Nos Vemos Mañana

Nos Vemos Mañana: Capítulo 1

Nos vemos mañana

Capítulo 1: El ruido

La alarma sonó a las seis y media de la mañana.

El sonido llenó la habitación durante varios segundos antes de que una mano saliera de debajo de las cobijas y la apagara.

El silencio regresó.

El joven permaneció acostado, mirando el techo.

Todavía faltaban algunos minutos para tener que levantarse, pero ya podía escuchar los primeros sonidos de la casa: una puerta cerrándose, pasos pesados en el pasillo, el ruido de algo golpeando contra una mesa.

Después, una voz.

Luego otra.

No necesitaba escuchar las palabras para saber lo que estaba ocurriendo.

Sus padres habían comenzado a discutir otra vez.

Cerró los ojos.

Durante unos segundos intentó ignorarlo.

Quizá se detendrían.

Quizá aquella mañana sería diferente.

No lo fue.

Los sonidos aumentaron poco a poco. Una discusión que comenzaba con palabras terminaba convirtiéndose en golpes contra las paredes, objetos moviéndose de un lado a otro y pasos apresurados.

El joven se cubrió la cabeza con la almohada.

No quería escuchar.

Nunca quería escuchar.

Pero incluso con los oídos cubiertos, las vibraciones parecían atravesar las paredes.

Finalmente se levantó.

Se vistió sin hacer ruido, tomó su mochila y salió de la habitación.

En el pasillo encontró a su padre sentado en uno de los escalones, con la mirada perdida y una expresión agotada. Más adelante, su madre permanecía encerrada en la cocina.

Ninguno de los dos lo miró.

Él tampoco dijo nada.

Ya se había acostumbrado.

Salió de la casa antes de que la discusión volviera a comenzar.

El aire de la mañana era frío.

Por unos instantes agradeció estar afuera.

El camino hasta la escuela no era demasiado largo, pero siempre parecía interminable. Cada paso lo acercaba a un lugar que odiaba y cada calle que dejaba atrás significaba que faltaba menos para entrar al edificio.

Cuando finalmente llegó, el ruido apareció de nuevo.

Risas.

Gritos.

Pasos corriendo por los pasillos.

Puertas abriéndose y cerrándose.

El sonido de cientos de estudiantes hablando al mismo tiempo.

Para los demás era una mañana normal.

Para él era otra prueba que debía soportar.

Entró al salón y ocupó su lugar de siempre.

La última fila.

La esquina más alejada.

El sitio donde podía pasar desapercibido.

Aunque nunca funcionaba.

Los primeros minutos transcurrieron con normalidad.

Después comenzaron las miradas.

Una risa al fondo.

Otra cerca de la puerta.

Alguien pasó junto a su escritorio y golpeó accidentalmente -o no tanto- su mochila.

Él no reaccionó.

Había aprendido que reaccionar solo empeoraba las cosas.

Bajó la mirada y continuó escribiendo.

Durante el descanso fue peor.

Esperó a que la mayoría de los estudiantes abandonara el salón antes de salir. Caminó por el pasillo intentando evitar a los mismos grupos de siempre, pero terminó encontrándolos.

Primero fueron las burlas.

Después los empujones.

Luego alguien le quitó los audífonos.

Eso fue lo que más le dolió.

No porque fueran unos simples audífonos.

Eran su refugio.

La única cosa que podía hacer que el mundo desapareciera.

Los recuperó después de unos minutos y se alejó sin mirar atrás.

Llegó hasta uno de los baños y se encerró en un cubículo.

Se sentó sobre la tapa del inodoro.

Sacó los audífonos de su mochila y se los colocó.

La música comenzó.

Por primera vez desde que había despertado, el mundo desapareció.

No completamente.

Pero lo suficiente.

Cerró los ojos.

La melodía llenó el espacio que normalmente ocupaban los gritos, las burlas y las discusiones.

Durante unos minutos no existía la escuela.

No existía su casa.

No existían las personas que lo miraban como si hubiera algo malo en él.

Solo existía la música.

Cuando terminó el descanso, regresó a clase.

El resto del día pasó lentamente.

Cada hora parecía durar el doble que la anterior.

Cuando finalmente sonó la campana de salida, guardó sus cosas y abandonó el edificio.

No quería regresar a casa todavía.

Por eso tomó el camino más largo.

Había un pequeño callejón que conectaba dos calles alejadas de la avenida principal. Era estrecho, silencioso y casi nadie lo utilizaba.

A él le gustaba.

No porque fuera bonito.

Sino porque allí nadie lo molestaba.

Caminó con los audífonos puestos, mirando el suelo cubierto por algunas hojas secas.

La música seguía sonando.

Entonces ocurrió algo extraño.

Al llegar a la mitad del callejón, vio a alguien al otro extremo.

Una chica.

Parecía estar esperando a alguien.

Él continuó caminando.

Cuando pasó cerca de ella, levantó ligeramente la mirada.

La chica lo observó.

Y sonrió.

Fue una sonrisa pequeña.

Nada extraordinario.

Después levantó una mano y lo saludó.

Él se quedó confundido.

Miró hacia atrás para comprobar si estaba saludando a otra persona.

No había nadie.

Volvió a mirarla.

La chica seguía sonriendo.

Por unos segundos no supo qué hacer.

Finalmente levantó la mano.

Un movimiento pequeño.

Casi imperceptible.

Después continuó caminando.

No volvió la cabeza.

Pero mientras avanzaba, algo extraño comenzó a ocurrir.

Por primera vez en mucho tiempo, esperaba volver a pasar por aquel lugar.

No sabía quién era ella.

No sabía por qué lo había saludado.

Ni siquiera sabía si volvería a verla.

Pero aquella noche, mientras permanecía acostado en su habitación escuchando música y tratando de ignorar las voces de sus padres al otro lado de la pared, recordó aquella sonrisa.




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