Nos Vemos Mañana
Capítulo 4: Un lugar seguro
Los días siguientes se volvieron demasiado parecidos unos a otros. La misma alarma a las seis y media, el mismo ruido proveniente de la cocina, las mismas discusiones que atravesaban las paredes antes de que él siquiera terminara de vestirse. Sin embargo, había algo diferente. Ahora, cada mañana, mientras caminaba hacia la escuela, pensaba en el momento en que terminaría el día. No porque esperara volver a casa, sino porque sabía que tendría que pasar por aquel pequeño callejón. Allí estaba ella. Y aunque apenas habían intercambiado unas cuantas palabras, aquellos minutos se habían convertido en una de las pocas cosas que conseguían hacer que el día pareciera soportable.
En la escuela, en cambio, las cosas empeoraron.
Al principio fueron las mismas bromas de siempre: comentarios cuando pasaba por los pasillos, risas a sus espaldas y pequeños golpes que pretendían parecer accidentes. Pero poco a poco dejaron de molestarse en disimular. Uno de los chicos comenzó a empujarlo contra los casilleros cada vez que lo encontraba solo. Otro le quitaba los cuadernos y los lanzaba de un lado a otro mientras los demás se reían. Si intentaba recuperarlos, los escondían. Si callaba, lo llamaban cobarde. Si respondía, aunque fuera con una sola palabra, usaban eso como nueva excusa para burlarse.
Una mañana, mientras sacaba sus cosas de la mochila, alguien pasó por detrás y tiró de ella con tanta fuerza que casi lo hizo caer de la silla.
—¿Qué llevas aquí? ¿Piedras?
Las risas llenaron el salón.
Él no respondió. Se agachó para recoger la mochila y volvió a colocarla junto a sus pies, intentando concentrarse en sus apuntes. Entonces sintió algo golpearle la nuca. Una bola de papel. Después otra. Y otra más.
—Oye, ¿no vas a decir nada?
Siguió escribiendo.
—Creo que ni siquiera sabe hablar.
Otra carcajada.
El profesor estaba al frente explicando la clase y decidió no intervenir. Quizá no había visto nada. Quizá simplemente había decidido mirar hacia otro lado.
Durante el recreo, intentó alejarse del grupo y sentarse solo en una esquina del patio. Sacó sus audífonos y se los colocó, buscando aquella sensación conocida de aislamiento. Ni siquiera había terminado de reproducirse la canción cuando alguien se sentó frente a él.
—¿Otra vez con eso?
Levantó la mirada.
Uno de los chicos extendió la mano y le arrancó los audífonos.
—Devuélvemelos.
La frase salió casi en un susurro.
—¿Qué dijiste?
El chico sonrió y levantó los audífonos por encima de su cabeza.
—¿Estos?
Los demás comenzaron a rodearlos. Él se levantó e intentó recuperarlos, pero recibió un empujón que lo hizo retroceder.
—Vamos, pídelos bien.
—Devuélvemelos, por favor.
—Así está mejor.
El chico dejó caer los audífonos al suelo.
Antes de que pudiera agacharse, uno de ellos puso el pie encima.
El sonido seco de una pieza rompiéndose fue suficiente para que él se quedara inmóvil.
Miró hacia abajo.
Uno de los audífonos había quedado partido.
—Ups.
Las risas volvieron a escucharse.
Esta vez no sintió ganas de responder. Ni siquiera de defenderse. Simplemente recogió los pedazos con las manos temblorosas y los guardó en el bolsillo. Durante el resto de las clases permaneció en silencio, mirando de vez en cuando aquel pequeño pedazo de plástico roto como si fuera algo mucho más importante de lo que realmente era.
Porque lo era.
Sin música, la escuela parecía todavía más ruidosa. Los profesores hablando, las sillas arrastrándose, las conversaciones de los demás, las risas, los golpes de las puertas. Todo parecía llegarle al mismo tiempo. Y por primera vez en mucho tiempo, deseó que el día terminara cuanto antes.
Cuando finalmente salió de la escuela, tomó el camino habitual. Caminó más despacio de lo normal, con las manos dentro de los bolsillos y la mirada fija en el suelo. Al llegar al callejón, levantó la cabeza.
Ella estaba allí.
Al verlo, sonrió como siempre.
Pero aquella vez su sonrisa desapareció casi inmediatamente.
—¿Estás bien?
Él tardó unos segundos en responder.
—Sí.
Ella lo observó en silencio.
—No parece.
Él bajó la mirada.
—Estoy bien.
Entonces ella notó que uno de sus bolsillos tenía una pequeña parte del cable de los audífonos sobresaliendo.
—¿Qué les pasó?
Él sacó los audífonos rotos y se los mostró.
—Los rompieron.
La expresión de ella cambió.
—¿Quién?
Él se encogió de hombros.
—No importa.
Ella tomó uno de los audífonos con cuidado, examinándolo.
—Tal vez pueda arreglarlos.
Él levantó la mirada.
—¿De verdad?
—No prometo nada. Pero puedo intentarlo.
Por primera vez desde que había salido de la escuela, sonrió un poco.
Ella se sentó contra la pared y le hizo un espacio a su lado.
—Puedes quedarte un rato.
Él dudó antes de sentarse.
Durante los siguientes minutos hablaron de cosas pequeñas. De la música que escuchaban, de las clases que menos les gustaban y de los lugares que algún día les gustaría visitar. No hablaron del acoso. Tampoco de su familia. No hacía falta.
Por primera vez en todo el día, no tuvo que pensar en qué decir para evitar que alguien se burlara de él.
Podía simplemente estar allí.
En un momento, ella lo miró y sonrió.
—Deberías sonreír más.
Él apartó la mirada, avergonzado.
—No sé hacerlo.
—Sí sabes.
Hubo un pequeño silencio.
—Nos vemos mañana —dijo ella.
Él la miró.
—Nos vemos mañana.
Y mientras regresaba a casa, volvió a pensar en esas palabras.
Mañana.
Era extraño que una sola persona pudiera hacer que esa palabra dejara de parecer una promesa vacía.
Esa noche, sin embargo, el ruido volvió a recibirlo en cuanto abrió la puerta de su casa. Sus padres discutían otra vez. Las voces atravesaban el pasillo y llegaban hasta su habitación, cada vez más fuertes. Él se sentó en la cama y buscó sus audífonos por costumbre. Los sostuvo durante unos segundos antes de recordar que estaban rotos.
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Editado: 20.09.2026