Que sensación agridulce es dormir y soñar.
La cabeza es un agujero negro de recuerdos que no sabes que sigues manteniendo, personas que pensabas no conocer, momentos de tu vida que habías olvidado. Sensaciones que no habría vuelto a visitar ni en mis peores pesadillas o mejores sueños. Voces que no había vuelto a oír en años, donde su tono había ido desapareciendo con el pasar del tiempo, y de la nada, en el momento más inocente, más delicado, donde cerramos los ojos y nos dejamos guiar por el inconsciente: ahí está todo guardado. Las claves de cada recuerdo nuestro que vuelven para ser parte del dulce atormento que son nuestros sueños.
No era alguien melancólico en general, había aprendido a vivir mi día a día como una secuencia en automático para poder sobrevivir. Lo había hecho en mi casa, en la escuela, en la penitenciaría, en el campamento, en la ciudad, en el bosque... en la celda. Poner mi mente en blanco era un mecanismo de defensa que había desarrollado para que mi cabeza no se haga hacia atrás, no recayera en recuerdos que podrían afectarme, debilitarme, dolerme. En mi pobre y tonta ignorancia, me creí inmune a estos por mucho tiempo, que el empezar a revivirlos podría saldar ese vacío que ahora vivía en mi rutina.
Que una pieza en mi rompecabezas, al haber sido removida, podría ser llenada por el sutil recuerdo de lo que alguna vez había sido.
Pero una vez que entré ahí, en lo que era, en lo que fuimos, no encontré salida que me salvara de estar condenado a recordar, viajando en cada memoria que antes hubiera pensado insolente y ahora atesoraba sin saber cómo cambiarla, como hacer que las cosas fueran distintas. Haber valorado más la secuencia cuando pasó y no cuando ya no podía cambiarla, ni hacer algo distinto. Intentar controlar los sueños no era lo mío, menos que menos controlar mi mente, y me hallé esclavo de lo que tanto había guardado. Todos mis recuerdos volviendo para atarme a mi almohada y sólo verlos reproducirse una vez más.
Empezaban de la forma más suave, como esas rutinas que conocía, o al menos la sensación de que lo fueron en su momento. A veces se repetían y conocía el patrón, lo que me hacía esperar ansioso el momento que todo transcurriera. En un principio eran pesadillas, porque no sabía si estaba en el pasado por lo natural que se sentían, o porque estaba en un bucle donde todo se repetía con la misma naturalidad con la que lo había vivido. Hasta que llegaba el momento donde, en general, siempre estaba el mismo rostro. Mismos ojos verdes, mismo pelo desastroso, donde su nombre era mencionado en un susurro por mi voz. Llamándola, queriendo que se girara, que me mirara. Para cuando lo hacía, ya era tarde. Mi voz no era real en el recuerdo, era sólo un latido en mi pecho que iba dirigido hacia ella, y desarmaba todo. Una secuencia que no pertenecía ahí.
Había noches más difíciles que otras, dependiendo de lo que mi mente sorteaba para reproducir esa noche. Los peores eran cuando tocaba uno de los más atesorados, los que me anudaban la garganta y me hacían despertarme con un vacío en el pecho. En esos momentos era cuando deseaba no volver a soñar. No volver a dormir.
Penosamente, eso significaba dejar de verla, que los fragmentos que tenía de ella los fuera olvidando poco a poco. De quien había sido para mí.
Arrancó con un día normal para mí, de esos donde tenía una rutina diaria y sabía qué tenía que hacer, que no, que actitud mantener. Estaba parado en el campamento de Sue Lee en medio del bosque, con una lluvia que caía pesada, creando charcos, barro que desestabilizaba a cualquiera que pisara medio torcido. Sue estaba parada a mi lado, sus brazos cruzados, ambos cubriéndonos de las gotas en un sutil toldo de hojas. Pocos integrantes caminaban por el campamento, la mayoría guardados en sus tiendas que los protegían de las nubes oscuras. Cualquiera persona normal hubiera hecho eso, o al menos cualquiera que quisiera escapar de una hipotermia. Pero ahí estaba, parado junto a la líder, mirando hacia un grupo de personas que no tenían miedo de esas cosas ordinarias.
Entre ellos, mi hermano se agachaba para esquivar lo que parecía ser una mano llena de barro, una sonrisa ancha en sus mejillas que brevemente podría haberme contagiado. Sobre su espalda, la chica que manejaba las plantas lo agarraba del cuello, tratando de tirarlo. Otras dos, una que reconocí como la muda, corrían alrededor de lo que era nuestro fogón, sus manos amenazantes llenas de barro que actuaban como sus misiles. Jacob, nuestro compañero de tienda, había sido tumbado y parecía haberse llevado la peor parte de la guerra que estaban teniendo entre ellos.
Y entremedio de todo, una garrapata estaba aprisionando las piernas de mi hermano, riéndose a carcajadas que llegaban a mis oídos como una melodía vibrante. Tenía barro por toda su espalda, algo que no parecía importarle, y le estaba diciendo algo a mi hermano que no lograba descifrar con la lluvia que caía cada vez más pesada.
De reojo vi al Doc llegar a mi lado, una sonrisa un poco paternal entre sus mejillas, y señaló la escena.
—¿No van a decirles nada? —quiso saber—. Ante tanta sobreprotección con este campamento...
Sue se rio, meneando la cabeza.
—¿Quieres ir a terminarles tú la diversión? —la líder no dejó de ver la escena, cierta amabilidad en sus facciones que me hizo notar un poco de empatía por el grupo. Se apoyó contra la columna de nuestro toldo por un segundo—. Parecen niños.
—Lo son —señaló el Doc—. Al menos la mayoría.
—Lo sé, a veces lo olvido —suspiró Sue. Me dio una mirada de reojo, y con sus comisuras en alto, palmeó mi hombro—. Tú también lo eres. Podrías divertirte también.
No me dejó ni siquiera contestarle, sólo se dio la vuelta y se fue. El Doc, en cambio, se quedó al lado mío, juntos mirando la pelea. Mis ojos pasaron por todos ahí, parte de mi esperando que mi pobre gemelo cediera ante los intentos de las otras dos por caerse, y en lo que Tom seguía riéndose, me encontré con la misma mueca una vez que aterrizó pesado, junto a la chica en su espalda y la garrapata en sus pies, en el barro. Las carcajadas que largaron me hicieron reír por lo bajo y el Doc palmeó mi espalda.