Me encerré en la habitación, buscando un refugio de silencio para llamar a Mara. El peso de la conversación que estaba a punto de tener me oprimía el pecho, como si el aire en el apartamento se hubiera vuelto de plomo.
—Hola, Phoebe —contestó ella. Su voz sonaba apagada, distante, como si hablara desde el fondo de un pozo.
—Mara... —vacilé un segundo, apretando el teléfono—. Leonish está aquí, en mi apartamento. —Fui directa, bajando la voz hasta convertirla en un susurro—. Necesita hablar contigo. Está... no está nada bien, Mara.
Se hizo un silencio largo, denso, cargado de todas esas dudas que nos estaban carcomiendo desde ayer.
—No puedo verlo ahora, Phoebe —respondió finalmente—. Si lo veo, no tendré fuerzas para decirle que no. No podré alejarme, y él también necesita tiempo para procesar todo esto.
—Lo sé, y siento muchísimo ponerte en esta posición —dije, sintiendo la frustración quemándome la garganta—. No quiero presionarte, Mara. De verdad. No sé qué más hacer con la insistencia de Leo, pero si me dices que no estás lista, te apoyo. No te obligaré a nada.
—Gracias, Phoebe... —Escuché un suspiro tembloroso—. Sé que tengo que hablar con él y darle la cara, pero no soy tan valiente. Tengo miedo de verlo y decirle que seamos solo amigos, porque lo único que quiero es correr a sus brazos. Quiero decirle que me gusta, que realmente me gusta... que quiero ser su novia y tener todas esas citas cursis que planeamos. Pero no debo. Tengo que mantenerme alejada.
—Mara, no te hagas esto...
—Tengo que dejar que Diana se acerque —me interrumpió, con una determinación dolorosa—. Tengo que dejar que hablen. Si me quedo en medio, solo seré un estorbo, un impedimento para que Leo asuma su lugar con ella.
—Mara, escucha —dije en un tono firme, casi autoritario—. Que vayan a tener un bebé, en el caso de que Diana decida seguir adelante, no significa que Leonish y ella tengan que estar juntos. No estamos en el siglo pasado.
—Sería lo correcto, Phoebe.
—¿Lo correcto para quién? —le reproché—. ¿Para el bebé? No, Mara. Para ese niño no sería justo crecer con dos padres que están juntos por obligación pero que no se aman. Eso no es felicidad; es una sentencia. Los tres serán infelices si intentas forzar eso. Todavía no sabemos qué decidirá Diana. Si ella decide interrumpir el embarazo...
—Pero si decide quedárselo, las cosas cambiarán para siempre. Lo sabes.
—Sabes que él no dejará que te alejes así de fácil —sentencié.
Mara guardó silencio un momento. Escuché cómo tomaba aire, intentando recomponer sus pedazos.
—Lo sé —suspiró—. Ya he visto lo insistente que puede llegar a ser.
—Hablaré con él —le ofrecí—. Le diré que te dé tiempo, que no estás lista.
—Yo... —Mara se quedó en silencio unos segundos, una pausa que palpitaba de indecisión—. Hablaré con él —soltó casi en un susurro, como si estuviera tratando de convencerse a sí misma.
—Le paso el teléfono, está en la sala.
—No —me interrumpió—. No por teléfono. Iré a tu apartamento.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—¿Estás segura?
—No —respondió con una honestidad que me partió el alma—. Pero sería cruel hacerlo por teléfono. Por lo menos quiero darle la cara... Verlo por última vez.
—Mara, no tiene que ser la última vez. No tomes decisiones apresuradas ahora que todo está ardiendo.
—Tal vez no la última vez para siempre... pero sí por un tiempo.
Colgué y salí de la habitación con el teléfono apretado contra el pecho. En cuanto abrí la puerta, Leonish se puso de pie con una agilidad desesperada. Me arrebató el móvil de la mano, pero su rostro se descompuso al ver que la pantalla estaba oscura.
—No quiere hablar conmigo —dijo, y su voz volvió a quebrarse, revelando al hombre herido tras la máscara de estrella.
Me mordí el labio, evitando su mirada por un segundo.
—Ella viene hacia acá.
Leonish parpadeó, confundido, como si no terminara de procesar la noticia.
—¿Sabe que estoy aquí?
Asentí en silencio.
—Por tu cara, me imagino que no viene a decirme nada bueno —murmuró con una sonrisa triste, devolviéndome el teléfono con manos temblorosas.
No supe qué responderle. No había palabras de consuelo que no fueran mentiras. Él volvió a sentarse, recostando la cabeza en el respaldo y cubriendo su rostro con las manos. Era la viva imagen de la derrota absoluta.
Aron se acercó a mí por la espalda y dejó un beso suave en mi coronilla, envolviéndome en un abrazo que intentaba ser un ancla.
—Todo estará bien, Phoebe. Lo arreglaremos —susurró contra mi oído.
Cerré los ojos, apoyándome en él, pero no compartía su optimismo. Sabía que esta grieta no se podía retocar con Photoshop ni ocultar bajo capas de maquillaje. Era una herida en la vida real, y las cicatrices iban a ser profundas.
Mientras esperábamos a Mara, Leonish no dejó de caminar de un lado a otro. Sus pasos erráticos me ponían los nervios de punta; cada dos vueltas consultaba el reloj de pulsera con desesperación y retomaba su marcha.
—Leo, por favor, me estás mareando —se quejó Aron a mi lado, pero él simplemente lo ignoró, perdido en su propio laberinto.
—¿Crees que se le pasó la borrachera? —le susurré a Aron.
—No del todo, pero lo suficiente para mantener una conversación seria —respondió él, volviendo a mirar a su amigo—. Leo, en serio, siéntate ya. Eso no hará que el tiempo pase más rápido.
Aron no llegó a terminar la frase cuando el timbre rompió el silencio. Leonish se detuvo en seco, con una mirada ansiosa que me encogió el corazón. Me levanté como un resorte y caminé apresurada hacia la puerta.
Al abrir, el rostro exhausto de Mara me recibió. Me dedicó una sonrisa débil mientras jugueteaba nerviosa con sus manos.
—¿Estás segura de esto? —le pregunté en voz baja.
—No —negó con la cabeza—, pero no puedo huir para siempre. Entendí que nosotros también tenemos que hablar.