Novia Fugitiva

Capítulo 29 Un futuro que no elegimos

Sentía los párpados de plomo; no había podido pegar ojo en toda la noche. Me encontraba en la cocina de mi apartamento, aferrada a una taza enorme de café como si fuera el único salvavidas en medio de un naufragio. Mara estaba sentada en la isla, con la mirada perdida en algún punto inexistente de la pared, cuando Diana entró. Las sombras bajo sus ojos eran tan profundas que me resultó imposible decidir cuál de las tres lucía peor en ese momento.

—Buenos días —murmuró Diana con voz pastosa.

Mara salió de su trance y le dedicó una sonrisa débil, casi transparente.

—Phoebe hizo café. ¿Cómo dormiste?

—Mejor —admitió Diana, aunque su rostro decía lo contrario—. Pero las náuseas me están matando —añadió mientras tomaba asiento con movimientos lentos, como si tuviera miedo de romperse.

Mara la miró durante un segundo eterno y luego bajó la mirada con una mueca que intentaba ser una sonrisa triste. El ambiente se volvió asfixiante; la mención de los síntomas era un recordatorio cruel de lo que ese embarazo significaba para Mara, de los sueños que se estaban desmoronando mientras esa nueva vida crecía.

Nos quedamos en un silencio incómodo, solo interrumpido por el sonido de la cafetera.

—Aron me llamó anoche —dije, rompiendo el hielo que amenazaba con congelarnos—. Leonish vendrá a las once. No sabe exactamente para qué, pero le pedí que viniera. Le dije que aquí tendría sus respuestas.

Diana palideció aún más y miró a Mara con una súplica silenciosa en los ojos.

—¿Te quedarás conmigo? —preguntó, su voz apenas un susurro.

Mara negó suavemente, manteniendo la vista fija en su taza. —Tienen que hablarlo ustedes solos, Diana.

—Él no va a querer escucharme si me ve aquí sin ninguna de ustedes; se va a dar la vuelta y se irá —suplicó Diana, y esta vez su voz se quebró—. No sé cómo decírselo... no puedo hacerlo sola.

—Yo... no sé si pueda verlo a los ojos en estos momentos —confesó Mara, bajando la cabeza para ocultar que sus ojos volvían a llenarse de lágrimas.

Diana asintió, resignada, pero sus manos empezaron a temblar sobre la superficie de mármol.

—No sé si pueda hacer esto —dijo, y ya no parecía la modelo segura que el mundo conocía; se veía aterrada.

Me acerqué a ella y tomé su mano fría entre las mías.

—Puedes hacerlo, Diana. Siempre has sido fuerte, más de lo que crees. Puedes con esto y con más. Tendré el teléfono conmigo en todo momento; si me necesitas, llámame y vendré corriendo.

Se lo prometí tratando de inyectarle una calma que yo tampoco sentía. Me moría por quedarme, por ser su escudo frente a lo que venía, pero había hablado con Rebecca media hora antes y me había dejado claro que mi presencia en Vogue era obligatoria. Con la sesión de fotos tan cerca, no había espacio para ausencias.

Cuando bajé al vestíbulo, Julián ya me esperaba frente al auto. Me abrió la puerta con su cortesía habitual, esa que últimamente era lo único constante en mi vida.

—Buenos días, señorita Phoebe.

—Buenos días —respondí, subiendo mecánicamente.

Miré hacia mi apartamento por última vez mientras nos alejábamos. Recosté la cabeza en el asiento y el movimiento del auto actuó como un arrullo cruel; sin darme cuenta, el cansancio acumulado me venció y me quedé dormida en segundos.

—Señorita Phoebe... —Una voz profunda me sacó del letargo.

Abrí los ojos de golpe, desorientada. Por un instante eterno, esperé que todo fuera un sueño, pero los cristales imponentes del edificio de Vogue me devolvieron a la realidad.

—¿Se encuentra bien? —preguntó Julián, observándome por el retrovisor.

—Sí, solo... no pude dormir mucho anoche.

—¿Noche de chicas? —aventuró con una sonrisa amable.

—Algo así —respondí con una mueca que intentó, sin éxito, ser una sonrisa—. Noche de chicas.

Caminé hacia la entrada como una autómata, ignorando los flashes de los fotógrafos que ya montaban guardia. Una vez dentro del elevador, el silencio fue interrumpido por la vibración insistente de mi teléfono.

Aron: ¿Podemos vernos esta noche?

Mordí mi labio con fuerza. Le había prometido que hablaríamos, pero Diana me necesitaba y el mundo se estaba cayendo a pedazos.

Yo: Lo siento, esta noche no puedo.

Sentí un pinchazo de culpa al enviar el mensaje. La respuesta no tardó ni diez segundos.

Aron: Phoebe, ¿qué está pasando? Sabes que puedes confiar en mí y contarme lo que sea.

Las puertas del ascensor se abrieron. Salí caminando rápido hacia el estudio mientras tecleaba con urgencia ciega.

Yo: Te prometo que te lo explicaré todo, pero ahora no puedo. Lo siento.

Al entrar al estudio, el aroma del perfume de Max me golpeó como una advertencia. Ya estaba allí, analizando imágenes en su tableta con una expresión indescifrable.

—Así que Diana bajó de peso... —soltó sin levantar la vista.

—Mandé el vestuario a modificaciones ayer mismo —respondí, dejando mi bolso con brusquedad sobre la mesa—. Estará listo para la sesión.

—Espero que ella también lo esté —sentenció Max, clavándome una mirada severa—. Parece enferma, Phoebe. No quiero que se desmaye en el set. Sea cual sea la dieta que esté haciendo, haz que pare.

—Diana estará perfecta —dije con una seguridad que se desmoronaba por dentro—. Solo es un virus pasajero.

El teléfono volvió a vibrar. Lo ignoré. Sabía que era Aron, pero no podía permitir que su voz me desarmara ahora.

A medida que las manecillas del reloj avanzaban, la ansiedad me carcomía las entrañas.

—Phoebe —Kate, la asistente de Rebecca, asomó la cabeza—, Rebecca los quiere a Max y a ti en su oficina. Ahora.

Caminamos por el pasillo en un silencio tenso. Podía sentir la mirada inquisidora de Max sobre mí, pero me obligué a mirar al frente hasta entrar al despacho. Rebecca estaba frente a su ordenador, tecleando con una furia silenciosa que hacía que el aire vibrara.




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