Nosotros

CAP. 3

En el cumpleaños número dieciséis de Laia se escuchaban risas, música y palabras al aire de conversaciones sin rumbo, acompañadas de una calidez que parecía resplandecer incluso desde afuera.
Desde donde estaba yo, admiraba la sencillez y la tibieza del momento.

Entré con sutileza; las luces y el canto se volvieron más intensos de inmediato.

- Pensé que no ibas a llegar —dijo Maddy al acercarse con un pequeño salto. Llevaba un vestido azul marino que combinaba con sus ojos azules y una sonrisa de par en par.

- ¿Cómo voy a perderme un cumpleaños tan exclusivo? —respondí, dedicándole una sonrisa serena.

- Exclusivo, claro —rio con una ironía sutil ante mi broma—. Estamos los de siempre, solo familia y amigos —mencionó, señalando a las personas que reían y conversaban, ajenas a todo lo demás en su entorno—. Ven, mi madre preparó unos platillos exquisitos y el pastel quedó de maravilla.

- Sí, iré en un rato. Primero tengo que saludar a la cumpleañera y darle un pellizco de feliz cumpleaños.

- Está bien, iré a ver que todo esté en orden —respondió Maddy antes de perderse entre la multitud.

Caminé hasta donde estaba Laia, de espaldas, luciendo un vestido color vino tinto con brillos llamativos y vibrantes.

- ¡Feliz cumpleaños! —le grité casi al oído.

- ¡Ay, Dios! ¿Cómo puedes…? —no terminó la frase antes de darme un golpe a modo de reproche—. Si vuelves a hacer eso, en serio me va a dar algo. ¿En qué momento llegaste? No te vi.

- Hace un rato estaba hablando con tu hermana. Y mira, te traje un regalo —dije, mostrándole una pequeña caja dorada del tamaño de la palma de mi mano, con un collar de pequeñas piedras luminosas en su interior.

- Ay, gracias… se ve costoso. No tenías que preocuparte —dijo, dándome un leve golpe en el hombro—. Con todo eso de que tus padres no están en casa y siempre están viajando, no era necesario.

- No, tranquila. Mis padres me dieron el dinero para esto. Te aprecian bastante y, además, no fue mucho.

Aquella pequeña excusa era la única forma de explicar por qué no podían ir a mi casa ni conocer a mi familia. Mis padres jamás me permitirían relacionarme con la familia Montclair. Sería fatal.

Mientras pensaba en mi familia, todos comenzaron a organizarse para cantar la canción especial de cumpleaños.

El ambiente se relajó tras las risas y los abrazos. La música volvió a sonar de fondo, más baja, casi tímida, mientras algunos se acercaban a la mesa del pastel y otros conversaban en pequeños grupos.

La madre de Laia dio unos pasos al frente, sosteniendo su copa con ambas manos. No necesitó pedir silencio; bastó con su presencia para que las voces se apagaran poco a poco.

- Gracias por estar aquí —comenzó, con una sonrisa serena—. Para nuestra familia este día es especial, no solo porque celebramos dieciséis años, sino porque celebramos a Laia… tal como es.

Laia bajó la mirada, visiblemente emocionada.

Sus palabras eran suaves, cuidadas, como si cada una hubiera sido pensada con anticipación.

- Deseo que nunca tengas miedo de ser quien eres ni de tomar el lugar que te corresponde —dijo, mirándola fijamente—. Esta casa siempre será tu refugio, y nosotros siempre estaremos contigo.

Laia sonrió y, por primera vez en toda la noche, su sonrisa no fue para los invitados, sino para su madre.

Observé la escena en silencio. Se sentía tan cálida y especial que evocaba la sensación de un abrazo.

Tomé una bebida y salí un momento a respirar. El ruido de la fiesta se amortiguaba afuera. Era tarde en la noche; el aire se sentía frío y pesado, pero tranquilo.

Me quedé unos segundos más allí, en el andén, con la mirada perdida en la oscuridad. A lo lejos, entre las luces apagadas del jardín, creí notar un movimiento.

Nada claro. Solo una sombra que parecía desplazarse con rapidez entre la penumbra.

Fruncí el ceño, intentando enfocar mejor, pero el silencio se volvió incómodo, denso, como si algo me observara desde fuera del alcance de la luz.

De repente, la voz de mi padre irrumpió en mi mente sin previo aviso ni permiso.
Era baja, medida, como si cada palabra debiera mantenerse dentro de una habitación cerrada.

“Los secuestros no ocurren por descuido; ocurren cuando todo está tranquilo.”
“Cuando creen que nadie está mirando.”
“Un secuestro no debe parecerlo; debe ser un arte silencioso, como un arrebato sin aviso.”

Permanecí inmóvil, con la respiración contenida, sabiendo que no debía estar allí.

- ¿Alex?

Giré de inmediato. Maddy estaba apoyada en el marco de la puerta, sosteniendo dos copas, mirándome con los ojos entrecerrados.

- Te estuve buscando —dijo mientras se acercaba para ofrecerme una de las copas—. Pensé que te habías ido cuando apenas empieza la fiesta.

Negué con la cabeza, forzando una sonrisa.

- Solo necesitaba aire.

Ella se acercó y se sentó a mi lado.

- No te pierdas lo mejor —añadió—. Mamá quiere que estemos todos dentro.

Asentí. Antes de entrar, volví a mirar hacia la penumbra.

Ya no había nada.
O eso quise creer.

La música volvió a envolverlo todo, y el recuerdo de aquella sensación incómoda se diluyó, como si nunca hubiera estado allí.

- Maddy, ¿dónde está la señora Vivian? —mencioné, buscándola con la mirada, al igual que todos en el lugar.

- Mi madre dijo que venía pronto, pero no ha llegado. Voy a buscarla, seguro está en la cocina.

- Bueno, esperaré; ya quiero ver la sorpresa —dije sonriendo y sentándome en una de las sillas.

- Hola, Alex. Has estado perdido en la noche. ¿Hay algo que te preocupe? Porque siempre eres el alma de la fiesta —me dijo Laia, ya pasada de copas—. En serio, es el mejor día de mi vida —se colgó de mi cuello en un abrazo desordenado.

- ¡Mamá no está! ¡Desapareció! Estoy segura de que algo le pasó, ¡Dios mío! —irrumpió Maddy, desesperada y asustada.




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