Ya algunos días han pasado desde que Luccio no conoce el paradero de Farólio. Aunque ha buscado en todos los sitios posibles, el resultado sería siempre el mismo. Siente desespero por no tener una sola pista de su reciente amigo.
Una de las primeras en darse cuenta es Marice, quien lo trata casi como su hijo.
—Luccio, ¿algo ocurre? —pregunta, aprovechando el momento a solas mientras desayunan.
—Solo… —vacila por momentos— Nada. Non ho dormito bene… —Luccio, aunque miente, incluso hablando de forma en que Marice no lo entienda, no puede ocultarle algo sin que ella se dé cuenta.
—¿Seguro? —Marice, aunque siente algo, no puede saber con certeza de qué se trata.
—Sí… —Luccio termina su té de un trago— Me tengo que ir. Vuelvo tarde. ¡Adiós! —dice mientras sale de la casa apurado.
Marice queda pensante, sintiendo el calor de su taza de café más cálido en sus palmas.
Al salir de su casa, este vuelve a la plaza donde vio por última vez a Farólio. Luccio intenta pensar qué podría haberle pasado. ¿Se habrá enojado con él? ¿Vive muy lejos? Junto a montones de otras dudas que dan vueltas en su cabeza, cuando una de esas teorías parece ser la respuesta, otra incógnita rompe con la lógica de la supuesta solución.
—¡Shit! —Luccio se lleva las manos a la cabeza con frustración— ¿Dónde se supone que estás?
Luccio piensa en rendirse con indignación. Decide que seguir buscando sin una sola pista es solo una locura y empieza a caminar para irse.
En ese momento, como si el destino le hubiera leído la mente y le hiciera una broma de mal gusto, observa a un grupo de hombres conversando en medio de la plaza. Todos vestidos de traje con corbata junto a una camisa blanca lisa, pero todos comparten algo más: en la manga del traje llevan el símbolo, el inconfundible símbolo de Nostra.
—Son ellos… —Luccio observa el parque con detenimiento, notando que solo están ellos y él— Parece que les tienen bastante miedo, entonces… Deben de ser la pista que buscaba. ¡Lucky on me! —Luccio, pese a saber que puede ser una decisión loca, decide ir con ellos.
Este avanza a paso firme, aunque por dentro está un poco nervioso, sigue caminando. Cuando algunos de ellos notan su presencia, algo distinto a lo que Luccio pensaba, le piden de forma amable pero autoritaria que se retire.
—Oye, niño, vete de aquí. Estamos conversando entre adultos —le pide uno.
Luccio, aunque por un momento se queda callado, saca palabras con voz firme.
—Quiero saber el paradero de Farólio. Pertenece a Nostra como ustedes.
Los tipos, al escucharlo, se paran de inmediato. Dos de ellos se le acercan, tomándolo por los brazos.
—¡Stay away from me! —Luccio intenta soltarse del fuerte agarre de ambos sujetos.
Rápidamente, pisa el pie del de su derecha, mientras muerde su mano con fuerza. Este lo suelta por un momento, pero Luccio recibe un fuerte puñetazo en su rostro que, aunque lo hace retroceder un poco, no es suficiente. Un batazo, proveniente de un tercero, vuela directo a su cabeza. Sangre empieza a brotar desde el costado de Luccio mientras cae, quedando de rodillas. Estando un poco consciente, casi al borde del desmayo, un cuarto y un quinto lo cargan durante un rato hasta que un taxi que pasaba cerca se detiene, metiéndolo directo sin dar muchas vueltas.
—¡¿Qué le sucedió?! —pregunta el taxista.
—Conduzca, no pregunte, no mire, no haga nada. ¿O quiere que este sea su último recorrido? —amenaza el que lo sostenía al principio.
—Gulp… —El taxista traga saliva, empezando a manejar dirigiéndose según lo que los tipos le van dictando.
Algunos vecinos miran indignados desde las ventanas o las azoteas de sus casas, pero ninguno puede hacer nada.
Mientras tanto, dentro del auto, Luccio siente como sus ojos ceden, desmayándose durante algunos minutos.
Un rato después…
Luccio se despierta de golpe. Nota como dos de sus secuestradores lo sacan del taxi, mientras otro tipo le da un fajo de billetes al taxista, que ya no tenía color en su cara.
—¡Sueltenme! —Luccio intenta soltarse girando, dando patadas, incluso escupe un poco de su sangre hacia uno de sus captores.
Aunque todos sus esfuerzos serían en vano. Estos lo cargan hasta una puerta completa de metal con una pequeña rejilla. Uno de ellos toca la puerta, haciendo que alguien desde dentro levante la rejilla, pidiéndole una contraseña. Luccio no llega a escuchar la supuesta contraseña debido al forcejeo que estaba haciendo.
Los tipos lo meten a la fuerza dentro de lo que parece ser su base de operaciones. Luccio la ve por dentro: un sitio un poco amplio con varias salas, montones de hombres vestidos iguales o casi iguales a sus captores. Algunos juegan cartas, otros simplemente conversan de algunos asuntos y, por lo que llega a escuchar, algo de "un ajuste de cuentas" con algún moroso en los pagos.
Estos lo meten en una de estas salas, donde la única luz que hay es la de un pequeño foco colgante del techo, con una mesa circular un poco pequeña en el medio y una única silla. Luccio es sentado mientras lo atan de pies y manos con eficiencia en ella. A los pocos minutos de haber entrado, alguien nuevo aparece desde la puerta junto a una pequeña carpeta en manos. Al verlo entrar, los sujetos se retiran mientras lo saludan, dejándolos a ellos dos solos en esa sala.
—Mira… ¿Cómo era tu nombre? —pregunta, poniéndose enfrente de él y dejando la carpeta en la mesa.
—Fuck off —Luccio escupe nuevamente, aunque esta vez sale más saliva que sangre. Pero el sujeto logra poner la mano a tiempo.
—Ugh, de verdad no tienes modales. Sabes, si hubieras cooperado no estarías tan mal golpeado… O mejor, si te hubieras ido a tu casa cuando se te pidió, nada te habría pasado —dice mientras saca unas hojas de la carpeta.
—¿Cómo es que sabes eso? ¡Tú recién apareces! —reclama Luccio.
—La mafia tiene sus cosas, cosas muy prácticas —Este se fija en una de las hojas, leyéndola en voz alta— Luccio Franchesco Hernandez, lindo nombre. Dieciséis años… Viviendo con la familia de tus tíos. ¿Algo le pasó a tus padres? ¡Qué pena!
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Editado: 26.06.2026