Nostra

Callejon

Unos pocos años habían pasado desde la Segunda Guerra Mundial, unos años de paz para algunos y años de inestabilidad para otros, entre ellos Italia, mientras su gobierno intenta seguir arreglando las consecuencias de la guerra junto a algunas relaciones diplomáticas. Por dentro, las mafias más poderosas actúan casi sin vigilancia y consecuencias por sus actos.

Mientras tanto, en la capital, Roma, en un colegio público pero conocido por su calidad en la enseñanza e infraestructura. El profesor toma lista como de costumbre, nombrando uno a uno a cada estudiante. Pero al llegar casi a la mitad de la lista, al decir el nombre no recibe respuesta.

—Luccio Franchesco Hernández… ¿No vino? —El profesor escanea rápido el salón— ¿Alguien sabe el porqué de su inasistencia? —Aunque la pregunta iba en general, solo recibe una única respuesta de distintas formas: un pequeño murmullo que pronuncia un "No", junto a muchas negaciones con la cabeza.

Sin embargo, sus dudas se despejarían de forma casi instantánea. La coordinadora entraría a buscarlo, pidiéndole que vaya a la oficina del director. Ella se queda a cuidar al resto de los estudiantes del salón.

—¿Qué será? —piensa para sí.

Al llegar a la puerta, toma el pomo un poco frío por culpa del otoño. Cuando abre la puerta, nota la presencia de Luccio del lado izquierdo, sentado con solo algunos rasguños en la cara, manteniendo una expresión de molestia. A la vez, dos estudiantes que parecen pertenecer a por lo menos dos cursos más altos que el de Luccio permanecen sentados a la derecha de la oficina, notoriamente golpeados: moretones, uno con el labio partido e incluso un poco de sangre saliéndoles de la nariz, al borde de llorar.

—¡Director! ¿Qué les pasó a estos estudiantes? —El profesor queda preocupado por el estado de los chicos.

—Siéntese, Ramírez… —El director invita al profesor con un tono de angustia pero con tono firme. Este ahora se dirige a Luccio— ¿Prefieres contarlo tú?

—Está bien… —responde Luccio, empezando a relatar en voz alta.

Minutos antes de que el timbre de entrada tocara…

Luccio caminaba en la entrada del colegio cargando su mochila con una mano, sosteniendo en la otra una botella de su jugo de uva favorito. Cuando estaba por entrar, ve como al fondo del pasillo un chico es acorralado por dos bravucones, sin que nadie lo ayude.

—¿Dónde está? —pregunta uno, levantándolo de la camisa.

—¿El… qué? —responde con la voz dudosa.

—¡La paga! Es la razón por la cual no te matamos a golpes —contesta el segundo.

—Sí… Sí lo tengo aquí… —El joven siente miedo al notar que no traía dinero en su bolsillo, ni en uno ni en el otro— ¡Eh… Juro que si me dan un poco de tiempo! —Este formula frases como puede.

—Entonces pagarás con sangre, miedoso —El que lo sujeta prepara su puño, pero antes de poder hacer algo, siente como algo golpea su cabeza: una botella de jugo ya casi vacía, seguido de una voz que ordena al instante.

—Bájalo —Luccio decide involucrarse, poniendo una voz y cara seria— O serán ustedes los cuales tengan que empezar a pagar para que no les golpeen —declara con ira y firmeza.

Presente…

—Así ocurrió, hasta que alguien le avisó —dice, señalando al director.

—Como tú eres su profesor titular, tú eres quien está a cargo de tu salón, por ende, de tus alumnos. Debido a esto fue mi llamado —El director acomoda su traje junto a su postura en la silla— Sabido esto, los tres están suspendidos. Luccio, ya que tus intenciones eran buenas, tus acciones no fueron las correctas, por eso recibirás una suspensión de solo dos semanas —El director no muestra dudas en sus palabras.

—¡¿Qué?! ¡Yo fui el único que ayudó a ese chico! —reclama Luccio con molestia, parándose.

—Ya te dije, tus acciones no fueron las correctas.

—¡Me largo! —Luccio se levanta para irse, sin antes mirar por última vez a los bravucones— Wankers… —dice en un inglés británico fluido, al igual que el italiano que hablaba hace momentos.

Los bravucones, aunque no lo entienden, no responden por miedo a este. El director suspira cansado, y el profesor se retira luego de un rato de hablar con este último sobre qué harían con esta situación.

Luccio, después de un rato de caminar solo con sus pensamientos, llega a su casa. Se peina un poco como puede antes de entrar. Al abrir la puerta, no solo una, ni dos, sino hasta tres tipos de reacciones y emociones de su familia: de su tío Facundo, Marice su esposa, y sus primos Brintong y Turner.

—¡Luccio! —Marice se acerca preocupada— ¡¿Estás bien, no tienes ningún daño?! —pregunta mientras lo revisa.

—Tranquilízate, no me pasó nada —responde con indiferencia.

—Claro que te pasó algo. ¡Te suspendieron! —Facundo se nota un poco molesto— ¿De verdad tenías que golpearlos? Ya te dije, deja de meterte en problemas.

—Exageras mucho, viejito, solo ayudaba a ese chico —Luccio no presta mucha atención a los reclamos de Facundo.

—Por fin dejaste de ser un "blando" —celebra Turner, el mayor.

—Te entrenamos bien. ¡Peleaste con dos más grandes que tú! —continúa Brintong.

—A comparación de las veces que peleé contra ustedes, esos idiotas no tenían oportunidad —responde un poco orgulloso.

—¡Suficiente! —Facundo se cansa y se levanta de su silla— Luccio, ven, quiero hablar contigo —ordena molesto.

Luccio lo sigue en silencio, más un silencio de respeto que de miedo… O tal vez solo de aburrimiento. Ambos suben las escaleras de la casa, entrando a la oficina de Facundo. Este último piensa durante unos segundos lo que le dirá.

—Tienes que terminar con esta actitud tuya —dice con voz severa.

—Calmati, vecchio… De verdad que tú y Marice se preocupan de más, solo ayudé a ese chico de que lo mandaran al hospital —Luccio habla en italiano, pese a saber que su tío no lo entiende del todo.

—Ni tu madre ni tu padre eran como tú… ¿De qué parte de la familia saliste así?



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En el texto hay: peleas, accion, mafias

Editado: 18.06.2026

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