Notas de un amor olvidado

CAPITULO 31

Aiden estaba sumido en un silencio profundo, todavía con la guitarra en las manos, cuando una extraña sensación lo envolvió nuevamente. No era como las otras veces, esa vez era distinta. La oscuridad que lo rodeaba parecía desvanecerse lentamente, y aunque no podía ver con claridad, algo dentro de él le decía que debía seguir adelante.

Un sonido lejano comenzó a filtrarse en su mente, una suave melodía que lo atraía como un imán. Era una música que no podía reconocer, pero su corazón latía con fuerza al escucharlo, como si fuera parte de él. Y con cada paso que daba, la melodía se hacía más fuerte, más clara, hasta convertirse en un eco irresistible.

Aiden no pudo resistirse. Siguió la música, sin pensar en nada más. Dejó la tienda atrás, sin notar cómo su cuerpo avanzaba por el oscuro sendero. La noche había caído por completo, y la luz de las estrellas parecía iluminar su camino. Lo único que importaba era esa melodía.

De repente, el sonido se detuvo. La paz y la calma lo envolvieron, y a lo lejos, vio una luz tenue reflejada en el agua. Se acercó, como hipnotizado, sin poder explicarse por qué, pero algo dentro de él le decía que allí encontraría la respuesta a las preguntas que le atormentaban.

Al llegar a la orilla de un pequeño lago, la escena que se desplegó ante él lo dejó sin palabras. Allí, en medio de la serenidad del agua reflejando la luz de la luna, vio a un hombre de pie, cubierto con ropa extraña, desgastada por el tiempo. Aiden se quedó paralizado, porque ese hombre... ese hombre era él. Pero no como lo conocía en esta vida. Era un hombre del pasado, de una época lejana.

Llevaba un arco pequeño, como si fuera un cazador, con una mirada concentrada mientras tocaba lo que parecía ser un instrumento similar a un laúd. Sus ojos brillaban con una intensidad que Aiden reconoció al instante, como si ese hombre fuese una extensión de él mismo, de un tiempo que ya no comprendía.

Y entonces, a su alrededor, comenzó a escuchar una melodía, y de la nada, una mujer apareció, moviéndose con gracia alrededor del hombre. Bailaba con una fluidez impresionante, como si su cuerpo fuera parte de la música que emanaba del laúd. Aiden no podía apartar la mirada. Algo en su interior lo conectaba con esa escena, como si toda su alma se hubiera elevado en el momento en que vio a la mujer.

Odett... —murmuró el hombre del pasado, en un susurro bajo, tan suave que apenas podía oírlo. La mujer lo miró con una sonrisa que iluminó su rostro, y continuó bailando alrededor de él, como si estuvieran compartiendo un momento eterno.

La mujer sonrió, girando en el aire con una delicadeza sobrehumana. La luz del lago reflejaba su figura mientras sus movimientos se volvían más intensos, y Aiden pudo ver su rostro claramente. Era ella. Odette. Pero no como la conocía. Esta Odette estaba envuelta en un vestido antiguo, pero aún con una belleza tan profunda que le arrancó el aliento.

Ven a mí, Odette... —dijo el hombre del pasado, con una suavidad en su voz que resonó en el aire. La mujer lo miró con ternura, y entonces, con un gesto que pareció familiar, comenzó a cantar. La melodía que antes había sido solo un eco ahora se volvía palpable, una canción que calaba hondo, que resonaba en el alma de Aiden.

La música llenó el espacio alrededor de ellos, y Aiden no pudo evitar sentirse como si estuviera allí con ellos, como si fuera parte de esa escena que se desplegaba frente a él. La mujer, Odette, bailaba con más intensidad, su rostro lleno de emoción, de vida, y de un amor inquebrantable. Su cuerpo parecía moverse al compás de la música, de la historia que se tejía entre ellos.

Por favor... no me dejes ir... —la mujer cantó, sus palabras eran claras, pero con una fragilidad en su voz que parecía transmitir una petición profunda, una súplica silenciosa. Aiden sintió que su corazón se aceleraba. No entendía todo lo que estaba pasando, pero algo dentro de él decía que debía quedarse. Debía entenderlo todo.

De repente, la escena comenzó a transformarse, como si todo a su alrededor cambiara. El lago desapareció, y el paisaje se desvaneció, hasta que se encontró corriendo por un campo abierto, bajo un cielo despejado, con la misma mujer, Odett, a su lado. Estaban riendo, disfrutando del momento. Sus risas resonaban en el aire, como si el tiempo se hubiera detenido solo para ellos.

¡Esperame, Odette! —gritó el hombre, mientras corría tras ella, disfrutando de su compañía, de su risa, de su cercanía.

Aiden observaba esa escena como si fuera un sueño. Los dos estaban juntos, sin preocupaciones, sin nada que los separara. Su corazón latía con fuerza al verlos tan felices, tan completos.

Te voy a alcanzar... —dijo el hombre, con una sonrisa llena de amor, mientras extendía su mano hacia ella.

Odette, sin detenerse, le echó una mirada por encima del hombro y sonrió de nuevo. Esta vez, la sonrisa estaba llena de complicidad, de amor eterno, como si supiera que, aunque el destino los separara, siempre estarían juntos.

No te preocupes... —respondió ella, su voz llena de un cariño que parecía penetrar en el alma—. Siempre estaré a tu lado...

Aiden se detuvo, sin poder moverse, con la sensación de que la escena se desvanecía ante él. Era como si estuviera viendo una película de su propia vida, una que no podía recordar, pero que ahora estaba tan vívida en su mente que no podía dejar de pensar en ella. La imagen de ellos dos corriendo juntos, disfrutando del amor, de la conexión profunda que compartían, lo hacía sentir que, de alguna manera, aún podía alcanzarlos.




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