Mi habitación, cuidadosamente organizada, era el espacio donde mi mente parecía habitar en otra dimensión. Permanecía inmóvil, mirando un punto fijo mientras la luz tenue se filtraba por el gran ventanal.
Tenía que hacerlo. Aunque aún no me sentía completamente preparado, ya era hora. No podía perder más tiempo.
Caminé por el pasillo sintiendo cómo la presión aumentaba con cada paso. Los contaba en silencio, intentando distraerme mientras me dirigía hacia la oficina de mi padre. Cuando llegué a la puerta, golpeé tal como lo había pensado, con una precisión casi ensayada.
- Sigue —dijo su voz desde el interior.
Entré.
Mi padre levantó la vista apenas lo suficiente para verme. Su expresión era neutra, distante, como si yo fuera solo otra interrupción en su agenda.
- ¿Qué quieres, Alex? Sé breve. No tengo tiempo —dijo sin inmutarse.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Desde aquella discusión en la que dejé claro que no quería ser parte de esta familia, no habíamos tenido una conversación real. Meses de silencios, de miradas cargadas de desaprobación. Y ahora estaba ahí, frente a él.
Tragué saliva.
- Quiero hacerlo mejor —dije finalmente—. Quiero ser un mejor hijo.
Mi padre arqueó una ceja, apenas un gesto, pero suficiente para que mi corazón se acelerara.
- ¿Eso es todo?
- No —continué, obligándome a sostenerle la mirada—. Quiero asumir mi lugar. Aprender. Ser el heredero de los negocios.
El silencio que siguió fue denso. Pude ver cómo evaluaba cada palabra, buscando fisuras, intenciones ocultas.
- Interesante —murmuró al fin—. Creí que ya habías tomado otro camino. – Respondió con una frialdad.
- Las personas cambian —respondí con aparente confianza.
No era una mentira. Solo no era toda la verdad.
Porque mientras fingía lealtad y obediencia, mi verdadero objetivo latía con fuerza bajo la calma aparente: averiguar todo lo que pudiera sobre la madre de Maddy.
Y para eso, tenía que jugar el papel que mi padre esperaba.
- ¿Desde cuándo te interesa todo esto? —preguntó mi padre, entrelazando los dedos sobre el escritorio. – ¿Y qué tan dispuesto estas a tener mi aprobación?
Sabía que no era curiosidad. Era un examen.
- Entendí que huir no me llevó a nada —respondí—. He pasado demasiado tiempo rechazando lo que soy y la verdad sé que puedo llegar a ser… Incluso mejor que Theo.
Mi padre se levantó despacio y caminó hasta la ventana, dándome la espalda. El silencio se alargó lo suficiente como para que dudara de cada palabra que había dicho.
- El apellido que llevas no es un juego, Alex —dijo finalmente—. Ser parte de esta familia implica sacrificios, separa tus sentimientos y bótalos a la basura, no te servirán de nada.
- Estoy dispuesto a hacerlo.
Otra media verdad. Estaba dispuesto a hacer los necesarios, siempre que me acercaran a la información que buscaba.
Regresó a su silla y abrió un cajón. Sacó una carpeta gruesa, desgastada por el uso.
- Si quieres aprender, empezarás desde abajo —dijo—. Observando. Escuchando. Sin hacer preguntas innecesarias.
Asentí.
- Quiero que asistas a la reunión del jueves —continuó—. Es privada. Solo para personas de confianza.
Mi pulso se aceleró.
- Quienes irán.
- No lo sabrás todavía. —replicó—. Demuestra que eres al menos capaz de dirigir algo importante, si fallas... Oh que cosas digo, te crees mejor que Theo, no fallaras.
Salí de la oficina con las piernas tensas. No había conseguido respuestas, pero sí una puerta entreabierta.
Esa noche apenas dormí. La imagen de Laia apareció una y otra vez en mi mente, acompañada del recuerdo de su silencio cada vez que alguien mencionaba a su madre. Nadie sabía dónde estaba. Nadie parecía querer saberlo.
El jueves llegó demasiado rápido.
La sala de reuniones era amplia, fría, diseñada para intimidar, para que ninguna de las palabras, secretos y juegos mentales saliese de ahí. Hombres y mujeres de ropas elegantes y discretas ocupaban sus asientos con naturalidad. Yo era el único que no encajaba del todo. Susurros rodearon la habitación.
Me senté al final, tal como me habían indicado.
Las conversaciones comenzaron con fechas, horas, nombres y acuerdos. Escuché atento, memorizando gestos, lugares y personas.
Entonces lo escuché.
- Ese asunto ya fue cerrado hace años —dijo uno de los hombres—. El hombre murió y la mujer quedo viuda y con dos niñas, que puede hacer.
Mi cuerpo se tensó.
- No mucho, pero se ha sabido que la mujer lo sabía todo, rutas, contactos y algo más —respondió otro—. Siempre existe el riesgo de que alguien hable y peor aún que tenga una mina de oro escondida en su mente. Hay que hacerla hablar primero que otros.
- No. —intervino mi padre—. Eso ya está siendo resuelto. Pronto habrá una reunión con… Unos viejos amigos.
No mencionaron nombres. No los necesitaban.
Sentí un nudo en el estómago. La certeza se abrió paso con violencia: hablaban de ella.
Cuando la reunión terminó, mis manos temblaban.
Esa misma noche busqué a Laia.
- Tengo que decirte algo —le dije cuando me abrió la puerta.
- ¿Pasa algo?
- Sí —respondí—. Y no sé si te va a gustar.
El silencio que siguió fue distinto. No cómodo. No seguro.
Pero era necesario.
Porque ya no había vuelta atrás.