Notas de un amor olvidado

CAPITULO 32

Aiden estaba solo en la orilla del lago, sus manos apretadas sobre su rostro, intentando contener el dolor, pero las lágrimas caían sin cesar. Cada sollozo era un grito de desesperación hacia un destino que lo había marcado de forma cruel, implacable.

¿Por qué? —gritó, su voz quebrada por el dolor—. ¿Por qué siempre ella? ¿Por qué Odette?

Su grito resonó en la quietud de la noche, pero no hubo respuesta, solo el murmullo del viento y el sonido del agua chocando suavemente contra la orilla. Aiden cayó de rodillas, su alma desgarrada por la tristeza. Sus lágrimas no se detenían, como si cada gota fuera una pregunta no respondida, una tortura que le arrancaba el alma.

¿Qué hice para merecer esto? —preguntó, entre sollozos, mirando al cielo. El silencio que lo rodeaba parecía burlarse de él, ignorando sus gritos, ignorando su sufrimiento—. ¡En todas mis malditas vidas pasadas, en todas! No lo entiendo... ¡¿Por qué me hacen esto?!

La furia que sentía dentro de él explotó en un grito desgarrador, como si intentara desafiar al destino que lo había maldecido.

En ese instante, algo cambió. Una figura apareció a su lado, sin que él lo notara. Al principio, pensó que era su mente jugando con él, pero la voz suave que se escuchó le sacó de su trance.

Muchacho... —la voz de la mujer era profunda, pero cálida, como si pudiera entenderlo de una forma que él no podía comprender aún.

Aiden se giró rápidamente, sorprendido. Allí, junto a él, una mujer mayor, de cabello canoso y rostro lleno de arrugas, lo observaba con una mirada sabia. Su presencia era tranquila, como si el tiempo no tuviera poder sobre ella.

¿Quién eres? —Aiden preguntó, sin poder controlar las emociones que aún lo inundaban—. ¿Qué quieres de mí?

La señora no respondió de inmediato. Se sentó junto a él, cruzando sus manos sobre las rodillas, y le dio tiempo para calmarse un poco antes de hablar.

Muchacho, has sufrido mucho, lo sé... Y la respuesta que buscas no es fácil de encontrar. —Dijo con suavidad, sus ojos fijos en el lago—. Pero todo tiene un propósito. A veces, las preguntas más difíciles tienen las respuestas más profundas.

Aiden la miró, algo confundido, pero, a pesar de su desesperación, decidió escucharla. Algo en la voz de la señora lo tranquilizaba, como si de alguna manera, ella pudiera comprender lo que él estaba pasando.

Te voy a contar una historia, hijo mío, —comenzó la mujer—. Es una historia antigua, una historia de amor y sacrificio, de un dios que también buscó respuestas en su dolor.

Aiden la observó en silencio, interesado a pesar de sí mismo.

Había un dios, —continuó la mujer—, un dios poderoso, temido por todos. Pero este dios, a pesar de su poder, tenía una debilidad... una fragilidad. Se enamoró de una dama, una dama que era la hija de un rey. Esta joven mujer vivía en un reino distante, y cada día caminaba con su padre hacia el mercado, con la cabeza llena de sueños y el corazón lleno de esperanza.

La señora hizo una pausa, como si recordara aquella historia tan vívida en su mente. Aiden, por su parte, se sintió atraído por cada palabra que salía de su boca.

El dios, al ver a la dama, se sintió atraído por su pureza, por la bondad que irradiaba. La joven dama no era consciente de su poder, pero había algo en ella que el dios no podía ignorar. La amó desde el primer momento en que la vio. Y como muchos dioses, hizo lo que quiso: la tomó, la apartó de su vida normal y la llevó consigo, lejos de su hogar, en secreto, a vivir su amor.

Aiden la miraba sin apartar los ojos, casi sin respirar.

Pero el padre de la joven dama no estaba dispuesto a dejarla ir tan fácilmente, —continuó la señora—. El rey, lleno de furia y celos por lo que había sucedido, maldijo a la joven y al dios que la había llevado. “Tú, que has robado a mi hija, sufrirás lo que no ha sufrido otro ser inmortal. En cada una de tus vidas, recordarás lo que perdiste. Pero ella... ella jamás recordará tu amor. Y cada vez que la encuentres, le darás amor, y ella lo rechazará. Eso te hará sufrir más que cualquier otra cosa. Y si alguna vez, por un milagro, ella te reconoce, entonces lo perderás todo. Y el dolor será eterno.”

Aiden no pudo evitar sentir un estremecimiento recorrer su cuerpo al escuchar esas palabras. Su mente comenzaba a conectar los puntos, a ver las piezas de su vida encajar en un patrón que le parecía aterradoramente familiar.

¿Qué me estás diciendo? —preguntó con voz temblorosa, su mente tratando de asimilar la historia que la mujer le estaba contando.

La señora lo miró con ojos llenos de sabiduría, como si todo lo que había dicho ya estuviera escrito en el destino.

Lo que te estoy diciendo, joven Aiden, es que lo que estás viviendo no es casualidad. El dios que te he contado, ese ser inmortal, eres tú. Y la dama que amas, la que siempre has amado, es ella. Odett. El destino que los une es el mismo que los separa. En cada vida, en cada reencarnación, el dolor y la separación serán tu castigo. Pero el amor... el amor que sientes por ella es lo único que puede salvarte. Es tu prueba. Y es la que te da la fuerza para seguir buscando, para seguir amando.




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