Nova Era

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Para cuando salimos de la casa de los Reed, era un poco después del mediodía. Mamá se quedó con ellos, sabiendo que no podía dejarlos solos en este momento, y le dio las llaves del auto a Tom. Nos dio un abrazo a cada uno, murmurándole algo a mi hermano en lo que salíamos, y apenas con un pie afuera, mi cabeza se alivió un poco.

Claire y Tom se sentaron adelante, mi hermano detrás del volante, y en lo que yo me hacía espacio en los asientos traseros, no dije nada en lo que arrancaba el auto y salíamos de la casa de los Reed. Ni ellos me hicieron preguntas, ni tampoco comentaron nada, y yo tampoco. No me importaba ni a dónde nos estábamos dirigiendo, qué le había dicho mamá a Tom ni nada. Mi mente volvía a la última hora dentro de esa casa.

Samuel y yo nos habíamos quedado en el cuarto de Taylin por un largo rato. No dijo mucho, lloró lo que no habló y en lo que yo tampoco me moví. Lo dejé solo cuando noté que necesitaba esa privacidad, con una palmada en su espalda y dejando atrás el cuarto, el broche, a Samuel, pero llevando conmigo la foto que había vuelto a mis manos y la promesa que había hecho. La palabra que había dado sin pensarlo bien.

Que iría tras la Supernova.

No me sorprendía la manera en la que lo había dicho, no. Yo sabía que podía pasar tarde o temprano, porque estábamos hablando de Taylin y cómo todo ahora volvía a centrarse en ella una vez más después de meses dónde había pensado que no volvería a verla. Pero no era sólo ella, sino que en el medio había tantas más razones por las cuales tenía que ser más precavido, más lógico, más cuidadoso. No era Taylin, tenía que recordarme, por más que todo apuntara a una parte de ella: era una anómala muy poderosa, demasiado, que estaba poseída desde hacía meses. La anomalía había estado en control de ella por más de medio año y yo no sabía con qué me encontraría.

Pero ahora había hecho una promesa, la cual más imprudente e impulsiva, no me arrepentía de tomar. Porque, cómo Samuel me había arrancado las palabras de la boca: la seguía amando. Con una locura indescriptible.

El auto se detuvo y Tom apagó el motor. Volví a la realidad por un segundo y fue como si el auto hubiese sido detenido en seco y mi cuerpo se hizo hacia adelante. Parpadeé un rato al reconocer la casa a través de la ventana, y de la misma manera que antes sólo pensaba en lo que había pasado, sentí que mi cerebro se puso en blanco. Mis músculos tensos como alguna vez lo habían hecho cada vez que tenía que volver ahí. Una vida que había sufrido dentro de esas paredes.

Crucé miradas con mi hermano por el retrovisor. Los dos compartimos cierta tensión, pero a diferencia de mí, él se encogió de hombros:

—¿A dónde más podríamos haber ido?

Claire me lanzó una dulce sonrisa por sobre su hombro antes de bajar y Tom la siguió. Yo me tomé mi tiempo en salir, parándome frente a la estructura que tanto había cambiado, que había sido consumido por el verde alrededor, la pintura más desgastada, los vidrios sucios: pero la misma casa que alguna vez había sido mi hogar y también la casa de mi sufrimiento en la adolescencia.

Seguí los pasos de mi hermano y Claire, mis ojos pasando por cada detalle al subir los pocos escalones de la galería. Todo parecía distinto y al mismo tiempo igual, y en lo que Tom pateaba unas macetas hasta encontrar la llave extra que siempre teníamos ahí, con mucha tierra y un poco oxidada, la usó para abrir la puerta. La última vez que había estado ahí había tenido dieciséis años, gritando y peleando con dos guardias que estaban arrastrándome a una camioneta para llevarme a la correccional. Las marcas de mis patadas habían sido arregladas y repintadas, como si no hubiese pasado, lo único que quedaba era esa sensación de impotencia e ira que hizo arder mis manos.

Claire sacó mi mochila de mis manos en el momento que un poco de humo salió de ella y suspiró. No había notado que los nudillos de Tom también estaban congelados. Sólo habíamos dado unos pocos pasos dentro de esa casa, la puerta no estaba ni cerrada, y los dos detestábamos la sensación de volver a estar ahí dentro. Incluso si Jack Parker ya no estaba en este plano de la vida: había dejado cicatrices tan profundas como para sentirse presente en una casa como aquella.

—No puedo ni imaginarme lo que deben estar sintiendo... o por ahí sí, porque también lo viví —dijo, mirándonos a ambos. Ella había convivido con el coronel Romero, su padrastro, que años después la había atacado y dejado en coma como 'caída' por meses. Si había alguien que entendía, era ella. Tomó las manos de los dos—. Pero no solo ya no están y tenemos la libertad que merecíamos... hay un problema mayor que es más actual y esta casa es solo un lugar de asilo. Nada más. Pueden hacer con ella lo que quieran, siempre y cuando siga cumpliendo con la única función que debe tener para nosotros.

Tenía razón, demasiada. Había cosas más grandes que malos recuerdos, que por más que siguieran muy presentes y nos afectaran, también teníamos que dejar ir. Tom fue el primero en asentir, tirando de su mano para darle un beso a la frente de su novia, y yo, muy lentamente y recuperando mi mochila, tomé el coraje de subir las escaleras y dirigirme, como si fuera de memoria, a la puerta que alguna vez había sido mi única pared de privacidad. Si es que había tenido alguna.

Mi vieja y primera habitación estaba intacta, o al menos eso parecía antes de que levantara la persiana que por vaya a saber cuánto tiempo había estado cerrada. La luz externa entró y me permitió ver con detalle un lugar tan familiar y tan extraño al mismo tiempo. Las paredes grises y rojas, los muebles oscuros con polvo después de tanto tiempo. La cama en el medio con el cobertor negro, los posters en las paredes. Algunas fotos con Tom en mis estantes, juguetes coleccionables de series o películas que ya ni recordaba. Un escritorio lleno de cuadernos de escuela que no había vuelto a tocar. Una vida paralela que había sido arrebatada de mí y ya no era parte de la persona que era hoy en día.




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