Está viva.
El cuarto se sintió vacío para cuando terminé de armar mi mochila. No llevaba mucho, más que dos remeras, otro pantalón, ropa interior y medias. Desconocía cuánto tiempo pasaríamos en el pueblo y quise ser lo más breve posible. Entre eso y el constante recordatorio de por qué estábamos volviendo a nuestro pueblo; mi cabeza solo se centró en agarrar lo necesario. Cerré al terminar y me senté en la cama solo un momento para poder pensar. Para tratar de calmar la locura que sentía dentro de mí.
Por meses había soñado la posibilidad, la idea de que la muerte de la Supernova había sido solo una mala suposición, una escena que había repetido tantas veces en mi cabeza. La que había negado a asociar con Taylin y que quedara esa imagen de ella. Y ahora ya no tendría que serlo, Supernova o no; había vuelto y seguía actuando como siempre lo había hecho. Desconocía cómo, cuándo y a qué o qué hacía, pero ya con que Erik se había vuelto su enemigo, significaba que seguía estando de nuestro lado o desde otro punto de vista que desconocía.
A mí lo único que me importaba es que estaba viva y la tonta ilusión de que Taylin estuviera dentro de ella.
Está viva. Tiene que estarlo.
Sabía poco y nada de cómo funcionaba la mente de los poseídos. Lo único que había entendido, después de saber todo lo que Taylin había hecho para traer a todos los caídos, es que ambas energías vivían dentro de nosotros y que ambas podían llegar a pelear por control si se desbalanceaba. Yo siempre había tratado a la mía como si fuese algo aparte de mí y conmigo, que lo era, porque la respetaba y la dejaba defenderme cuando tenía que. No podía imaginarme qué sería si ella tomara total control sobre mí. Menos podía imaginar cómo sería la de la Supernova y la fuerza que esta tenía. Taylin podía estar ahí dentro, sí, ¿debajo de cuánto poder?
¿O la podría haber eliminado por completo como había hecho a tantas otras personas?
Froté mi rostro, no queriendo pensar eso. Su anomalía seguía protegiendo y defendiendo, había hecho favores alrededores de Costa Norte y hasta había traído mi anillo de vuelta a mí. Eso no era una anomalía sola actuando porque sí. No podía serlo y no quería creer que lo fuera. Tampoco quería ilusionarme tan rápido, el área era delicada para empezar a correr a todos lados, y yo lo único que quería hacer era correr hacia su luz. Sin frenos, sin correa o excusa que me detuviera. Pero tenía que ser lógico, no podía irme sin aviso y menos que menos después de que los Benignos claramente declararan el quiebre de nuestra alianza.
Acaricié las placas en mi pecho, el anillo en mi mano y suspiré. Tenía que ser inteligente. Tenía que planear mis pasos.
Ella estaba viva.
Unos golpes en la puerta me hicieron levantar la cabeza y Claire me sonrió con cierta timidez.
—Necesito tu ayuda... —murmuró. Me paré, asintiendo sin problema, notando su rostro tenso. Cuando bajé la mirada a su mano, que llevaba algo, me detuve. Conocía esa mochila—. Quiero hacer las cosas bien. Por ambas.
Era la mochila de Taylin. La que Tom había traído de vuelta desde el pueblo, llena de las cosas que ella se había llevado, y habían vuelto con él. Y con Morgan. Sabía que tenía sus fotos, sus recuerdos, sus cosas. Detalles que le pertenecían a ella.
—Esas cosas son de-
—No...esas las guardé. No son mías de dar, pero... —miró la mochila y después de vuelta a mí—. No tengo otra. Y quiero... quiero que llevemos las cosas de Morgan.
Tragué pesado.
El cuarto de Morgan había quedado como... como lo había dejado. La ventana rota, después de que Taylin había saltado por ella al poseerse. Su cama deshecha, las cosas tal y como las había dejado en su escritorio, mesa de luz y hasta armario. No habíamos tenido el coraje, ni las ganas, de querer entrar ahí cuando esa habitación se sentía como el último museo de ambas. El hogar que habían tratado de armar entre ellas. Yo vivía, dormía y respiraba en el de Taylin porque lo habíamos compartido mucho tiempo, pero el de Morgan era distinto. Era de una niña que no había llegado a cumplir quince años.
Lo que había ahí era lo último que quedaba de ella antes del caos.
Un nuevo peso se formó en mi pecho ante lo que Claire estaba proponiendo que hiciéramos.
—Quieres que les contemos —suspiré—. Sobre Morgan.
Relamió sus labios.
—¿Acaso crees ser capaz de verlos y mentirles en la cara que han perdido a una de sus hijas? ¿Qué la otra sigue viva, pero que no es ella? —sus dedos se hundieron en la tela de la mochila y respiró hondo—. Alguien tiene que hacerlo. Y hemos sido nosotros los que hemos vivido con las Reed. Es lo correcto. Ellos merecen la verdad.
Seguí a Claire por el pasillo, pasos lentos hasta la puerta. Compartimos una mirada antes de que su mano se animara a girar el pomo y fui yo, con el brazo por sobre su cabeza, que empujó la puerta. Alguien había tapado la ventana con una bolsa y cinta, evitando que el viento o lluvia entrara al cuarto: pero el silencio ahí dentro me apretó el pecho hasta no respirar. Pocas veces había entrado ahí, no era mi lugar ni nunca lo sería. No tendría que estar entrando y menos por las razones por las cuales Claire y yo nos hicimos paso entre los muebles. Morgan tendría que haber estado ahí, el noble sacrificio de su hermana al menos no habiendo sido en vano.
Claire respiró hondo y se acercó al escritorio. Llenos de papeles, dibujos, lápices, colores: Morgan dibujaba muy bien. Taylin había tenido un retrato de mí que su hermana había hecho para ella. Su cuaderno de cuero estaba abierto par en par sobre la mesa y tragué pesado al ver sus últimos trazos. Demasiados realistas para alguien que no había tomado clases, y muy personales. Rostros familiares, que algunos estaban y otros no. Entre ellos, y muchas veces repetidos, había una figura constante.
Mis dedos trazaron el rostro que no había vuelto a ver desde que me había ido de Costa Norte. Claire frotó sus labios.