La luz del atardecer se filtraba entre las ramas de un árbol gigantesco, cuyas raíces se extendían por todo el campo como si fueran las venas de la tierra misma. Este árbol, conocido en el pueblo como "El Árbol de las Almas", era un lugar donde los niños se reunían a jugar y soñar. Nadie sabía con certeza su antigüedad, pero los aldeanos decían que el árbol era un punto de encuentro entre mundos, un sitio donde las almas se conectaban, tal vez de muchas vidas pasadas.
Un niño de unos seis años estaba sentado sobre una de sus gruesas ramas, una flauta de madera en sus manos. Sus dedos danzaban sobre los agujeros del instrumento con una habilidad que sorprendía a cualquiera que lo escuchara. La melodía que tocaba era suave y dulce, como si viniera de un lugar lejano, como si las notas trajeran consigo recuerdos olvidados.
De repente, una niña apareció a su lado. Tenía la misma edad que él, con ojos grandes y brillantes que miraban al niño con curiosidad. Su cabello largo y oscuro caía sobre sus hombros, y su vestido sencillo se movía con la brisa del atardecer. La niña lo observó en silencio durante unos momentos, hasta que, sin previo aviso, comenzó a cantar.
Su voz era clara y suave, acompañando la melodía de la flauta con una armonía que parecía llenar el aire de magia. Mientras cantaba, su cuerpo se movía al ritmo de la música, danzando con una gracia natural, como si la melodía estuviera viva dentro de ella. Era una danza llena de alegría, como si la niña conociera la canción desde siempre.
Cuando la música y el canto terminaron, la niña se detuvo y miró al niño con una sonrisa radiante.
—¡Eso fue hermoso! —exclamó, sus ojos brillando con emoción—. ¿De dónde aprendiste a tocar tan bien?
El niño sonrió tímidamente, mirando la flauta en sus manos.
—Mi madre me enseñó a tocar, pero siempre he sentido que las notas me llegan solas. No sé por qué, pero la música siempre ha sido parte de mí.
La niña se sentó junto a él, mirando el árbol que los rodeaba, los ojos llenos de curiosidad.
—Nunca te había visto antes —dijo el niño, frunciendo el ceño—. ¿De dónde eres?
La niña lo miró fijamente, como si estuviera recordando algo lejano. Después, sonrió con dulzura.
—Me llamo Odette —dijo, su voz suave como un susurro—. Mi familia se mudó aquí hace poco. Estoy aprendiendo a conocer el pueblo y a hacer nuevos amigos.
El niño asintió, sonriendo también.
—Yo soy Aiden —respondió—. Vivo cerca de aquí. Es un placer conocerte, Odette.
Ambos se quedaron mirando al frente, al árbol que parecía vigilar el horizonte, y por un momento, el tiempo se detuvo. No dijeron nada más, pero sus corazones latían al unísono, como si las almas que habitaban en ellos se reconocieran en ese instante, como si fueran viejas amigas que finalmente se encontraban después de un largo viaje.
Al fondo, el sol se despedía lentamente del día, tiñendo el cielo con tonos cálidos. El viento comenzó a soplar suavemente, moviendo las hojas del árbol como si fuera un susurro antiguo. Y allí, bajo el Árbol de las Almas, Aiden y Odette compartieron un momento sencillo pero lleno de magia, sin saber que este era solo el principio de una historia que había comenzado mucho antes, y que seguiría en un futuro incierto.
¿Será este el final de esta hermosa historia? O, tal vez, ¿es solo el principio de otra, aún más grande, que el tiempo les tiene reservada?
El árbol, con sus raíces profundas en la tierra y sus ramas extendiéndose hacia el cielo, permaneció allí, guardando los secretos de las almas y esperando que un día, tal vez, las estrellas les cuenten la historia completa.
Fin.
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Editado: 14.03.2025