Notas en Azul

Azul Eterno.

El sol de la mañana entraba por los ventanales del estudio, derramando su luz dorada sobre
las partituras esparcidas sobre el piano. El aire olía a café recién hecho y a madera tibia,
como si el lugar hubiera despertado con ellos. Todo parecía más liviano, como si el tiempo
se hubiera detenido para permitirles respirar.
Mateo estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en el piano, dibujando en su
cuaderno. Su bolígrafo se movía con suavidad, como si cada trazo fuera una nota más en la
melodía que Adrián tocaba.
—Esta pieza… —dijo Mateo, levantando la vista con una sonrisa—. Es más alegre que las
anteriores.
Adrián sonrió también, sin dejar de tocar.
—Sí. Creo que ya no necesito que sea triste para ser azul. Ahora es azul de verano.
Mateo dejó el bolígrafo y se inclinó hacia él, apoyando suavemente la cabeza sobre su
hombro. Adrián no se movió. Por primera vez, sentir a alguien tan cerca no le provocaba tensión, sino calma. Como si su cuerpo, por fin, hubiera encontrado un lugar donde
descansar.
—Nunca imaginé que alguien pudiera escucharme así —dijo Adrián, con voz baja—. No
solo la música, también… todo lo que no digo.
—Yo tampoco —contestó Mateo, acariciando suavemente la mano del pianista—. Y quiero
seguir escuchándote. Cada nota, cada silencio, cada pensamiento que compartas.
La melodía siguió sonando, tejida por ambos, como un reflejo de su complicidad. No había
necesidad de palabras grandiosas; la cercanía, los gestos y la música decían todo. Era una
conversación sin voz, pero con verdad.
Más tarde, salieron del estudio juntos. La ciudad brillaba bajo la luz dorada de la tarde, pero
ellos parecían llevar consigo su propio pequeño mundo: un espacio azul, compartido, donde
podían ser ellos mismos sin máscaras ni miedos.
Caminaron lado a lado, rozando hombros, sonriendo en silencio, disfrutando del simple
acto de estar juntos. Adrián, por primera vez, se permitió pensar sin reservas: ya no quería
esconderse, ni intentar controlar lo que sentía. Mateo lo había escuchado, lo había aceptado,
y ahora, cada paso junto a él era una melodía nueva.
Y mientras el cielo se teñía de naranja y azul, ambos comprendieron que la música que
habían creado juntos no tenía final. Era un azul que siempre podrían compartir, una
armonía que los acompañaría más allá de cualquier tormenta, más allá de cualquier
silencio.
El futuro era incierto, sí, pero por primera vez, eso no les daba miedo.
Porque ahora sabían que no estaban solos.



#5834 en Novela romántica

En el texto hay: boyslove, music

Editado: 16.12.2025

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