Nos vemos mañana
Capítulo 2: Un pequeño cambio
La mañana siguiente comenzó exactamente igual que la anterior.
La alarma sonó a las seis y media.
Durante unos segundos, el joven permaneció inmóvil bajo las cobijas, observando el techo mientras esperaba escuchar los primeros sonidos de la casa.
No tuvo que esperar demasiado.
Una puerta se cerró con fuerza.
Después llegaron los pasos.
Y finalmente, las voces.
Sus padres habían vuelto a discutir.
Esta vez intentó no prestar atención. Se levantó, se vistió y tomó su mochila mientras mantenía los audífonos alrededor de su cuello. Antes de salir de la habitación se quedó unos segundos frente al espejo.
Tenía el rostro cansado.
Quizá demasiado.
Se acomodó el cabello y apartó la mirada.
No quería verse así.
No quería pensar en ello.
Tomó sus cosas y salió de la casa.
El camino hacia la escuela volvió a parecerle interminable. Las mismas calles, las mismas personas y la misma sensación de que cada paso lo acercaba a algo que prefería evitar.
Sin embargo, aquella mañana había una pequeña diferencia.
Recordó el callejón.
Y recordó la sonrisa.
No sabía por qué aquello había permanecido en su cabeza durante tanto tiempo. Había sido un gesto insignificante. Una desconocida lo había saludado y él había respondido.
Nada más.
Aun así, mientras caminaba, se encontró pensando en la posibilidad de volver a verla.
La idea le provocó una sensación extraña.
No era felicidad.
Todavía no.
Pero se parecía bastante.
Al llegar a la escuela, aquella sensación desapareció rápidamente.
El ruido de los estudiantes volvió a rodearlo.
Las conversaciones, las risas y los pasos por los pasillos se mezclaban hasta convertirse en un sonido constante que parecía seguirlo a todas partes.
Entró al salón y ocupó su lugar habitual.
La última fila.
La esquina.
La distancia suficiente para observar sin ser observado.
Aunque sabía que aquello era imposible.
Durante la primera clase logró mantenerse tranquilo. Escribió, escuchó al profesor y evitó levantar demasiado la mirada.
Hasta que una pequeña bola de papel cayó sobre su escritorio.
No reaccionó.
Otra cayó unos segundos después.
Tampoco reaccionó.
Escuchó algunas risas detrás de él.
Continuó escribiendo.
Había aprendido que cualquier reacción podía convertirse en una excusa para continuar.
Así que permaneció callado.
Cuando sonó la campana del descanso, esperó unos minutos antes de levantarse.
Esta vez no llevó los audífonos puestos.
Los guardó en el bolsillo de su mochila.
No quería que se los quitaran otra vez.
Caminó por uno de los pasillos menos concurridos y terminó entrando a la biblioteca.
No era un lugar que frecuentara demasiado, pero allí podía pasar algunos minutos sin que nadie le prestara atención.
Se sentó junto a una ventana.
Afuera, varios estudiantes caminaban por el patio.
Algunos estaban acompañados por sus amigos.
Otros hablaban mientras compartían comida.
Un grupo reía alrededor de una mesa.
Él los observó durante unos segundos.
No sentía envidia.
O al menos eso intentaba convencerse.
Simplemente se preguntaba cómo sería tener un lugar al que realmente perteneciera.
Sacó los audífonos de la mochila.
Los observó.
Después los volvió a guardar.
Todavía no quería escuchar música.
Quería estar solo con sus pensamientos.
El problema era que sus pensamientos tampoco eran un lugar tranquilo.
Cuando terminaron las clases, salió de la escuela sin detenerse.
No quería regresar directamente a casa.
Tomó el camino largo.
El mismo del día anterior.
Y, sin darse cuenta, comenzó a caminar un poco más rápido.
Cuando llegó al callejón, levantó la mirada.
Ella estaba allí.
La misma chica.
Esta vez no parecía estar esperando a nadie.
Estaba apoyada contra una de las paredes, mirando su teléfono.
Al escuchar sus pasos, levantó la cabeza.
Sus ojos se encontraron.
Ella sonrió.
Después volvió a saludarlo.
Él hizo lo mismo.
Pero esta vez no pasó de largo inmediatamente.
Se detuvo.
Solo unos segundos.
La chica pareció sorprendida al verlo detenerse, aunque su sonrisa no desapareció.
Ninguno de los dos sabía muy bien qué hacer.
Era extraño.
Habían pasado apenas unos segundos juntos el día anterior y, sin embargo, ahora ambos parecían sentirse un poco menos incómodos.
Finalmente, él continuó caminando.
Ella también siguió su camino en dirección contraria.
No se dijeron los nombres.
No contaron nada de sus vidas.
No sabían absolutamente nada el uno del otro.
Y quizá precisamente por eso aquel encuentro resultaba tan diferente.
Ella no sabía quién era él.
No sabía lo que ocurría en su casa.
No sabía lo que soportaba en la escuela.
No sabía cuántas veces había deseado simplemente desaparecer de todos aquellos lugares.
Solo lo había visto.
Y había decidido saludarlo.
Durante el resto del camino, él pensó en aquello.
Era extraño cuánto podía significar algo tan pequeño.
Al llegar a casa, la tranquilidad que había sentido desapareció.
Sus padres estaban discutiendo nuevamente.
Esta vez intentó pasar directamente a su habitación.
Cerró la puerta.
Se sentó en la cama.
Sacó los audífonos y comenzó a reproducir música.
Subió el volumen poco a poco.
Las voces del otro lado de la pared se hicieron más difíciles de distinguir.
Finalmente solo quedó la melodía.
Cerró los ojos.
Durante unos minutos pudo olvidarse de todo.
Pero cuando terminó la canción, volvió a escuchar las voces.
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Editado: 03.09.2026