Había personas que habían nacido al sol, iluminadas en gracia, atención, cariño. Otros habíamos nacido en la sombra, o de alguien más, o de un suceso, o simplemente por no haber sido tenido en cuenta. El último caso era más usual en los mellizos, en los trillizos; en toda situación donde uno o más de ellos no habrían sido contados, planeados. Y entre mi hermano y yo, era claro quién había nacido en la luz, esperado, contado, y quien no.
Yo había nacido en el segundo lugar, el imprevisto. Y Tom era el primogénito, un brillo causante de mi sombra, pero también un tipo de luz que me guiaba a mí.
Habíamos tenido crianzas distintas, visiones contrarias, emociones y reacciones que sabía que nos diferenciaban uno del otro más que rasgos distintivos. Él era lo que yo no podía ser, lo que creía que hubiera sido si las cosas hubieran sido de otra manera, en otro contexto, en otro tiempo. En otra vida.
Tom era un reflejo de lo que el resto de la gente pensaba que jamás igualaría, que incluso pensaban que era lo contrario. Me acostumbré a eso, a que él riera, a que él sea el preferido, a que a él lo eligieran. Nunca lo pidió, naturalmente era alguien que en segundos te sentías atraído hacia su persona, a su forma de ser. Era también, así, mi persona favorita en el mundo. Porque incluso siendo nada parecidos más que físicamente, con el desastre de vida que nos había tocado, él estaba ahí para mí, él me seguía buscando. Él era el único que me elegía a mí.
Me hubiese encantado decir que yo lo elegía de igual manera, que tenía esa necesidad de estar con él y convivir constantemente, pero estaría mintiendo. Él vivía bajo el rayo directo de un sol que lo había concebido, que lo había buscado, que irradiaba tan fuerte como para iluminar a tanta gente más. Yo no podía seguirle ese paso y tampoco podía pedirle que viniera a mi lado, en la sombra, en la nada. ¿Cómo podía pedirle que se apagara para que viniera conmigo? ¿Cómo poner en peligro su persona sabiendo que podría perder todo lo que él era?
Pero ser visto en la luz significa ser protagonista, significa que los ojos ajenos caen en uno cuando hay murmullos en la oscuridad, que hay rumores no se deben decir en voz alta y que te involucran. Que todo es visto, comentado, hablado, opinado. Uno termina aprendiendo a dar la mejor cara, a seguir como si el nombre de tu familia no estuviera de boca en boca. Yo no pretendía, yo lucía la amargura que sentía dentro de mí. En cambio, mi hermano no. Él se había tomado el trabajo de querer evadir esas cosas.
Ese sol que lo representaba a Tom también lo cansaba, lo que padecía en el detrás de escenas conmigo, con nuestra familia, y después tener que lucirse al resto como si nada... entendí por qué querría esconderse conmigo. Yo hubiese hecho lo necesario para desaparecer de esa rutina que teníamos, de esa hipocresía de vida que llevábamos. Sólo que yo tenía una sola...cuestión que me detenía. Mientras que Tom buscaba dónde esconderse, yo había encontrado un brillo que me atraía a quedarme. Que me daba cierta esperanza, o que era otro tipo de luz que quería que me iluminara alguna vez. Que inconscientemente deseaba que su presencia cerca de mí me encandilara.
Taylin Reed no había sido una chica que destacara, no. No había hecho ningún tipo de deporte que la pusiera en un pedestal, no había sobresalido en ninguna materia, no había heredado ni desarrollado ningún don o talento que la hiciera competir con alguien más. Era la persona más ordinaria, sarcástica y torpe que había conocido en mi vida, y no la toleraba en lo absoluto. ¿Por qué? Porque no tuve ni tengo un momento en mi vida donde el nombre de esta chica no me hubiese causado una emoción.
Empezó en un nudo en el estómago, un calor que me hacía enojar y dar berrinchadas con solo tres años. Pasó a ser una molestia en el pecho, que aumentaba el ritmo de mi corazón y me hacía hervir hasta las orejas. A veces sentía que me cortaba la respiración, otras veces que vomitaría frente a ella. La odiaba, la odiaba porque para ella darme una mirada y una sonrisa era fácil, y a mí me desarmaba la estabilidad en las rodillas. ¿Por qué su sonrisa me hacía eso? ¿Qué no entendía que no la toleraba? Su presencia me daba nauseas, me movía toda la habitación en un mareo. ¿Qué no lo entendía cuando no le hablaba por el nudo en el estómago? ¿Qué no la quería cerca porque no sabía cómo reaccionar ante lo brillante que era para mí? ¿Qué no podría nunca causarle lo mismo que ella lograba en mí?
Odié su presencia por tanto tiempo, odié su curiosidad cuando entré en problemas, la odié cuando mi hermano volvía de su casa y contaba lo que hacían juntos al estudiar. La odié cuando la recordaba en la correccional, y la odié cuando pasó la supernova y en lo primero en que pensé fue en si ella estaba viva. Si había sobrevivido. Peor fue mi odio cuando apareció con Tom, ambos vivos, y ella siendo la razón de que mi hermano había llegado sano y salvo. ¿Por qué ella? ¿Por qué tenía que sentirme agradecido cuando todavía me revolvía el pecho apenas la miraba? Tiempo sin verla, sin saber qué había pasado con ella, y Taylin Reed había vuelto a mi vida con ese brillo que seguía llamándome.
Fue como volver a la escuela, esa frustración con ella que no sabía cómo tolerar, los mismos síntomas al verla tratar de sobrevivir. De pelear. Era un desastre, no sabía ni tener equilibrio y en sus manos había un arma que le daba superioridad por sobre todos nosotros. ¿Es que era tonta? ¿No lo veía? Y cuando lo hacía, cuando apreciaba su fuerza, no sabía usarla. Era una agonía ver esa pérdida, y no pude tolerarlo más, así que ahogué esas emociones para acercarme y salvarme de esa tortura. Nunca había necesitado de mi ayuda, lo hubiera logrado sola, y, sin embargo, ella logró desatar un nudo en mí que cambió toda mi perspectiva que tenía sobre ella.
Había empezado desde antes que se volviera una supernova, antes de irme de la escuela, antes de destruir la muñeca que le había regalado, antes de que pudiera yo entenderlo; todo había empezado años antes y yo lo entendí cuando ella lo supo, cuando se lo dije al tener palabras escapándose de mi boca. Que ella me importaba. Pero me había importado antes, mucho antes. Desde los retorcijones en el estómago, desde la taquicardia que me daba, desde que la conocí. Siempre me había importado.