dejaba de volver a ella.
—¿Tú crees que mamá pensó eso de ti alguna vez? —pregunté, rompiendo el silencio con una sonrisa ladeada.
Mi padre levantó una ceja, sorprendido por la pregunta, pero su expresión pronto se tornó divertida.
—No lo sé. Nunca le pregunté. Me dediqué a mostrarle que no me iba a ir a ninguna parte… y aquí estamos.
Reí por lo bajo. Esa era su forma de amar. Pocas palabras, muchas acciones. A veces, tal vez esa era la clave. Menos explicaciones, más presencia.
—Supongo que no soy tan bueno demostrándolo —confesé, sin necesidad de que él respondiera.
Asintió en silencio. Y sin detener el ritmo, añadió:
—La vida no siempre es sencilla, Gayl. Pero si algo te importa de verdad, no hay excusa que valga. Sé honesto, sobre todo contigo.
Las palabras quedaron flotando entre nosotros, como el vapor que subía desde la tierra húmeda. Lo observé trabajar con la destreza de siempre, como si hablara de cosas simples, pero cada frase dejaba una marca.
Tal vez tenía razón. Tal vez me estaba complicando por miedo a no estar a la altura. Pero, ¿y si solo se trataba de dar el primer paso?
Terminamos la faena, y mi padre se limpió las manos en los pantalones como solía hacer, antes de darme una palmada en el hombro.
—Vamos a comer algo. El campo ya dio lo que tenía que dar por hoy.
Lo seguí en silencio hacia la casa. Las palabras seguían girando en mi cabeza. Tal vez no necesitaba entenderlo todo. Tal vez lo único que debía hacer era hablar con ella, con el corazón en la mano. Y esperar que eso fuera suficiente.
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Editado: 24.02.2026