Cuando Alex era niño, aprendió demasiado pronto que no todos los apellidos protegían.
Ser un Viremont no lo salvaba de las burlas; al contrario, parecía convertirlo en un blanco más fácil. En la escuela lo señalaban por lo que no era. En su casa, por lo que debía ser. Y aquel lugar que tendría que haber sido un refugio… nunca lo fue.
-Maestra, me están molestando -dijo, con la voz temblorosa, casi pidiendo permiso para hablar.
Ella levantó la mirada lentamente. No parecía sorprendida, ni preocupada.
-¿Y qué quieres que haga, cariño? -respondió-. Eres un Viremont. Debes ser temido, no temeroso.
Hablaremos con tus padres para que te eduquen como corresponde… como a tus primos.
El corazón de Alex dio un salto doloroso.
-No… no, maestra. Ya no pasa nada -se corrigió enseguida.
No quería eso. No quería que lo “arreglaran”.
El timbre sonó poco después. Los demás salieron corriendo, riendo, empujándose. Alex tardó unos minutos más, como siempre.
No porque no hubiera escuchado el sonido, sino porque ya sabía lo que venía después.
-¿Y tú? -dijo una voz burlona a su espalda-. ¿Te vas a esconder aquí todo el día?
Alex reconoció la voz sin necesidad de girarse.
Era uno de los hermanos menores de la familia Vladimor. Siempre había alguien de esa familia dispuesto a recordarle su lugar.
No respondió. Con el tiempo había aprendido que el silencio dolía menos que las palabras.
-¿Qué pasa? ¿Te comieron la lengua los ratones? -continuó el niño, acercándose-. Aquí no está tu mami ni tu papi para defenderte.
Le tomó la camisa con brusquedad.
-Mi papá dice que para ser reconocido hay que destruir a los débiles - añadió, con una sonrisa torcida-. Y tú ni siquiera tienes valor.
Eso fue suficiente.
- ¡Déjame en paz! -gritó Alex, soltándose con fuerza.
Corrió.
No pensó hacia dónde, solo corrió. Cruzó el patio, pasó por un costado del edificio y llegó hasta los límites entre su escuela y la antigua escuela de bailarinas. Allí, donde la malla estaba rota desde hacía años, se coló sin dudarlo.
El ruido quedó atrás.
Alex se dejó caer bajo un árbol grande, con las rodillas contra el pecho. Observó el tronco, donde alguien había tallado dos letras antiguas M y L, casi borradas por el tiempo.
Respiró. Por primera vez en el día, pudo hacerlo.
- Ese puesto ya está escogido- Dijo una niña un poco más alta que el, de pelo oscuro y ojos azules acercándose.
- Oh lo siento- Respondió levantándose rápido-. No lo sabía.
- Siéntate, es broma- Tomándolo del hombro y sentándolo con un suave empujón.
Detrás de Maddy apareció otra niña más pequeña con ojos brillantes y almendrados, con cabello castaño, empinándose para mirar por encima del hombro con un poco de desconfianza y curiosidad, no dijo nada de inmediato solo se quedó observando.
- Bueno yo soy Maddy y ella es mi hermana Laia- Señalándola con un gesto divertido.
- Supongo que entraste por el agujero que conecta con la academia de varones de prestigio- Menciono Laia con un poco más de confianza. - No te culpo, Maddy y yo lo hacíamos hasta que un día la Directora nos regañó, hablo con nuestros padres y hasta con el director de la escuela de varones para que tuvieran más cuidado de no mezclarnos. - Resaltando la última palabra con una risa suave.
- Y yo supongo que estas aquí por algo- Dijo Maddy agachando la cabeza hacia Alex.
- Eh, yo…- Tartamudeo Alex que todo el rato se había mantenido en silencio. - No lo sé, solo que no soy lo suficientemente fuerte para quedarme.
- Ay, de que hablas, mira te diré algo- Menciono mirándolo fijamente dándole una palmadita- No necesitas ser grande y poderoso, aunque estés temblado de miedo se valiente, eso cuenta más que mil acosadores contra ti.
-Si te sienta mejor, vuelve cuando quieras, aquí siempre seremos nosotros…