Nos Vemos Mañana

Nos Vemos Mañana: Capitulo 3

Nos Vemos Mañana

Capítulo 3: Un nombre

Los días siguientes fueron armando poco a poco una pequeña rutina. Apenas ocupaba unos minutos cada tarde, y aun así se convirtió en una de las pocas cosas que esperaba con verdadera ilusión.

Las mañanas seguían siendo igual de duras. En casa seguía escuchando las discusiones desde su cuarto; en la escuela, las burlas llegaban una tras otra sin cambiar nada. Pero en cuanto terminaban las clases, tomaba el camino largo y atravesaba aquel callejón.

Poco a poco, empezaron a reconocer pequeños detalles del otro.

Él había notado que ella solía llegar con una mochila oscura y que, mientras esperaba, acostumbraba mirar el teléfono o escuchar música. También se había dado cuenta de que tenía la costumbre de levantar la mirada hacia el cielo cuando estaba pensando.

Ella, en cambio, parecía haber descubierto que él casi siempre llevaba los audífonos alrededor del cuello y que caminaba mirando al suelo, como si quisiera pasar desapercibido.

Una tarde, mientras ambos se encontraban en el callejón, ella señaló los audífonos.

-¿Siempre escuchas música?

Él se los quitó antes de responder.

-Casi siempre.

-¿Por qué?

La pregunta parecía sencilla, pero durante unos segundos no encontró una respuesta que pudiera darle.

Podría haberle dicho que la música era lo único que lograba apartar de sí las voces de casa, las risas de la escuela y todos esos pensamientos que prefería no tener que escuchar.

En lugar de eso, bajó la mirada.

-Me gusta.

Ella sonrió.

-A mí también.

No insistió.

Aquello le llamó la atención. La mayoría de las personas preguntaban cosas porque esperaban una respuesta. Ella parecía capaz de aceptar que algunas preguntas simplemente no tenían que ser contestadas.

Permanecieron unos segundos en silencio.

No era el mismo silencio que conocía de su casa. Tampoco se parecía al de las aulas cuando todos dejaban de hablar para observarlo. Era tranquilo, casi cómodo.

Antes de marcharse, ella volvió a mirarlo.

-Por cierto, nunca nos hemos dicho nuestros nombres.

Él levantó la cabeza.

Era cierto.

Habían pasado varios días compartiendo aquel pequeño espacio y todavía seguían siendo dos desconocidos.

Ella dijo su nombre primero.

Después él dijo el suyo.

Y aunque aquello no cambió nada en apariencia, el camino de regreso se sintió ligeramente diferente.

Ahora aquella chica tenía un nombre.

Ya no era simplemente alguien que aparecía en el callejón.

Y él tampoco era solamente el muchacho que pasaba frente a ella todas las tardes.

Eran dos personas que empezaban a reconocerse.

Mientras tanto, en la escuela, las cosas habían comenzado a empeorar.

Las burlas que antes se limitaban a ciertos momentos del día aparecieron con mayor frecuencia. Ya no necesitaban esperar al descanso para molestarlo; bastaba con cruzarse con él en un pasillo para lanzarle algún comentario o darle un golpe en el hombro.

Él había aprendido a seguir caminando.

No responder parecía ser la manera más sencilla de conseguir que aquello terminara.

Pero su silencio no hizo que se detuvieran.

Una mañana, mientras esperaba el comienzo de la primera clase, uno de los estudiantes tomó su mochila y la arrojó al otro extremo del salón.

Los cuadernos cayeron al suelo y varias hojas se deslizaron debajo de los escritorios.

Las risas llenaron el aula.

Él permaneció sentado durante unos segundos.

Después se levantó y comenzó a recoger sus cosas.

No hubo una discusión.

Nadie intervino.

Cuando terminó, volvió a su asiento y guardó todo en la mochila como si aquello no hubiera ocurrido.

El profesor entró poco después y comenzó la clase.

Todo continuó con normalidad.

Ese era quizá el problema.

Las cosas sucedían y, después de unos minutos, todos seguían con sus vidas.

Durante el descanso decidió quedarse en el salón. Pensó que, si esperaba allí, podría evitar problemas.

La decisión no sirvió de mucho.

Tres estudiantes regresaron antes de que terminara el descanso.

Uno de ellos se acercó a su escritorio y tomó sus audífonos.

Él extendió la mano.

-Devuélvemelos.

Fue una de las pocas veces que había respondido.

El estudiante sonrió.

Durante unos segundos pareció que iba a devolvérselos.

En cambio, los dejó caer al suelo.

El golpe contra las baldosas fue seco.

Uno de los auriculares se separó del cable.

Antes de que pudiera recogerlos, otro estudiante los pisó.

Las risas volvieron a escucharse.

Él se agachó.

Tomó los audífonos entre sus manos y los observó en silencio.

Intentó conectarlos al teléfono.

No funcionaban.

Volvió a intentarlo.

Nada.

Los guardó cuidadosamente en el bolsillo de su mochila.

Cuando los estudiantes se marcharon, permaneció sentado durante varios minutos.

No lloró.

Tampoco sintió deseos de gritar.

Solo miró hacia la ventana mientras el resto del colegio continuaba con su rutina.

No le importaban por lo que costaban. Eran su única forma de escapar. Y ahora ya no tenía ni eso.

Cuando terminaron las clases, salió de la escuela sin detenerse. El ruido de los estudiantes quedó atrás mientras tomaba el camino que ya conocía de memoria.

No llevaba música.

Por primera vez, el trayecto hasta el callejón le pareció demasiado largo.

Ella estaba allí cuando llegó.

Lo reconoció enseguida, pero su expresión cambió al verlo acercarse.

-¿Estás bien?

Él respondió casi por costumbre.

-Sí.

Ella lo observó durante unos segundos.

No parecía convencida.

Su mirada bajó hasta sus manos, donde todavía sostenía los audífonos dañados.

-¿Qué les pasó?

Él siguió su mirada.

-Se rompieron.

Ella no preguntó quién lo había hecho.




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