Notas del amor

Notas del amor

Prólogo

El amor es raro. No avisa, no pide permiso, no entiende de lógica.

Para algunos llega con un golpe en la puerta. Para otros, se cuela como el humo, lento, hasta que los ojos lloran sin saber por qué.

Pero para Rebeca y Daniella, el amor llegó con un sonido.

No fue una declaración. Fue una nota sostenida en el aire. Fue una guitarra que sonaba desde la habitación de al lado. Fue una voz grave que se atrevió a cantar junto a una voz aguda, y darse cuenta de que juntas sonaban como si siempre hubieran debido estar así.

Una tenía el cuerpo que todos miran. La otra, la sonrisa que todos recuerdan.

Y ninguna de las dos sabía que, en realidad, se estaban buscando desde antes de conocerse.

Esta no es una historia de finales tristes. Es una historia de dos chicas que descubrieron el amor en los silencios entre canción y canción.

Y en el camino, tuvieron a alguien que las observaba desde el piano. Alguien que sabía de soledades. Alguien que, aunque fingía felicidad como quien finge un acorde que no sale bien, les enseñó sin querer lo que significaba dejar de fingir.

Pero esa es su historia. No esta.

Esta es la historia de Rebeca y Daniella.

Esta es la historia de cómo dos notas, por separado, ya son bonitas. Pero juntas... juntas son perfectas.

Capítulo 1: El patio trasero

Todo empezó un martes cualquiera.

No un martes especial. No un martes con lluvia o con sol radiante. Un martes gris, de esos en los que nadie espera nada. El recreo había terminado hace diez minutos y los pasillos del colegio aún olían a pan de la cafetería. Olían a café barato y a bollos industriales. Olían a la rutina de siempre.

Daniella había salido al patio trasero, ese que nadie usaba porque daba directamente a la pared del gimnasio y no había ni un solo árbol que diera sombra. Allí nadie iba. Por eso a ella le gustaba.

Le gustaba la sensación de estar escondida. De no tener que sonreír para nadie. De no tener que fingir que le importaban las conversaciones vacías de sus compañeros.

Se sentó en el suelo, apoyó la espalda contra la pared fría y sacó su celular. La pared estaba desconchada. Pequeñas grietas recorrían el cemento como venas. Daniella las conocía todas. Las había mirado muchas veces mientras la música la envolvía.

Puso los audífonos. Sonó el riff de apertura de Back in Black.

Cerró los ojos.

La música era lo único que la hacía sentir completa. Las guitarras eléctricas vibrándole en los oídos. La batería retumbando en su pecho. La voz rasgada de Brian Johnson gritando como si la vida dependiera de ello.

Daniella no sabía explicarlo, pero el rock era lo único que la hacía sentir que existía de verdad. Que no era solo una chica pequeña de rizos negros y voz aguda que nadie tomaba en serio. Que era algo más. Que podía ser algo más.

Cerró los ojos más fuerte. Dejó que la música la llevara.

Y entonces sintió una sombra.

No supo cómo. Pero algo cambió en la luz. Algo tapó el sol gris que se filtraba entre las nubes.

Abrió los ojos.

—¿Siempre escuchas rock con el volumen tan alto o es que quieres quedarte sorda antes de los veinte?

Daniella abrió los ojos de golpe. Marcus estaba frente a ella, con su mochila colgando de un solo hombro, su pelo largo cayendo sobre los hombros y esa sonrisa enorme que parecía no saber apagarse.

Pero Daniella, que ya lo conocía un poco, había aprendido a mirar más allá de esa sonrisa. A veces, cuando él creía que nadie lo veía, sus ojos se apagaban. Se volvían grises. Como el cielo de ese martes. Como el cemento de la pared.

—Marcus, eres un metiche —dijo Daniella, quitándose un audífono.

—Soy un amigo preocupado —respondió él, dejándose caer a su lado con un suspiro exagerado—. Además, ¿quién más va a escuchar rock contigo en este colegio de reguetoneros?

Daniella rió. Él tenía razón. En todo el instituto, solo Marcus parecía entender por qué ella prefería una guitarra distorsionada antes que un dembow. Solo Marcus sabía lo que era sentirse fuera de lugar. Solo Marcus sabía lo que era no encajar.

—¿Qué estabas escuchando? —preguntó él, alargando la mano para quitarle el otro audífono.

—AC/DC.

—Clásico. Pero te falta evolución.

—Ay, perdona, erudito del rock —se burló Daniella, devolviéndole el audífono con un golpecito en la mano—. ¿Y tú qué recomiendas?

Marcus se reclinó hacia atrás, apoyando la cabeza en la pared. Por un segundo, su sonrisa se suavizó. Se volvió más pequeña. Más real. Casi frágil. Como si por un instante se hubiera olvidado de fingir.

—Hay una banda que descubrí la semana pasada. Se llama The Warning. Son tres hermanas mexicanas. Tienen un cover de Enter Sandman que te va a volar la cabeza.

—¿Tres hermanas? —Daniella abrió los ojos con curiosidad.

—Tres hermanas. Todas rockeras. La baterista es una bestia. Te las voy a pasar.

—Pásamelas ahora.

—¿Ahora? Estamos en el colegio, Daniella.

—Y qué. Enséñame.

Marcus suspiró con resignación, pero ya estaba sacando su celular. Buscó la canción. Le entregó un audífono a Daniella. Ella lo aceptó.

Y ahí estaban los dos, sentados en el suelo sucio del patio trasero, compartiendo audífonos como dos niños, escuchando a tres mujeres romperlo todo con sus guitarras.

El sonido era limpio. Potente. La batería sonaba como un trueno. La guitarra como un relámpago.

Daniella sonrió. No la sonrisa radiante que todos conocían. Una más pequeña. Más íntima. Más honesta. La sonrisa que solo salía cuando la música la tocaba de verdad.

—Está buena —dijo.

—Te lo dije —respondió Marcus, y su sonrisa volvió a ser enorme. Pero sus ojos, por un instante, se quedaron grises.

Ninguno de los dos había notado que no estaban solos.

Detrás de la esquina del gimnasio, a unos pocos metros, había alguien escuchando.

No era una escucha casual. Era una escucha con el corazón en la garganta. Con las manos sudando. Con las piernas temblando. Con la respiración contenida.



#5193 en Novela romántica

En el texto hay: colegial, amor lgbt

Editado: 07.04.2026

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